domingo, 22 de mayo de 2011

El viejo banco

Maite y Juan tenían catorce y quince años. Ella llevaba unos jeans raídos y una camiseta de rayas blancas y rojas, en la boca una piruleta que se daba constantemente con el aparato que la acababan de poner. Junto a ella Juan. Rubio, algún grano con pus, pero no demasiados, alto y algo desgarbado. Llevaban saliendo 10 días. El banco, que estaba detrás de unos arbustos, era el perfecto escondite de sus compañeros de clase. Les daba vergüenza que les vieran juntos. Se iban a reír. Maite había cogido a Juan de la mano tímidamente. Aún eran muy torpes para esas cosas del amor. Pero llevaban gustándose todo el curso. Juan la había pedido salir. Apenas hablaban. Pero la conversación tampoco tenía importancia. Sólo les gustaba estar en compañía el uno del otro, mirando el estanque de patos y contando las nubes pasajeras. Maite le había contado a su mejor amiga que ahora tenía novio. El primero.

Maite y Juan tenían ya ocho años de relación. Habían acabado el instituto. Maite comenzó la carrera de Historia y Juan había hecho una FP. Le gustaba trabajar con las manos. Estudiar menos. Ella se había convertido en una mujer hermosa, los rasgos de adolescente suavizados y con más curvas. Juan era un joven atractivo con manos curtidas y fuertes. Estaban en el mismo banco mirando hacia el estanque. Maite había apoyado la cabeza en el hombro de Juan y él la acariciaba el pelo. Ese mismo día habían decidido que se iban a casar.

En el banco, dos años más tarde. Maite estaba de seis meses. Su cara se había redondeado y su pecho había aumentado. Se acariciaba la barriga para sentir las pataditas de su hijo y Juan le tomaba de la mano. Quedaba muy poco. Al frente el mismo estanque con patos. Estos iban y venían, se reproducían en paz. Crecían y volvían a tener polluelos. Es el ciclo de la vida. El banco no cambiaba nunca. Solo lo pintaban una vez al año.

Maite y Juan estaban sentados en su banco. Junto a ellos jugaba una niñita de unos cuatro años con una pelota. Juan se la lanzaba y la niña iba corriendo a por ella entre risas. Maite estaba de nuevo embarazada. Miraba a su marido y a la niña feliz, mientras se acariciaba la barriga.

Maite y Juan estaban de nuevo en su banco. Alguna arruga había surcado sus rostros y también se asomaban las canas. Estaban sentados sin mirarse, algo separados. Juan leía un libro y Maite una revista. Los patos del estanque habían desaparecido. Y las hojas de los árboles habían sembrado el suelo de colores rojizos y pardos. La pintura del banco se estaba desconchando. Era hora de que alguien le volviera a dar el lustre de antaño.

Juan estaba solo. Se había subido las solapas del abrigo, pues se estaba acercando el invierno. Las copas de los árboles desnudas, parecían largos dedos rasgando el cielo gris. Gris era ahora el color del pelo de Juan. Caminaba con bastón y paso tembloroso. De vez en cuando se limpiaba alguna lágrima con un viejo y sucio pañuelo. Soplaba un aire frío. De pronto Juan sintió cómo el frío le calaba los huesos. Se levantó y se marchó despacio hacia la salida del parque.

El banco se quedó solo, mudo. Pero llevaba grabado la historia de Maite y Juan.

domingo, 8 de mayo de 2011

Esto no es un cuento de princesas

María está en la cocina. Friega los platos que se amontonan junto a la pila. El cabello, mal recogido con una pinza, necesita un tinte urgente. Está pálida y tiene ojeras. Viste unos vaqueros raídos y una camiseta blanca desgastada. Las zapatillas de chancleta tienen agujeros por donde se asoman los dedos pequeños de los pies. Se ha puesto un delantal de flores azules y verdes. Con el estropajo en la mano, friega deprisa una pila de platos, cacerolas y una sartén. Tiene el ceño fruncido y una expresión preocupada. Tiene prisa, mucha prisa. Quiere dejarlo todo recogido lo antes posible. Sobre la mesa de la cocina hay una tortilla, embutido, pan y una botella de tinto barato. La mesa está puesta para un comensal. Los platos son de arcopal y la servilleta de papel. El mantel de hule es de flores naranjas. La luz blanca proviene de un triste neón en el techo. Los azulejos de color cáscara de huevo están viejos y pasados de moda. El motor de la nevera vieja emite un insistente zumbido. Los visillos están viejos, pero recién lavados.

