Tengo unas zapatillas de estas que se llevan tipo bambas,
abotinadas, muy cómodas que se me han quedado algo viejas. Tienen algún agujero
y están un poco sucias. Hace unas semanas me compré unas nuevas, prácticamente
iguales, solo que grises en lugar de negras. Mis viejas zapatillas no son de
una marca especial, de hecho me costaron muy baratas; tampoco son especialmente
bonitas ni elegantes ni nada de eso. Sin embargo, me resisto a tirarlas. Las
miro y me acuerdo de todo lo que he vivido con ellas; siempre cosas buenas, con
amigos: paseos, cañas, tapas, cafés, tardes de ocio, noches de baile. Me veo
con una cerveza en la mano, bebiéndomela como me gusta: de la botella. Nunca me he
puesto estas viejas zapatillas para ir a trabajar. Por eso me resisto a
tirarlas. Me recuerdan todos esos momentos y no quiero tirarlos a la basura. Si
me deshago de mis viejas zapatillas, tengo la sensación de que se irían esos
momentos y me resisto. Supongo que las guardaré, hasta que un día, mi zapatero
se llene de viejos pares de zapatillas que me recuerden buenos momentos y los
tenga que dejar marchar.
lunes, 14 de mayo de 2012
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