sábado, 30 de julio de 2011

Autobiografía del general Franco







Me he estado leyendo Autobiografía del general Franco, novela en forma de diario en primera persona de Franco y escrita hace ya casi veinte años. En ella dice Marcial Pombo, biógrafo crítico del general:











"Usted fue declarado material humano para la sanción de la Historia y hoy tienen la sartén por el mango una raza de historiadores objetivos que reparten culpas repartibles y olvidan la culpa inicial de que usted empezó el tiroteo en medio de tanto alboroto y que conservó el tiroteo hasta el final de sus días, totalitario y autoritario, a usted le daba lo mismo, no hay mal que por bien no venga y hoy yunque, pero mañana sin prisas pero sin pausas…martillo. Sin prisas pero sin pausas le estamos olvidando general y olvidar el franquismo significa olvidar el antifranquismo, el esfuerzo cultural ético más generoso, melancólico y heroico en el que se resistieron puñados de mujeres y hombres de la raza de Matilde Landa, de Quiñones, de Tomás Centeno, de Peiró, de los anarquistas que trataron de darle muerte a usted para matar la muerte, de Ruano, de Marcelino Camacho, de Marcos Ana, de Nicolás Redondo, de Sánchez Montero, de tantos chicos nacionalistas que se echaron al monte porque usted era el dueño de los valles y caseríos de rebeldes con causa…No quiero hacer un inventario de mártires, ni de laceraciones, ni de tiempo perdido. Me temo que dentro de cincuenta años los diccionarios enciclopédicos audiovisuales, irán reduciendo el capítulo dedicado a usted: cuatro imágenes, cuatro gestos, cuatro situaciones y una voz en off obligada al resumen y a la objetividad histórica […]"









Y me temo que eso es lo que ha pasado. Hace apenas unos días que se cumplió el 75 aniversario del Alzamiento Nacional y el comienzo de la guerra civil. Apenas he visto algunas reseñas en la televisión y en algún periódico. No sé, pero creo que me esperaba algo más. Es lo que predijo Vázquez Montalbán: nos hemos vuelto demasiado objetivos, asépticos, poco implicados. No queremos que nos manchen los antiguos recuerdos de los abueletes que nos cuentan batallitas de cuando Franco. Pero esa objetividad, necesaria en ocasiones, en exceso nos matará porque hay cosas en las que ser demasiado asépticos nos convierte en cadáveres en vida. La guerra civil no se puede convertir en una simple entrada en las enciclopedias. No se trata de remover de nuevo lo viejo, se trata de que nos importen las cosas: el pasado y, por lo tanto el presente y el futuro. Esto sí es compromiso con la memoria histórica. Leed la novela de Vázquez Montalbán. Antes de que eliminen "oficialmente" la guerra civil porque no conviene.

domingo, 17 de julio de 2011

Mumpy, corazón de oro


La semana pasada una niña india se suicidó para donar sus órganos a su familia. Mumpy, de procedencia humilde, había oído hablar de los trasplantes de órganos. Vivía en un pueblo llamado Jhorpara en Bengala Occidental. Su padre necesitaba unos ojos y su hermano un riñón nuevo. La situación era desesperante. La niña, con su mente de niña y su corazón de niña, ideó que, si se suicidaba, ya tendrían su padre y su hermano los órganos que necesitaban. Se lo comentó a su hermana Mónica, pero ésta no hizo mucho caso a estas ideas infantiles.
El caso es que Mumpy se tomo un pesticida y murió. Llevaron su cuerpecito a la cremación ritual y al volver a casa fue cuando encontraron la nota de suicidio. Decía que se mataba para donar sus órganos a su familia.
Su madre entró en estado de shock.

sábado, 9 de julio de 2011

La urna de tía Brígida



Hacía ya unos meses que había muerto tía Brígida, cuando sus herederos nos reunimos en su casa, llena de los recuerdos de toda una vida y donde había vivido desde siempre, para repartirnos los enseres que había dejado. No le quedaban ascendientes directos vivos ni descendientes directos, de modo que todos los que le quedaban éramos herederos de segundo y tercer grado.

Nos sentamos en torno a una mesa redonda: el tío Carlos, pariente lejano de la tía, con su segunda esposa, una rubia llamativa y mucho más joven que él; dos sobrinas lejanas de la tía difunta; un amigo abogado; un sobrino de Brígida que se llamaba Ismael y yo, prima en cuarto grado de la tía.

La casa de la tía estaba llena de objetos antiguos muy curiosos que ella había ido guardando. A lo largo de su interesante vida había llegado a conocer a mucha gente de todas las clases sociales; y gracias a su costumbre de no tirar nunca nada, ahora se habían encontrado entre otras cosas: un elegante canotié de su padre, con el bastón a juego; un faisán de porcelana que había pertenecido a un duque o archiduque conocido de la tía; un piano de juguete que le había regalado la infanta Doña Isabel de Borbón cuando la tía tenía cinco años; libros de oración (entre los que se incluía una edición de De imitatione Cristi de Tomas a Kempis en una edición de 1917); álbumes de fotos llenas de fotografías antiguas con personajes que no se sabía ni quiénes eran; incontables imágenes de santos y reliquias e incluso antiguas calificaciones de cuando ella iba a la escuela, todas ellas con sobresaliente. Objetos testigos de la vida de la tía y pruebas de su firme personalidad.