Ella se estremece. Acaba de oír unas llaves en la puerta de entrada. Oye como la puerta se abre y se vuelve a cerrar. Unos pasos fuertes se acercan a la cocina. Ella friega más deprisa aún. Un hombre entra. Julián es alto y fuerte, unos cuarenta y cinco años. No se ha afeitado hace varios días. Lleva un pantalón de peto y una camiseta vieja con cercos de sudor debajo de las axilas. El pantalón, blanco algún día, está lleno de gotas de pintura de todos los colores. Se dirige directamente a la mesa sin mirar a María que busca refugio en una de las esquinas de la cocina. Mira la comida con cara de fastidio, pero se sienta con brusquedad en la silla de anea poniendo los pies en los travesaños laterales. Quita el tapón de plástico de la botella de tinto y se llena el vaso hasta el borde. El líquido rojo desaparece en su boca de un trago. Se aprecia como le baja por el gaznate. Vuelve a llenarse el vaso. Parte con las manos un trozo de la barra de pan y corta un tercio de la tortilla que se sirve en el plato sin más ayuda que el tenedor y los dedos. Las manos están sucias aún del trabajo del día. No se ha molestado en lavarlas antes de cenar. Se limpia las manos en el peto.

María sigue en su esquina. Tiembla. Espera a que su marido termine de cenar. Se queda ahí por si le pide algo. Está a la expectativa. Mientras, él engulle la tortilla a grandes bocados y bebe el vino: siempre todo el vaso de un trago. Cuatro vasos llenos hasta el borde caen mientras cena. Alguna gota se le escurre por las comisuras de la boca mientras mastica con la boca abierta. Cuando acaba eructa y se escarba los dientes con el dedo meñique. Luego se levanta y se dirige hacia María. Ella le mira con ojos de terror. Sin venir a cuento, él le pega una bofetada en la cara. Ella vuelve la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Él le agarra un pecho con su manaza y lo pellizca con violencia. Ella se encoje dolorida. Después él se aleja mientras suelta una carcajada y se va al salón donde enciende la televisión en la que transmiten un partido, se sirve un “Soberano” del aparador y se sienta en el sofá con los pies sobre la mesilla de noche. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo.

María entre tanto se ha incorporado. Con los brazos apoyados en la encimera llora amargamente. Tiene la cara congestionada por el golpe y el llanto.

Julián está recostado en el sofá con los pies en alto sobre la mesilla. Se acaba de servir su segundo brandy y se ha encendido un cigarrillo. En la televisión un partido de fútbol cualquiera. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo. Unas salpicaduras de sangre se unen a las manchas de pintura de su peto de trabajo. Parece que hoy hubiera pintado color rojo oscuro. Sonríe, satisfecho de sí mismo. Acaba de hacerse valer.

En la cocina no se oye nada. El silencio es muy intenso. Demasiado. Hace un calor plomizo. De vez en cuando el sonido de alguna mosca y el comentarista del partido a lo lejos. Julián de vez en cuando insulta al árbitro con su voz de cazallero. De fondo se oye el ruido del motor de la nevera.

María está tendida en el suelo boca arriba. Un ojo está en blanco, el otro está hinchado y ha adquirido un tono morado oscuro. No lo puede abrir. La nariz está reventada del golpe con el plato. Un hilo de sangre se desliza de las fosas nasales rostro abajo hacia el cuello. El delantal de flores azules y verdes muestra salpicaduras encarnadas. Algunos mechones de su pelo castaño están pegados a la cara por la sangre coagulada y negruzca. Apenas se puede mover; apenas puede respirar. Le duelen las costillas. No tiene fuerzas ni para lamentarse.

En el suelo, junto a ella, hay un plato de arcopal sucio de restos de tortilla de patata y ésta, que se había estampado contra la pared de azulejos, se ha ido deslizando hasta llegar al suelo. La mesa sigue puesta sin tocar.

Hoy a Julián no le apetecía tortilla.

Hoy han muerto dos mujeres por violencia de género. Veintidos en lo que va de año.

El hábito no hace al monje

En la selva vivía una vez un majestuoso león con una magnífica melena. Le habían elegido como rey del reino animal precisamente por su excepcionalidad. No había habido otra igual en muchos años en aquella parte de la selva. Allá a donde fuera al gran león el resto de animales le rendían pleitesía. Era el jefe de la manada de leones y todas las hembras estaban a su disposición.

