
Era día de mercado en Villacastín. Manuel que vivía en un pueblo vecino iba a ir para hacer las compras que necesitaba. Al no tener mula, le tocaba hacer el camino andando: dos horas de ida y otras dos de vuelta. Pero estaba acostumbrado a caminar largas distancias pues era un hombre de campo, curtido por el sol y las labores al aire libre.
Se levantó temprano y después de un consistente desayuno, Manuel se despidió de su mujer y de sus hijas y se puso en marcha hacia Villacastín por el camino seco y polvoriento que llevaba de un pueblo a otro.
Se metía de vez en cuando la mano en el bolsillo para sentir el dinero, no se le fuera a perder. Le tenía que dar para algunas cosas que necesitaba y que no podía adquirir en su pueblo: hilo, pomada, jamón y algo de queso entre otras cosas. Se había echado un gran saco al hombro para poder traer toda la compra a casa donde su familia le estaría esperando a la caída de la noche. Las niñas siempre salían a recibirle corriendo y gritando “papá” para ver qué dulce o regalo les había traído.
El sendero cruzaba varios campos sembrados de trigo. Aún no era tiempo de cosecha y el viento mecía las espigas como inmensos mares verdes. La gran bola roja del sol, curiosa por lo que sucedía en la tierra, fue elevándose en el horizonte y le acompañaba en su andar. Manuel siguió un buen rato hasta que a lo lejos ya divisaba la torre de la iglesia de Villacastín.
Iba absorto en sus pensamientos hasta que, de pronto, al doblar una curva que rodeaba una colina se topó de frente con un enorme pajarraco de cuello alto mirándole fijamente. Era un avestruz. El bicho con sus enormes ojos saltones y curiosos, una cabeza ligeramente ladeada a su derecha y coronada con plumas finas y despeinadas, suaves como la primera barba de un adolescente, le miraba descaradamente.
El hombre dio un respingo. Las avestruces suelen imponer si te los encuentras así, de pronto. El ave torció la cabeza hasta dejarla completamente ladeada para ver mejor a Manuel. Tenía una expresión entre curiosa y divertida. Estaba plantada en medio del camino de modo que no dejaba pasar y tampoco se apartaba.
—¿De dónde habrá salido este animal?—se preguntó Manuel, —ha debido escaparse del circo que pasó por el pueblo hace unos días.
Y ahora, ¿qué iba a hacer? Manuel tenía que seguir para poder llegar al mercado, pero el ave no se apartaba y no podía pasar. Y menudo pájaro para apartarlo por las malas. Con ese pico....
El pajarraco no paraba de mirarle. No parecía asustado, más bien todo lo contrario: parecía más bien querer hacer nuevos amigos, curiosear.
—Hola—intentó Manuel,—me gustaría seguir al pueblo porque hoy hay mercado.
El avestruz seguía observándole entre curioso y divertido.
—Tengo que ir a comprar cosas para mi familia.
—¿Porqué estaré hablándole a este animal?—se preguntó en voz alta Manuel, —¡Qué va a entender!
—¿Te puedes apartar un poco?—intentó de nuevo.
El pájaro le miró doblando la cabeza hacia el otro lado.
—Por favor.
Nada.
Manuel dio un paso a la derecha. El animal estiró el cuello siguiéndole en el movimiento. Entonces Manuel dio un paso a la izquierda y el avestruz hizo lo mismo, como si fuera su imagen reflejada en un espejo.
Se moviera hacia donde se moviera, la minúscula cabeza del animal le seguía, pegada a ese larguísimo cuello rosa. Manuel se dio la vuelta, anduvo unos pasos. El avestruz detrás. Manuel se volvió a girar. Ahí estaba el bicho, impávido. Dio unos pasos hacia atrás y el otro dio unos hacia delante.
—¡Por favor! —dijo Manuel un poco más alto y con un tono rayando en la desesperación.
Nada. El bicho no hacía más que mirarle.
Manuel se movió entonces despacito hacia el borde del camino. Y con movimientos muy lentos y desplazándose de costado intentó pasar junto al animal en un intento de burlarle y poder seguir. Sin embargo, éste de pronto se movió y Manuel se encontró con la nariz pegada al enorme pico del avestruz. Sentía su aliento. Si estiraba la mano podría tocar su plumaje negro y elegante.
Con movimientos pausados volvió Manuel a su posición inicial.
Se puso a cuatro patas porque pensaba así poder escapar del campo visual del pajarraco. Poco a poco y adelantando una mano, después el brazo y luego una pierna, después el otro brazo y la otra pierna se fue moviendo hacia delante para pasar por debajo del animal. De pronto se topó de nuevo de frente con la mirada divertida del bicho. Justo delante: la jeta del avestruz.
Manuel se sentó en el suelo polvoriento. Ya no sabía qué hacer. Se podía pasar ahí todo el día y tenía prisa.
De pronto se le ocurrió algo: su mujer le había envuelto una hogaza de pan en un poco de papel y un fuet para el almuerzo. Sacó el pan de su zurrón y lo partió. Del centro sacó un poco de miga y se lo acercó al avestruz a la boca. El bicho bajó la cabeza y se lo tragó de un bocado. Manuel fue siguiendo el movimiento de la bola de miga por el cuello del animal hasta que acabó en el buche.
—Parece que le gusta—se dijo Manuel haciendo una bola con otro poco de miga.
Se lo dio al pájaro que se lo volvió a tragar en un santiamén.
—Tienes hambre, eh. Toma, toma pan.
Y Manuel le dio dos o tres migas más.
El bicho se las comió con avidez.
De pronto, Manuel dijo:
—Mira.
Y lanzó lo que le quedaba de la hogaza lo más lejos que pudo. El animal siguió el pan con la mirada y dio un paso, luego miró de nuevo a Manuel como si no se pudiera decidir entre el pan y la compañía de su nuevo amigo. Sin embargo, ganó el hambre y el bicho salió corriendo con sus largas patas rosadas detrás del pan.
Manuel aprovechó la ocasión y no paró hasta llegar a Villacastín donde llegó jadeante y contando a todos lo que le había ocurrido. Cuando se hubo calmado, pudo hacer sus compras tranquilamente. Ese día fue el rey de la tertulia.