sábado, 7 de noviembre de 2009

El avestruz



Era día de mercado en Villacastín. Manuel que vivía en un pueblo vecino iba a ir para hacer las compras que necesitaba. Al no tener mula, le tocaba hacer el camino andando: dos horas de ida y otras dos de vuelta. Pero estaba acostumbrado a caminar largas distancias pues era un hombre de campo, curtido por el sol y las labores al aire libre.

Se levantó temprano y después de un consistente desayuno, Manuel se despidió de su mujer y de sus hijas y se puso en marcha hacia Villacastín por el camino seco y polvoriento que llevaba de un pueblo a otro.

Se metía de vez en cuando la mano en el bolsillo para sentir el dinero, no se le fuera a perder. Le tenía que dar para algunas cosas que necesitaba y que no podía adquirir en su pueblo: hilo, pomada, jamón y algo de queso entre otras cosas. Se había echado un gran saco al hombro para poder traer toda la compra a casa donde su familia le estaría esperando a la caída de la noche. Las niñas siempre salían a recibirle corriendo y gritando “papá” para ver qué dulce o regalo les había traído.

El sendero cruzaba varios campos sembrados de trigo. Aún no era tiempo de cosecha y el viento mecía las espigas como inmensos mares verdes. La gran bola roja del sol, curiosa por lo que sucedía en la tierra, fue elevándose en el horizonte y le acompañaba en su andar. Manuel siguió un buen rato hasta que a lo lejos ya divisaba la torre de la iglesia de Villacastín.

Iba absorto en sus pensamientos hasta que, de pronto, al doblar una curva que rodeaba una colina se topó de frente con un enorme pajarraco de cuello alto mirándole fijamente. Era un avestruz. El bicho con sus enormes ojos saltones y curiosos, una cabeza ligeramente ladeada a su derecha y coronada con plumas finas y despeinadas, suaves como la primera barba de un adolescente, le miraba descaradamente.

El hombre dio un respingo. Las avestruces suelen imponer si te los encuentras así, de pronto. El ave torció la cabeza hasta dejarla completamente ladeada para ver mejor a Manuel. Tenía una expresión entre curiosa y divertida. Estaba plantada en medio del camino de modo que no dejaba pasar y tampoco se apartaba.

—¿De dónde habrá salido este animal?—se preguntó Manuel, —ha debido escaparse del circo que pasó por el pueblo hace unos días.

Y ahora, ¿qué iba a hacer? Manuel tenía que seguir para poder llegar al mercado, pero el ave no se apartaba y no podía pasar. Y menudo pájaro para apartarlo por las malas. Con ese pico....

El pajarraco no paraba de mirarle. No parecía asustado, más bien todo lo contrario: parecía más bien querer hacer nuevos amigos, curiosear.

—Hola—intentó Manuel,—me gustaría seguir al pueblo porque hoy hay mercado.

El avestruz seguía observándole entre curioso y divertido.

—Tengo que ir a comprar cosas para mi familia.

—¿Porqué estaré hablándole a este animal?—se preguntó en voz alta Manuel, —¡Qué va a entender!

—¿Te puedes apartar un poco?—intentó de nuevo.

El pájaro le miró doblando la cabeza hacia el otro lado.

—Por favor.

Nada.

Manuel dio un paso a la derecha. El animal estiró el cuello siguiéndole en el movimiento. Entonces Manuel dio un paso a la izquierda y el avestruz hizo lo mismo, como si fuera su imagen reflejada en un espejo.

Se moviera hacia donde se moviera, la minúscula cabeza del animal le seguía, pegada a ese larguísimo cuello rosa. Manuel se dio la vuelta, anduvo unos pasos. El avestruz detrás. Manuel se volvió a girar. Ahí estaba el bicho, impávido. Dio unos pasos hacia atrás y el otro dio unos hacia delante.

—¡Por favor! —dijo Manuel un poco más alto y con un tono rayando en la desesperación.

Nada. El bicho no hacía más que mirarle.

