miércoles, 3 de junio de 2015

El atraco

--No puedo, no puedo, no puedo –dijo sacándose el pasamontañas por encima de la cabeza. El cabello, corto y canoso, se le había quedado de punta y estaba pálido como un queso.
--¿Cómo que no puedes? ¡Si llevamos preparando esto hace meses! –gritó Juan.
--¡Que no puedo, leches, que no soy un ladrón! ¡Soy un albañil! ¡Un albañil! –resaltó Eugenio.
--Vamos a ver, que eres albañil, ya lo sé. Pero también tienes cincuenta y cinco años, estás en paro desde hace cuatro y no te queda más remedio. No nos queda más remedio, ¡esto ya lo habíamos hablado!
--¡Que no puedo, que no soy un ladrón! –repitió Eugenio, mientras caminaba en círculos, nervioso y retorciendo el pasamontañas entre las manos.
--¡No me jodas, tío! ¡Que esto ya lo habíamos discutido! –replicó Juan que también se sacó su pasamontañas y lo tiró al suelo.
--¡Como nos pillen, acabaremos en la cárcel y ya me contarás dónde irán a parar nuestras familias, nuestras hipotecas y la madre que nos parió! –Eugenio casi lloraba.
--Ya verás dónde acabarás tú y tu familia si vienen los del banco y os desahucian. No es la primera carta que recibís. Tenemos que atracarles antes de que vengan a por nosotros.
    Eugenio se detuvo. Sí, ya había recibido un aviso del juzgado y en breve procederían al lanzamiento por no haber pagado la hipoteca desde hacía un año. En la casa vivían su mujer, que no trabajaba tampoco, el niño de veinticinco años que estaba desempleado desde que echaron a todos de la obra donde también había trabajado su padre y la niña de diecisiete que se sacaba un pequeño sueldo en una tienda vendiendo chucherías. Hacía unos meses que también se había instalado con ellos la suegra de Eugenio. La mujer estaba enferma y no se valía por sí misma. La mujer de Eugenio se encargaba de cuidarla, pero era de carácter difícil, se llevaba mal con Eugenio, pero él la soportaba. Pero por lo menos tenían su pensión con la que vivía toda la familia. Aun así habían tenido que elegir hacía bastantes meses entre comer y pagar la hipoteca. A Eugenio no le quedaba más remedio que atracar la sucursal del mismo banco donde tenía el préstamo.
--¡Vamos!¡Vamos! Déjate de remilgos –gritó Juan--. Vamos a hacer lo que teníamos pensado. A ver si te crees que los hijos de puta del banco han tenido la mitad de escrúpulos que tienes tú.
--Si no es por escrúpulos. ¡Si es que no somos ladrones, tío! Que nosotros no servimos para esto.
--¡Vaya por Dios! ¿Ahora te entra la pájara? Después de que compráramos estas pistolas de segunda mano a un colega mío que a saber de dónde las ha sacado. Y los pasamontañas en el chino. ¿Pero qué te pasa, leches? –dijo Juan tirando el pasamontañas al suelo.
   Eugenio miró a su amigo. Juan estaba en una situación similar a él, como casi todos los compañeros de la obra. Habían sido contratados para trabajar en una urbanización de veinte mil viviendas de lujo en la que iban a poder trabajar centenares de albañiles, fontaneros, carpinteros, etcétera. Pero los dueños de la constructora desaparecieron con el dinero, se cree que se fueron a algún país de ultramar, a algún paraíso fiscal, y dejaron la obra empantanada sin pagar ni a proveedores ni a trabajadores. Después cayó la bolsa en picado y vino la crisis. Las grúas se quedaron plantadas en el solar como árboles de ahorcados y las pocas paredes que habían llegado a levantar sirvieron de cobijo a alcohólicos, bandas callejeras y ratas. Desde entonces ni Eugenio, ni Juan, ni el hijo de Eugenio habían vuelto a trabajar, como muchos de sus compañeros de esa obra. De pronto Eugenio se caló el pasamontañas y gritó:
--¡Vamos allá! ¡No me lo pienso más! ¡Es ahora o nunca!
     Juan miró a su amigo. Luego sonrió y se caló el pasamontañas. Sacaron las pistolas –eso sí, no querían más que asustar—y entraron en la sucursal del banco. Ahí se toparon en la puerta de seguridad con el detector de metales.
