Era martes. La gatita se
acercó a su cama a primera hora de la mañana, pero ella no se movía. El animal,
esperando ver a su dueña despierta, saltó sobre la cama. Se acercó olfateando a
la cabeza de su dueña. Esta seguía sin moverse. La gatita se dio pequeños
golpecitos con una pata delantera para hacer que se moviera. Era hora de
desayunar ya su porción de comida húmeda. Además, ¿qué era eso de dormir tanto?
Las siete de la mañana es una hora perfecta para jugar con ella. Pero su amiga
no se movía.
El corazón gatuno del
animal comenzó a preocuparse. No era normal eso. Su dueña tenía costumbres que
realizaba con la precisión de un reloj suizo: todo lo que hacía ocurría siempre
a la hora exacta. Nunca fallaba. Por eso era tan raro que ahora no se moviera.
La gatita maulló. Nada. Maulló un poco más fuerte. Nada. Se volvió a subir a la
cama y pegó un par de saltos sobre el cuerpo inerte de su dueña. Maulló aún más
fuerte un par de veces más y luego se acostó sobre el edredón esperando con
paciencia alguna reacción de su dueña.
Doña Paca, Paquita para
sus amigos, era una mujer de casi noventa años que vivía sola. Viuda desde la
guerra, se había dedicado a criar a sus hijos, Flor y Manuel, como pudo.
Gracias a su muy escasa pensión y a una pequeña mercería que había conseguido
abrir, había conseguido sacar a sus hijos adelante e incluso darles estudios,
al menos al hijo varón. La niña ya se casaría y no hacía falta que estudiara.
En cualquier caso, para que estudiaran los dos no había dinero. Manuel hizo una
carrera brillante como profesor de universidad, se casó con una niña bien y se
establecieron en el barrio de la ciudad. La niña acabó el graduado escolar y
conoció al que se convirtió luego en su marido, tuvieron tres e hijos y se
fueron a vivir una vida.
Paquita se quedó sola
entonces. No iban mucho a verla porque, claro, tenían muchas ocupaciones. Pero
Paquita se sentía muy orgullosa de sus hijos y nietos y siempre enseñaba fotos
de todos ellos a aquel que la hiciera un poco de caso. Claro que las
fotografías más nuevas tenían ya varios
años. No había habido tiempo de hacerse unas más recientes para la abuela. Los
nietos, adolescentes ya, tampoco tenían tiempo de ir a verla. Había otras cosas
más interesantes que hacer que escuchar las historias de la abu que se repetía
más que los ajos.
Pero
Paquita no paraba de decirle a todo el mundo que el domingo vendrían a verla.
Seguro. Solo que nadie estaba seguro de qué domingo era. Paquita vivía de
ilusiones y fantaseaba con preparar a sus nietos unos buenos tazones de colacao
con muchas galletas María o tres o cuatro madalenas que eran la única merienda
de verdad. Pero los nietos no venían nunca.
Un día, mientras daba un
paseo por el barrio vio una gatita vieja, sucia a la que faltaba un ojo pues lo
había perdido durante una pelea contra algún macho. Tenía la panza caída y las
tetillas un pocos salidas, señales inequívocas de haber pasado por varios
partos. Paquita y la gata se miraron y comprendieron, cada una a su manera, que
en este mundo las dos estaban muy solas. Paquita se marchó, pero volvió al día
siguiente al mismo lugar con un poco de chopped
de pavo. La gata lo engulló con avidez. Aún mantenía las distancias. Un animal
que se ha llevado tantos palos en su vida, tiene que mantener cierta prudencia.
--Hola chiquitina –le decía la vieja--,
estamos las dos muy solitas. Pero yo te daré algo de comer. Chiquitina.
La gata la miró y
parpadeó con el único ojo que la quedaba en señal de que había comprendido lo
que la estaba diciendo.
Paquita tomó por
costumbre acercarse todos los días a ver a su nueva amiga. Compró un pequeño
saco de pienso seco en la tiende del barrio y llevaba a la gata su porción
diaria. El animal acabó dejando de lado las precuaciones y se acercaba a su
amiga sin miedo, se retragaba por las piernas y se dejaba acariciar. Pronto las
dos acabaron necesitándose mutuamente y un buen día la gata siguió de cerca los
lentos pasos de su amiga humana hasta llegar al pequeño apartamente donde esta
vivía. Paquita dejó que la siguiera y que entrara en su casa donde el animal,
después de investigar minuciosamente todas las esquinas, se instaló en el viejo
sofá.