Manuel se movió entonces despacito hacia el borde del camino. Y con movimientos muy lentos y desplazándose de costado intentó pasar junto al animal en un intento de burlarle y poder seguir. Sin embargo, éste de pronto se movió y Manuel se encontró con la nariz pegada al enorme pico del avestruz. Sentía su aliento. Si estiraba la mano podría tocar su plumaje negro y elegante.

Con movimientos pausados volvió Manuel a su posición inicial.

Se puso a cuatro patas porque pensaba así poder escapar del campo visual del pajarraco. Poco a poco y adelantando una mano, después el brazo y luego una pierna, después el otro brazo y la otra pierna se fue moviendo hacia delante para pasar por debajo del animal. De pronto se topó de nuevo de frente con la mirada divertida del bicho. Justo delante: la jeta del avestruz.

Manuel se sentó en el suelo polvoriento. Ya no sabía qué hacer. Se podía pasar ahí todo el día y tenía prisa.

De pronto se le ocurrió algo: su mujer le había envuelto una hogaza de pan en un poco de papel y un fuet para el almuerzo. Sacó el pan de su zurrón y lo partió. Del centro sacó un poco de miga y se lo acercó al avestruz a la boca. El bicho bajó la cabeza y se lo tragó de un bocado. Manuel fue siguiendo el movimiento de la bola de miga por el cuello del animal hasta que acabó en el buche.

—Parece que le gusta—se dijo Manuel haciendo una bola con otro poco de miga.

Se lo dio al pájaro que se lo volvió a tragar en un santiamén.

—Tienes hambre, eh. Toma, toma pan.

Y Manuel le dio dos o tres migas más.

El bicho se las comió con avidez.

De pronto, Manuel dijo:

—Mira.

Y lanzó lo que le quedaba de la hogaza lo más lejos que pudo. El animal siguió el pan con la mirada y dio un paso, luego miró de nuevo a Manuel como si no se pudiera decidir entre el pan y la compañía de su nuevo amigo. Sin embargo, ganó el hambre y el bicho salió corriendo con sus largas patas rosadas detrás del pan.

Manuel aprovechó la ocasión y no paró hasta llegar a Villacastín donde llegó jadeante y contando a todos lo que le había ocurrido. Cuando se hubo calmado, pudo hacer sus compras tranquilamente. Ese día fue el rey de la tertulia.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La falta de sentido en la vida