--¡Ostras, qué putada! ¡Se nos ha olvidado lo de la puerta! –exclamó Juan.
--Tú y tus maravillosas ideas. ¿Y ahora qué hacemos?
    En ese momento entró por la puerta una anciana que había venido a cobrar su pensión. Juan se abalanzó sobre ella, la rodeo el cuello con los brazos y le puso una pistola en la sien.
--¡Como no abran la puerta, te mato, vieja! --gritó.
    Dentro de la sucursal no había otros clientes en ese momento. Eran casi las dos y el banco estaba a punto de cerrar. Solo los dos empleados y el director que veían lo que estaba ocurriendo al otro lado de las puertas de cristal. Eugenio reconoció enseguida al director que resultó ser con el que había firmado la hipoteca de su piso hacía unos diez años. Maldijo ese momento.
--¡Abran la puerta o mato a la vieja! –repitió Juan.
    El director salió y abrió un lateral para que entraran los dos atracadores. Juan entró empujando a la señora sin apartar la pistola de su cabeza. Detrás les siguió Eugenio con el arma levantada y gritó al director:
--¡Abre la puta caja fuerte y saca todo el dinero! Si no, esta señora acabará con un agujero en la puta cabeza!
--Voy, voy. Pero todo con la calma. Yo abro la caja fuerte y os doy todo lo que haya dentro. Pero la caja fuerte tiene retardo. Hay que esperar a que se abra.  
--¡No me jodas con lo del retardo! –gritó Juan-- ¡Que me cargo a la señora!
--Yo no puedo hacer nada –respondió el director.
--Es cierto. Lo pone en la puerta –le dijo Eugenio a Juan en voz baja.
     Los dos atracadores se miraron durante una milésima de segundo. No habían contado con lo del retardo. No se habían fijado en nada de lo que ponía en la puerta. El atraco se lo habían imaginado mucho más fácil: entrar y coger el dinero y marcharse. Como en las películas.
    Los dos empleados de la sucursal estaban en silencio, mientras el director desapareció para ir a por el dinero. Solo se oía el susurro del aire acondicionado. La vieja gimió un poco. La tensión era pesada como el calor que ese día hacía en la calle. Los dos atracadores olían a sudor frío. A Eugenio le picaba la lana del pasamontañas. Maldijo a la mierda del chino al que se la habían comprado. Cuanto más tiempo pasaba, más le picaba. Se rascó un poco con la palma de la mano, sin bajar la pistola, pero el picor no se le pasaba. Juan le miró.
--¿Qué coño estará haciendo este tío? Al final la liará –pensó.
     Los dos empleados del banco permanecían con las manos en alto. El cajero, Simeón, un hombre de ya casi cincuenta años, algo entrado en carnes y con el pelo canoso, había estado trabajando en la sucursal hacía ya más de treinta años y siempre había creído que ahí se jubilaría. Aunque hacía algún tiempo que no lo tenía tan claro. La banca había cambiado mucho desde que él entró. Antes, él se sentía una persona al servicio de unos clientes a los que él aconsejaba cómo incrementar los ahorros. Ahora se dedicaba casi solo a vender seguros o regalar baterías de cocina. Instrucciones de arriba: primero los seguros y después las hipotecas. Si cerraban la sucursal, no sabe dónde acabaría. Posiblemente le pasaría igual que a esos dos desgraciados que estaban atracando la sucursal en ese momento.
     Mayca, una chica joven, de unos treinta años y que estaba en la caja de la sucursal, soñaba con casarse pronto con su novio y crear una familia. Pero, a pesar de que los dos trabajaban, no les llegaba el sueldo para meterse en una hipoteca. Hacía algunos meses que habían despedido a su compañero en la caja y a ella le había reducido el sueldo en más de un treinta por ciento. Con esto de la crisis, los jefes hacían lo que les daba la gana.
   No era el primer atraco que vivía ninguno de los dos. Desde que la crisis económica había hecho mella en el barrio, ya en tres ocasiones algún desesperado había entrado para llevarse dinero de la caja y así intentar evitar un desahucio. Nunca habían salido bien esos atracos. La policía llegaba y se los llevaba detenidos. Estarían un tiempo en prisión, pero poco, por no tener antecedentes y por buena conducta saldrían enseguida. Estos atracadores de pega poco más sacaban que un buen susto, pero una y otra vez alguno lo intentaba.
     El director de la sucursal tardó en salir con el dinero de la caja.