Un babuino que vivía no muy lejos en la sabana comenzó a sentir envidia del majestuoso león y su impresionante cabellera. Se decía a sí mismo que él también se merecía ser admirado y reverenciado por el resto del reino animal.

Un buen día, mientras paseaba, aburrido, en busca de alguna fruta para comer, se encontró con un león viejo muerto al que los buitres y otras aves carroñeras estaban acabando de despedazar. El babuino se acercó al cadáver del viejo león para curiosear.

De pronto le vino una idea:

— ¿Y si me cojo esta melena que ha dejado el león muerto? Entonces yo seré el rey de los animales por derecho porque también tendré melena y eso es lo que por lo visto hace falta para ser rey.

Apartando de un manotazo a los buitres que le miraron con cara de pocos amigos, se acercó al león muerto y con los dientes y los dedos le despellejó la parte de la cabeza. Y una vez con la melena del muerto en la mano, se la colocó como si de una peluca se tratase paseándose con ostentación para que le pudieran ver el resto de los animales. Caminaba con el pecho henchido de orgullo y el trasero rojo en pompa. Se creía el más grande.

Se encontró con unos compañeros babuinos. Y les dijo:

— ¿No me encontráis hermoso con mi nueva melena? De ahora en adelante seré el nuevo rey de la selva. Y algunos babuinos deslumbrados por la fachada del mono, le comenzaron a llenar de halagos y a seguirle formando un corrillo.

—Verdaderamente estás muy elegante hoy. Para nosotros tú eres el nuevo rey.

Gracias al grupillo que le iba siguiendo, el ego del babuino-león iba aumentando. Se encontró con un grupo de cebras y les dijo:

—Miradme bien: Yo ahora también tengo melena y soy vuestro nuevo rey.

Las cebras que sólo querían pastar en paz, levantaron un poco la cabeza sin hacer mucho caso al mono.

Siguió su camino y se encontró con un grupo de gacelas.

—Miradme. Veis que tengo melena. Ahora soy vuestro nuevo rey.

Las gacelas, que no son conocidas por su espíritu crítico precisamente, comenzaron a hacer reverencias al babuino y a su séquito. Algunas incluso les siguieron.

De este modo el babuino iba paseándose por la sabana y engrosando el grupo de seguidores. Deslumbró a muchos incautos por las apariencias y cada vez se iba sintiendo más y más seguro de sí mismo. Finalmente decidió enfrentarse al león y fue con todo su séquito hacia el lugar donde se encontraba descansando con su manada.

— ¡Eh, tú!—le grito el babuino, — ¿Ves que yo también tengo melena? A partir de ahora seré yo el rey de la selva.

El león que estaba reposando la comida a la sombra de un gran árbol abrió un poco un ojo. Lo que vio fue un babuino con una enorme melena de león medio descolocada y rodeado de otros babuinos varias gacelas y algún antílope gritándole desde cierta distancia. La imagen le resultó algo ridícula y no hizo mucho caso. Bostezó perezosamente y volvió a cerrar el ojo.

— ¡Eh, tú! ¡Despierta! Ahora me toca a mí ser rey de la selva.

El león volvió a abrir los ojos con gesto de fastidio, pero siguió sin hacer mucho caso.

El babuino envalentonado se iba acercando cada vez más.

—Que te apartes que yo ahora soy león, porque tengo melena.

Ya un poco enfadado el león se levantó gruñendo. Los babuinos que acompañaban al mono se retiraron un poco como medida cautelar. El mono con la melena no retrocedió.

—Que he venido a tomar posesión de mi reino.

A todo esto el león rugió tan fuerte que el resto de animales dio un paso atrás. Sin embargo, el babuino se iba acercando cada vez más hasta situarse desafiante al alcance del león.

— ¡He dicho que te vayas que yo soy ahora el rey!

El león ya estaba realmente enfadado. Sin mediar palabra, dio un zarpazo en dirección del babuino y le lanzó por los aires. El mono aterrizó despedazado a trescientos metros. En la trayectoria se le había salido la melena que se perdió entre los matorrales. Los animales que componían su sequito se fueron retirando sigilosamente mientras el león se volvió a acomodar bajo el árbol para seguir con su siesta. Pronto los buitres se encargaron de los restos del pretencioso babuino. Así acaban los pretenciosos que piensan que sin talento ni cordura creen que pueden acceder a la gloria.