Superado Freud y la revolución sexual y con un nivel de vida, pese a toda crisis económica, más elevado que hace varios decenios —no sólo están cubiertas las necesidades básicas, sino que la gente se permite cierto lujo e incluso despilfarro—, las personas que forman parte de esta sociedad moderna siguen sin sentirse felices. ¿Cómo es eso posible?, nos preguntamos. Ocurre que la sociedad está enferma. Su enfermedad se llama: falta de sentido en la vida.
Muchas personas, llegado el domingo, no saben qué hacer con su tiempo libre. Lejos de las obligaciones laborales, en el momento que se han de enfrentar a su propio espacio, no saben llenarlo. Se ven abocados al aburrimiento. Cuando llegan las vacaciones ocurre algo muy similar. Sí, hay un sentimiento generalizado de que en las vacaciones realmente se disfruta. Pero, ¿quién no se ha encontrado con alguien que viene refunfuñando del marido, los hijos, el calor de la playa, la arena de la playa y los precios del chiringuito?
Grave es cuando el aburrimiento se ha extendido a toda la existencia de un individuo. En ese momento ha dejado de vivir. No es ya en este mundo. Este sentimiento también lo podríamos llamar de otra manera, quizás más adecuada, según los psicólogos: el vacío existencial.
El individuo se siente mal, pero no entiende la causa, sólo sabe que se aburre y ha de llenar el hueco con algo. Como lo único que sabe es consumir, consume: se da a los excesos en comida, tabaco o compra compulsivamente. Sin embargo, ese hueco no se llenará nunca a menos que haya un cambio de conciencia.
El consumo, provocado por el vacío existencial, no se reduce a la necesidad de comprar más y más cosas, objetos que se van reemplazando cada poco tiempo. Ya no se guarda nada: la tele se cambia mucho antes de que se estropee, el móvil cada seis meses, el ordenador cuando sale un modelo nuevo. No, también se consumen relaciones, matrimonios y amistades. Lo que es viejo se tira, ya no vale. Tanto si es la mesa del ordenador como si es tu mujer.
Sin embargo, el individuo no sólo no consigue llenar su vacío, sino que se va sumiendo en una insatisfacción cada vez mayor que se acaba volviendo crónica: el vacío sigue ahí, hay que llenarlo. Pero eso no ocurre; más bien se expande. Entonces vamos a la tienda y nos compramos algo más.
El aburrimiento se hace más palpable cuando la persona está desempleada o jubilada. La falta de obligaciones laborales, sobre todo si el individuo tiene familia y los hijos están crecidos, le obliga a enfrentarse a sí mismo y a todo su tiempo. No tiene ningún sentido que dar a su vida (y tampoco demasiado dinero que gastarse). Si un individuo durante todo el tiempo que ha estado empleado sólo ha llenado su sentido del ser en esta vida con ese trabajo, ese cargo y ese sueldo, cuando éste concluya no sabrá qué hacer consigo mismo.
Y no digo que una familia no dé sentido a la vida. Sí, claro: está la pareja, los hijos… Sin embargo, yo me refiero aquí a algo más intrínseco del individuo. Algo del que no dependan las condiciones externas, pues la pareja puede un día no estar ya y los hijos se marcharán de casa. No, me refiero a un algo que le dé vida al ser humano en el más puro sentido de la palabra. Qué le haga sentirse vivo.
Es sorprendente la cantidad de suicidios que tienen lugar en la sociedad moderna cuando las necesidades están cubiertas, tenemos (realmente) de todo y en occidente nadie te dice cómo tienes que vivir tu vida ni con quién te acuestas. Es aún más sorprendente que durante las guerras, incluso el Holocausto, apenas se produjeran suicidios. ¿Cuál es pues el secreto? Que en una situación extrema como los campos de refugiados las personas tienen un sentido en sus vidas: la supervivencia (léase a Viktor Frankl).
¿Qué es lo que necesita el individuo que vive en la sociedad moderna? Necesita un sentido en su vida. ¿Cómo encuentra un sentido en su vida? Es distinto para cada individuo. Tiene que haber un cambio de actitud, un modo de estar en esta vida. Primero ha de darse cuenta de que el ser humano no sólo está hecho de lo material: ha de cubrir sus necesidades espirituales lo mismo que llena la barriga. No quiero ser moralista ni decir a la gente que hay que abrazar una religión, nueva o vieja. No, no es eso, pero buscarse una obligación, un compromiso con alguna causa ayudando a otros, por ejemplo en una ONG, fomentar valores éticos formando parte de algún grupo o el estudio de lo que sea que a uno le interese: la belleza, el arte, seguir aprendiendo y descubriendo todos los misterios que hay entre el cielo y la tierra. Ahí hay una fuente inagotable de sentido que dará al individuo una seguridad aunque cambie su situación externa, llenará su vacío existencial y le llevará a una madurez emocional perdurable. Será imposible aburrirse.

lunes, 31 de agosto de 2009









Sinfonía para un hombre solo


Amigo: hemos viajado por todo el mundo, eres una parte más de mí, una extensión de mi brazo, un apéndice. Si te perdiera, sería como perder una extremidad mía, sería sufrir una amputación. Hemos pasado tanto juntos…tantos años que te has convertido en mi confidente, en mi esposa, incluso en mi amante… Sí podría decir que tantas noches no he tenido a nadie a quien abrazar que no fueras tú: un abrazo de madera en clave de sol. Recuerdo cuando empezamos juntos en esta aventura que es la música, como protestabas, parecías un gato destripándose hasta que conseguí arrancarte las primeras notas. Luego los exámenes, el conservatorio, varios trabajos en orquestas de poco presupuesto hasta que conseguí entrar en la Sinfónica. ¡Ese sí que fue un día grande! ¿Recuerdas? ¡La borrachera que nos pillamos!

Casi te pierdo al tropezar por aquella acera y a punto estuvo de atropellarte un autobús. ¡Madre mía! ¡Si te llego a perder, no sé que hubiera sido de mí!