--Aquí tenéis el dinero. ¿Qué queréis que haga ahora?
--Déjalo en el suelo. Ahí, sí. Ya lo cogemos.
--Pero soltad a la mujer.
--Primero el dinero. ¡Eugenio, vete a por él! –gritó Juan a su compañero.
     A Eugenio le temblaban las piernas. Maldecía el momento en que había hecho caso de su amigo. Pero ya era tarde. Estaba seguro de que les pillarían. La policía vendría a detenerles y los llevarían a la cárcel. Simeón pensó:
--Coged el dinero y salid corriendo. Vaciad las cajas de esta maldita sucursal. Los jefazos despilfarran el dinero de la gente en mariscadas y nosotros tenemos que complacerles por unos sueldos de mierda. Coged el dinero y disfrutadlo, cancelad la hipoteca y sed felices.
    Mayca observaba la escena. Ese saco de dinero en el suelo resolvería todos sus problemas. Se podría casar con su novio y pagar la entrada de un piso. ¡Lo que ella haría por tener ese dinero ahora mismo! Cualquier cosa. Para juntar lo que había en ese saco, ella tendría que trabajar cinco años, al menos, y sin gastar nada. Ahora estos se llevarían el dinero sin más, sin trabajar, sin esforzarse como ella. Malditos.
     Eugenio se fue acercando a la saca con el dinero. Poco a poco y con cautela, como si fuera una mina a punto de explotar. Ahí estaba todo: la liberación de sus miserias, una vida digna y la tranquilidad. Todo en una simple bolsa. Se agachó a cogerla. Parecía quemar. Una vez asida, se la metió con decisión debajo de la axila y volvió a retroceder. Juan seguía sujetando a la mujer por el cuello. Ella había dejado de oponer resistencia.
--¡Ahora liberadla! –dijo el director con firmeza, señalando a la mujer.  
--¡Tú calla que ahora no mandas! –le gritó Juan en respuesta. Estaba pensando cómo actuar. No quería liberar a la vieja que se había convertido en su seguro para salir bien parados de la situación.
     Eugenio le miraba. Ya no conocía a su amigo. Juan estaba fuera de sí. Improvisaba.
     De pronto se oyeron unas sirenas.
--¿Quién ha avisado? ¡Mato a la vieja!¡Mato a la vieja! –gritó Juan apretando la pistola aún más contra la sien de la mujer.
    Ella no hacía ni un ruido. Ni tan siquiera gimió.
    Los coches de policía se detuvieron delante de la sucursal. Policías armados hasta los dientes se parapetaron detrás de los coches, mientras otros cortaban las calles aledañas. Los atracadores no tendrían escapatoria ya. Juan estaba loco, poseso. Eugenio le miró y le hizo un gesto para que se calmara. Juan no hizo caso. Se sentía como un animal enjaulado. No tenía nada que perder, así que quitó el seguro de la pistola. Sonó un ‘click’. En cualquier momento podía apretar el gatillo. Eugenio seguía agarrando firmemente la saca con el dinero.
--¡Suelten el arma y salgan con los brazos en alto! –sonó desde la calle.
     Juan y Eugenio se miraron.  
--¡Repito! ¡Suelten el arma y salgan con los brazos en alto!
     Eugenio dejó caer la saca. Juan se sobresaltó y casi se le fue el gatillo. En medio del silencio que reinaba en la sucursal se escuchó de pronto un gemido. Eugenio estaba llorando y una mancha oscura apareció en el pantalón. Al verlo, Juan bajó el arma, la dejó caer y empujó levemente a la vieja que se fue renqueando hacia el director de la sucursal. Simeón y Mayca observaban la escena.
     Eugenio se sacó el pasamontañas negro y se tapó la cara con las manos. Las piernas le temblaban.  
--¡No soy un asesino! ¡No soy un asesino! –gimió.
   Juan rodeó a su amigo con un brazo y los dos salieron de la sucursal. Afuera la policía les esperaba con tres coches patrulla y luces de emergencia.
--No soy un asesino. Solo quería pagar la hipoteca –volvió a gemir Eugenio al salir, dirigiéndose a un agente.

     Los coches patrulla se marcharon del lugar después de la captura de los dos atracadores, mientras gemían las sirenas. La prensa del día siguiente sacaría la noticia del atraco y la reducción de unos peligrosos delincuentes. Dentro de la sucursal, Simeón lloraba en silencio.