Paquita cuidó de la
gatita, la lavó un poco con un paño húmedo, la limipó el ojo, la quitó las
legañas y la acicaló y limpió. No consiguió, sin embargo, cortarle las uñas. La
gata no iba a consentírselo todo. De este modo comenzaron a vivir las dos en
mutua compañía y se volvieron imprescindibles la una para la otra. No se sabe
muy bien si Paquita había adoptado a la gata o si había sido al revés.
En cualquier caso, nada
de eso importaba sino que ahora ya no estaban solas, ninguna de las dos. Un
buen día se acercó el hijo de Paquita para ver a su madre. Vino solo para hacer
una visita de cortesía. El resto de la familia no había tenido tiempo de
acompañarlo.
--¡Pero ¿qué haces con un animal en casa?
--Pues es que lo he adoptado. Nos hacemos
compañía.
--¿Y de dónde la has sacado?
--Me la encontré por el barrio.
--¿Qué!? ¡Encima es un animal de la calle!
¿La habrás llevado al veterinario por lo menos?
--No. No me llega la pensión para
veterinarios.
--No fastidies mamá. ¿Cómo metes en casa
un bicho de la calle con las enfermedades que puede transmitir?¡Ahora mismo la
estás sacando de aquí!
--Pero Manuel. Es mi amiga. No la puedo
abandonar otra vez –dijo la vieja casi llorando.
--Da lo mismo. A ver si vamos a tener una
desgracia.
--Mayor desgracia que la vejez y la soledad
no creo –contestó Paquita enjugándose las lágrimas.
La gata observaba la
escena desde su escondite debajo del sofá donde se había metido cuando llegó
Manuel de visita. El animal intuía que se estaba hablando de él y que algo
ocurría. Manuel no la gustaba nada.
De pronto a Paquita le
llegó una fuerza de vete a saber dónde y se plantó frente a su hijo diciendo:
--La gata no se va de esta casa.
--Eso ya lo veremos –contestó Manuel.
--De ya lo veremos, nada. Sigo siento tu
madre y en esta casa mando yo. La gata se queda.
La contundencia con la
que habló la vieja desarmó a Manuel que no consiguió responder. Así que no le
quedó más remedio que respetar el deseo de su madre, aunque fuera a
regañadientes.
De este modo la vieja
gata se quedó a vivir en casa de Paquita y ambas se convirtieron en amigas
inseparables, uña y carne, brindándose mutua compañía y apoyo. La mujer le
contaba a la gata penas y alegrías: cómo había conocido a su Jorge; los
momentos en los que nacieron sus hijos; el momento en el que enviudó; y cómo le
hubiese gustado que sus hijos y nietos la visitaran más ahora que se había
hecho mayor y desvalida.
La gata, que observaba a su
amiga humano con el único ojo sano que tenía, parecía entender perfectamente lo
que la estaban contando. Cuando a Paquita de vez en cuando se le escapaba una
lágrima, la gata se le acercaba y se restregaba en sus piernas, consolando a su
amiga y ofreciendo su apoyo incondicional.
Entonces Paquita se
agachaba con dificultad y acariciaba el lomo de su amiga felina con una mano
ajada y arrugada, llena ya de manchas de senectud, pero también de inmenso
amor. Después iba a la cocina y picaba una loncha de pavo y se la daba a comer
al animal. Entonces decía:
--Pero este domingo seguro que vienen a
merendar. Habrá que prepararse.
La gata tan solo se comía
su pavo en silencio.
Hoy
Paquita no se movía en su cama. La gata maullaba y la tocaba con una pata para
ver si despertaba. Pero Paquita no se movía. Estaba fría. La gata se tumbó
junto a su amiga y no se movió. Así las encontraron a las dos, cuando días más
tarde alguien echó de menos a Paquita y entraron en la casa. Solo quedaba
llevarse el cadáver de la vieja.