Poco a poco, con esfuerzo, estudiando todos los días, trabajando muchísimo, largas horas todos los días: nos apeteciera o no; estuviéramos cansados o no; lloviera, nevara o hiciera sol…pero la ambición era más fuerte: años más tarde logramos ser el primer violín, los que se sientan delante, las personas de confianza de los directores.

Siempre hemos sido dos. Siameses. Inseparables. Desde luego, sin ti no hubiera sido quién soy. ¿Recuerdas aquella noche en la Royal? Arrasamos, verdad amigo, con esas Cuatro Estaciones. Me sentí transportado, uno con el cosmos. Yo, yo era Vivaldi. Fue tal el éxito que cosechamos que tuvimos que repetir toda la pieza: Primavera, Verano, Otoño, Invierno…así fue. Éramos los segundos, los sustitutos, el que tenía que tocar se puso enfermo y nos llamaron a nosotros y esa, ¡madre mía!, fue nuestra gran oportunidad. Esa fue la segunda gran borrachera que nos cogimos los dos, eh. Sí, fuimos geniales. Somos geniales.

Pasamos por duras pruebas: más y más ensayos. Nos enfadábamos: yo quería tocarte de una manera y tú no te dejabas. Siempre has sido tremendamente terco. ¡La madre que te parió! Sí, esos ensayos, una y otra vez: entrada, el trémolo, el pizzicato: me enfadaba, tú te enfadabas, hasta conseguir la nota exacta. ¿Recuerdas también las grabaciones? ¿Los días que hemos pasado en los estudios? La grabación de los conciertos de Paganini con los señoritos de la Filarmónica de Viena que querían tocar como les daba la gana. ¡La lata que dan! Levantándonos a las cinco y durmiendo poco. Me pasé dos meses alimentándome de pizzas y hamburguesas. No había tiempo para más.

Ahora somos famosos y viajamos por todo el mundo: las mejores salas, las mejores orquestas. Tokio, Nueva York, Londres, Viena, París…Siempre viajando. Siempre siendo compañeros de viaje. Ahora, yo soy tú y tú eres yo. Eres mi familia. No he tenido tiempo de tener una mujer, ni hijos, suegra ni nada de eso. Mi vida eres tú. Sin ti no sería nada. Mi mundo se haría añicos y no sabría recomponerlo. Pasar demasiado tiempo juntos nos ha convertido en un matrimonio viejo que no es capaz de separarse; que no puede vivir el uno sin el otro y a veces con el otro tampoco. Es una bendición y una condena; un premio y un castigo. Juntos somos geniales; separados mediocres.

domingo, 30 de agosto de 2009



En la quietud de mi casa


En la calle, la tormenta.
El trueno espanta los pájaros
Que se han refugiado entre las ramas.
Tumbada en el sofá,
La opaca luz me mece hacia la siesta.
Me acurruco más en mi manta
Protectora de mi intimidad,
Capullo de lana que me aísla del mundo.
En la calle, la tormenta
Ruge.
Y la pereza me retiene.
Quiero que este momento se haga eterno
En la quietud de mi casa.
Conmigo y mis pensamientos.
No hay teléfono.
Me he dormido viendo la película.
En la calle, la tormenta
Ducha los árboles y agita sus ramas
Y arrastra las prisas de la gente.
Abro un ojo y veo que sigue la quietud;
Aún no se ha marchado.
Mi mundo es mi sofá.
No deseo hacer nada
En la quietud de mi casa.

domingo, 2 de agosto de 2009


El cambuí que bailaba seguidillas



Había una vez un cambuí que vivía en la Argentina, junto al Río de la Plata. Vivía satisfecho y feliz en su comunidad de cambuíes viendo cómo se levantaba y se volvía a poner el sol en el horizonte de la Pampa, jugando con las familias de pajaritos que venían a hacer nidos entre sus ramas o simplemente siendo árbol que es lo que mejor sabía hacer. Sin embargo, le faltaba algo para sentirse completamente feliz: tenía alma de artista. Se pasaba los días soñando con ser un pintor, un bailaor o un escritor famoso para poder expresar su arte. A menudo, aunque estimaba mucho a sus amigos cambuíes, acomodados y burgueses, se aburría un poco con ellos porque habían dejado de soñar y sus vidas parecían haberse estancado, mientras que nuestro protagonista se iba en espíritu a las estrellas y a la luna.