Hacía una semana que tía Brígida había sido incinerada y en una esquina sobre una pequeña vitrina estaba aún la urna con sus cenizas esperando a que alguien se las llevara a alguna playa para arrojarlas al mar, según lo dispuesto en sus últimas voluntades. La urna de un azul apagado presidía la escena de aquella reunión de herederos y parecía vigilar desde el más allá el comportamiento de sus parientes.

Se sentía aún la presencia y la fuerte personalidad de la tía Brígida por toda la casa. En vida había sido una institución en la familia; una de esas personas que imponen su voluntad sólo con la mirada y que cuando hablan dictan sentencias. Todos esos objetos estaban impregnados de su energía y estaban vivos. Era como si no se hubiera marchado aún del todo…

Comenzó a hablar el amigo abogado.

—He hecho, siguiendo lo que dispuso Brígida, un inventario de todos los enseres para que vosotros, los herederos, cojáis en consenso lo que queráis. Os enumero:

-Cinco tapices flamencos del XVII.

-Seis alfombras: tres persas, dos afganas y una paquistaní. Tejidas a mano y antiguas.

-Una docena de cuadros de diversos artistas de renombre.

-Tres figuras de marfil de talla del siglo XIX

- Un abrigo de visón

-Un tocador art decó de principios del siglo XX

-Un escritorio de madera de ébano también de principios de siglo XX…

Y siguió enumerando todo lo que había de contenido en la casa. La joven esposa del tío Carlos se había estado moviendo de un lado a otro de la silla de manera impaciente peinando hacia atrás su cabellera larga de mechas de peluquería y entornando los ojos cada poco tiempo. Cuando hubo acabado el abogado con la lista, sin poder aguantarse más, prorrumpió:

— ¿Y las joyas que tenía? ¿Qué pasa con ellas? ¿Quién de vosotros se ha quedado con ellas?! ¡Algunas eran diamantes valorados en un millón de pesetas!

— ¿Pero qué dices? Tú lo que tienes que hacer es callarte que a ti no te toca nada—prorrumpió el tío Ismael.

— ¡A mí no me mandes callar! No te lo consiento. A ver si vas a ser tú el que se ha quedado con las joyas. Claro, tú, como sobrino de Brígida, tenías una llave de la casa y has venido aquí, sin decir nada y te has llevado las joyas. ¡Ladrón!

— ¿Me llamas ladrón a mí?!— le gritó Ismael que al levantarse de un salto casi tira la silla haciéndose daño en una rodilla.

—Calma, calma, —dijo el abogado— tengamos la fiesta en paz.

Sin embargo, el lío ya estaba montado y los herederos nos habíamos levantado de las sillas prorrumpiendo en toda una serie de gritos e insultos los unos contra los otros. Sin hacer mucho caso del pobre abogado que intentaba que volviese a reinar la calma correteando como pollo sin cabeza por la salita con los brazos en alto. El tío Carlos gritaba el que más y el tío Ismael se estaba poniendo colorado y luego morado. Una de las sobrinas tiraba a la rubia de los pelos mientras la otra se puso a llorar en una esquina. Yo me uní a la fiesta y comencé a insultar al que se me pusiera delante.

Mientras, en su esquina, y sin que nadie se diera cuenta, la urna con las cenizas de la tía hizo se agitó levemente. Siguió el griterío y de nuevo se movió la urna, está vez con más fuerza. Como nadie se había dado cuenta, siguió temblando con insistencia, cada vez con mayor violencia, como si la tía protestara desde el más allá con todas sus fuerzas. El balanceo fue más y más intenso hasta que a veces se acercaba peligrosamente al borde de la vitrina. A punto estuvo de caerse cuando una de las sobrinas gritó:

— ¡La urna! ¡Se está moviendo! ¡Habéis cabreado a la tía!

Todo el mundo giró la cabeza y lo pudimos comprobar: la urna oscilando como loca por la vitrina. ¡La tía estaba enfadadísima!

La esposa joven y rubia dio un grito y se agarró con todas sus fuerzas a su marido. Las dos sobrinas, lívidas, se cogieron de la mano retrocediendo a una de las paredes más alejadas de la estancia y tanto el abogado como Ismael se quedaron petrificados en sus sitios, sin poderse mover. La urna no paraba de agitarse, como si les estuviera echando una descomunal reprimenda.

—Sentémonos despacio y hagamos la repartición en calma —dijo el abogado cuando hubo recuperado el habla.

Poco a poco se fueron sentando en silencio todos de nuevo en sus asientos no sin mirar de reojo la vitrina con las cenizas. La urna fue vibrando cada vez más despacio y no se detuvo del todo hasta que no se hubo restaurado de nuevo la calma y el consenso.

Nadie más osó volver a mencionar las joyas.