domingo, 20 de marzo de 2011

Los amantes esqueletos

Los arqueólogos estaban limpiando el suelo del yacimiento en el que esperaban encontrar restos etruscos, cuando uno de ellos pegó un brinco y gritó.

¡Mirad, aquí hay restos humanos!¡Huesos!

Y, efectivamente, había hallado el resto de un tobillo humano, casi ya a flor de tierra.

¡Venga, venga! Hay que seguir a ver si encontramos restos de un etrusco.

Con mucho cuidado el equipo de arqueólogos fue limpiando la primera capa de tierra y yerba, hasta llegar a desenterrar unos esqueletos humanos. Después limpiaron con una brocha gorda la tierra más basta. Al analizar los restos descubrieron que se trataba de una pareja de un hombre y una mujer. Sus esqueletos estaban tan entrelazados que se confundían el del uno con el del otro y parecían yacer en un abrazo eterno.

Los arqueólogos limpiaron los huesos con el mayor cuidado posible, pero siempre respetando el abrazo de los amantes. Descubrieron que se trataban de una mujer y un hombre jóvenes. Decidieron investigar y analizar los huesos con mayor detenimiento. No podían ser etruscos porque estaban muy en la superficie y se hubieran deteriorado con el paso de los años. Eran unos muertos más recientes.

En el pueblo que se encontraba a cierta distancia del yacimiento se contaba que hacía muchos años había desaparecido una pareja de enamorados. Las costumbres de entonces no eran como las de ahora y el padre de ella nunca habría consentido una boda. Se escaparon de casa con lo puesto, pero no llegaron muy lejos. Era invierno y no llegaron más allá de la zona de lo que ahora era el yacimiento etrusco. Era de noche y se abrigaron como pudieron, el uno abrazado al otro: ella con los brazos alrededor de su cuello y él abrazándola con fuerza para resguardarla del frío. Comenzó a nevar y los copos cubrían sus cuerpos. Ella le dio su último beso y se fue sumiendo en un sueño profundo causado por la fatiga. El permaneció despierto un tiempo más, contemplándola. Poco a poco se fueron durmiendo para siempre.

Nevaba mucho y la nieve acabó cubriendo del todo sus cuerpos que quedaron congelados hasta la primavera. La ventisca cubrió los cadáveres con tierra. Por algún extraño milagro de la naturaleza, ningún animal se acercó para comer sus cadáveres. Era como si la naturaleza entera hubiera respetado este abrazo eterno en los que habían quedado sumidos, en un amor que trascendía el tiempo y la muerte.

Así fue como los encontraron los arqueólogos. Nunca nadie osó deshacer el abrazo de aquellos que habían decidido permanecer así para siempre.

viernes, 18 de marzo de 2011

La paloma y la nube


Érase una vez una paloma, algo despistada y desplumada que le gustaba volar muy alto, pero como siempre andaba perdiendo plumas y se quedaba medio en pelotas no conseguía llegar a ningún lado.

Un buen día vio una hermosa nube, era tan hermosa y tan blanca que destacaba sobre un hermoso cielo azul en un día soleado. La paloma despistada se quedó atontada mirándola, se quedó más atontada de lo normal en ella y decidió hacerla una visita. Recogió y se arremangó sus plumas sobrantes y las medio colocó en su sitio. Con la lengua fuera en señal de concentración, cogió carrerilla para despegar y comenzar a volar hacia la nube. Tras el primer intentó se tropezó consigo misma y casi se rompió el pico en el intento. Pero la nube hermosa la tenía tan fascinada que estaba empeñada en alcanzarla. Tomó de nuevo carrerilla y tras un par de intentos fallidos más, consiguió remontar el vuelo, no sin un que otro tropiezo. Como le quedaban pocas plumas, el volar era muy trabajoso y se tuvo que empeñar bastante en el batir de las alas. Comenzó a sudar y gruesas gotas le caían por el pescuezo. Sin embargo, en su mente sólo estaba esa hermosa nube. Parecía que le estuviera diciendo: tú puedes, vamos, las otras palomas te dicen que eres fea y que no sirves, pero eso no es verdad, son ellas que están amargadas, porque no se atreven a soñar y por eso te quieren tirar para abajo. Sólo eres un reflejo de su propia ineptitud, pero en ti hay un gran coraje y alcanzarás el cielo y más allá, si quieres.

La paloma estaba hipnotizada, embelesada por la nube. Poco a poco fue subiendo y alcanzando más altura. El paisaje bajo sus patitas de paloma parecía de juguete, parecía irreal. La única realidad era la de la nube y el cielo. Sólo la paloma y la nube. Cuando finalmente llegó hasta ella, la paloma estaba feliz, exhausta, pero feliz. Comenzó a revolotear alrededor de la nube, a entrar en ella y salir por el otro lado, a volar por debajo y volar por encima, explorando todo rincón y toda esquina. Sin embargo, como las nubes tienden a cambiar su forma gracias al viento, la exploración no parecía acabar nunca y cuanto más descubría de la nube, más fascinada estaba con su nueva amiga. Porque la nube ya era su amiga, más amiga que cualquier otra paloma hubiera sido jamás. Y la paloma dejó de sentirse despistada y tonta, se sintió la reina de las palomas porque había alcanzado su sueño. Había hecho caso a la llamada y había seguido su instinto hasta cruzar los límites.

Cuando se cansó de jugar con la nube, decidió bajar de nuevo. Se despidió y comenzó a descender, poco a poco, hasta llegar de nuevo al palomar. Nunca volvió a ser la misma. Estaba transformada, más hermosa y esbelta y le volvieron a salir plumas. Las demás palomas no sabían qué había pasado, algunas comenzaron a admirarla, otras seguían con sus pequeñas envidias, pero a nuestra protagonista no le importaban sus opiniones. Ahora ella era la ganadora y nadie jamás le podría quitar su logro. Había creído en si misma y era la reina.

viernes, 11 de marzo de 2011

La loca


La loca del manicomio se pasaba el día tocando una única tecla del viejo y desafinado piano. Siempre la misma, todo el día, un día tras otro. Mirando fijamente el teclado, repetía la misma nota una y otra vez. Decían que se había vuelto loca al perder al que fue su único amor. Esa nota quizás haría volver los tiempos en los que él seguía ahí. Lo que ella no sabía es que aquél joven ya no volvería. El apuesto joven se había vuelto viejo y arrugado. Pero la loca --que es lo que tiene estar loca-- no quería entrar en razón.

domingo, 6 de marzo de 2011

Laura

Laura era invisible para todos. Compartía habitación con sus hermanas en un bloque de viviendas gris, en una ciudad gris y vestía siempre de gris. Nunca estaba demasiado alegre ni especialmente triste, sobrevivía. Eso sí, le encantaba de vez en cuando perderse en sus pensamientos.
Un buen día se encontró en el metro que solía coger para ir a la oficina un chico tocando la flauta travesera. Éste vestía de todos los colores. Al pasar Laura, éste dejó de tocar por un momento, la guiñó un ojo y le dijo: "Eres hermosa, mucho más de lo que tú te crees. Pero necesitas despertar.", y siguió tocando. A Laura le dió un vuelco el corazón. ¿Qué es eso que le había dicho este loco? ¿Ella hermosa? Siguió su camino, pero no pudo dejar de pensar en ese encuentro. Tenía la sensación de que entre ella y el encuentro con el músico había una conexión mágica. Algo que estaba escrito en el destino, pero por lo que ella tendría que luchar. ¿Y si fueran ella y el músico dos caras de la misma moneda? ¿Quién lo sabe?