Un buen día llegaron unos turistas venidos de España que acamparon junto a él. Por la noche encendieron una hoguera y, después de cenar, reunidos todos alrededor del fuego y al fondo con un cielo salpimentado de estrellas, uno de ellos se puso a cantar unas hermosísimas canciones. Era andaluz y cantaba flamenco: tientos, alegrías, fandangos y bulerías mientras sus amigos le acompañaban dando palmas. El cambuí estaba extasiado escuchando estas bellas canciones y en algún momento se le escapó alguna lágrima de savia que bajaba rodando por el tronco.

Una de las veces el cantaor entonó una canción extraordinariamente hermosa con un ritmo distinto a los demás, una fuerza especial. Esta canción era una seguidilla. Cuando la oyó, nuestro amigo el cambuí se emocionó aún más. Miró hacia el cielo y con la voz quebrada exclamó: «Ese es mi arte. Por fin lo he encontrado.»

Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el cambuí comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo y poco a poco se fue metiendo en la música, expresando lo que sentía dentro. Se fue sintiendo cada vez mejor y más y más seguro, de modo que comenzó a ensayar todos los días.

Después de un tiempo ya sabía bailar bastante bien y amenizaba el resto de la colonia de cambuíes con espectáculos de flamenco. Lo que mejor se le daban eran las seguidillas. Ese palo triste con su melancólico ritmo: un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, tres, un, dos, tres, un…El cambuí se metía de lleno en el papel de bailarín y se dejaba llevar por el duende, moviendo las ramas y las hojas al son. Tás, tás tás y raca y giraba el tronco mirando hacia atrás con mirada rabiosa. Las raíces hacían las veces de bata de cola, pero le impedían moverse del sitio. Sus frutos rojos hacían parecían lunares sobre un traje de gitana.

Había nacido para ser arista. Así se lo reconocía el resto de los árboles que toleraban estas pequeñas excentricidades de divo porque era un cambuí con un gran corazón.

miércoles, 29 de julio de 2009

Línea 6


Línea 6
Patricia Riosalido Villar
Móstoles, Madrid (España)



Fernando llevaba años viviendo en el metro de Madrid. Su casa era la línea 6. Viajaba dando vueltas y más vueltas a la ciudad, sin salir nunca a ver la luz del sol, sin ver nunca más que esos túneles oscuros, enormes ratoneras, o las frías estaciones inundadas de luz blanca de neón. Hacía muchísimos años que no había vuelto a la superficie. Ahora su hábitat eran las entrañas de la ciudad, comiendo lo que se encontrara por las papeleras o mendigando algún bocadillo de la gente. Se pasaba el día circulando por debajo de las avenidas, el bullicio, los museos y los ministerios. Ya había olvidado a sus amigos de antes y a sus compañeros de despacho de cuando fue abogado. Ahora sólo le conocían algunos empleados de Metro. Su única compañía eran las ratas que salían de noche en busca de comida y le encontraban durmiendo en alguna de las bocas entre cajas viejas de cartón y alguna manta sucia donada por caridad.
Vestía un traje raído de línea diplomática pasado de moda y un viejo sombrero marrón que no se quitaba jamás. Era un hombre educado a la antigua usanza. Cedía los asientos a las damas y se levantaba el sombrero para saludar a las señoras de la limpieza cuando se las encontraba por alguno de los aplanantes pasillos.
Viajaba con pocas cosas en una vieja maleta marrón y manoseada de la que no se desprendía jamás. En ella llevaba algunos objetos que todos los días sacaba para mirar: el retrato de su esposa en un marco de plata, le echaba su aliento y le pasaba la manga hasta dejarlo reluciente; un pañuelo azul de seda de mujer, que siempre acariciaba con lentitud, y le hacía perderse en sus recuerdos. Este equipaje era su único vínculo con el pasado: antes de haber decidido bajar para siempre al túnel del metro para no tener que sentir la soledad en la que se había visto inmerso después de que ella muriera.
Un buen día, en la estación de Avenida de América, iba viajando en un tren y éste se detuvo justo frente al que circulaba en sentido contrario. Los trenes se habían parado al mismo tiempo y sólo los separaba un andén. Fernando se puso observar con curiosidad a los viajeros del vagón que tenía enfrente y vio a una mujer: ella, de una edad parecida a la suya, de una belleza marchita, llevaba un viejo vestido anticuado de tul rosa pálido desgastado y arrugado. Viajaba con una vieja maleta de tela floreada. Tenía la mirada fija en el suelo sin mirar a ninguna parte. Parecía perdida en sus pensamientos. A él le llamó la atención este ser extraño y la estuvo mirando con atención hasta que el tren se puso en marcha de nuevo para perderse en la oscuridad.
La imagen se le quedó grabada. «Creo que es como yo: un alma perdida en el metro de Madrid. Y yo que siempre me había creído el único…»
Pasaron unos días y el recuerdo de ella iba perdiendo nitidez. Se fue olvidando y los días trascurrían como siempre hasta que, de pronto, en una de las estaciones su tren se cruzó con otro. Al levantar la cabeza la volvió a ver: llevaba el mismo vestido y su maleta floreada. La mirada perdida en el pasado.
— ¡Es ella!—se dijo Fernando.
Sintió la necesidad de conocerla porque estaba seguro de que era su alma gemela. Se prometió a sí mismo que la próxima vez se bajaría para cambiarse de tren y hablar con esa criatura.
Pasaron algunos días sin volver a verla. Todo el día se pasaba mirando de vagón en vagón a ver si la encontraba. Nada. Cuando se cruzaba con un tren se levantaba, estiraba el cuello buscándola. Así un tren tras otro. Circulaban muy deprisa y se cruzaban en una exhalación. No, nada en este tampoco.
— ¿La volveré a ver?—se preguntaba temeroso.
Nervioso preguntaba a las mujeres de la limpieza:
— ¿Han visto ustedes una dama de rosa, con una vieja maleta floreada? Viajaba en la 6. Me es muy importante encontrarla.
Sin embargo, las mujeres seguían haciendo su trabajo mientras negaban con la cabeza, sin tomar muy en serio al viejo mendigo.
Preguntó a los empleados de Metro que le conocían. Negativo. Se montaba en un tren, se bajaba en la estación siguiente. Cogía otro. Una nueva estación y nada. Así pasaron varios días.
Ya había perdido la esperanza cuando, mientras esperaba en la estación de Manuel Becerra, se detuvo un tren. Se abrieron las puertas y justo frente a él estaba ella. Sólo les separaba el hueco entre coche y andén. Con un rápido gesto, Fernando agarró la maleta y se subió al coche, justo en el momento en el que arrancaba el metro.
Ella mantenía la vista fija en el suelo y Fernando se sentó enfrente. Aparte de ellos dos no había nadie más en ese vagón. Él la miraba fijamente y ella levantó poco a poco la cabeza. Durante unos momentos se cruzaron sus miradas. Ella comenzó a sonreír y él le devolvió la sonrisa. No sabía qué decirle. No está acostumbrado a hablar, pero tenía que hacerlo.
De pronto, sacó el pañuelo de su maleta y se lo dio. Ella le miró sorprendida, pero luego lo aceptó colocándoselo coqueta alrededor del cuello.
— Gracias. Muy amable— susurró con una sonrisa de quinceañera.
— ¿Le apetecería…le apetecería tomar un café?— preguntó Fernando, que sentía cómo se le aceleraba el pulso.
—Me encantaría— contestó ella ruborizándose.
En la siguiente estación se bajaron del tren, dejando las maletas olvidadas en el vagón. Se miraron el uno al otro sonriendo y juntos abandonaron la estación. Era la primera vez en muchos años que Fernando salía del suburbano y en un primer momento se deslumbró, pero poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la luz.
Las maletas del pasado que habían quedado olvidadas en el tren siguieron solas su viaje hacia ninguna parte.