
Maite y Juan tenían catorce y quince años. Ella llevaba unos jeans raídos y una camiseta de rayas blancas y rojas, en la boca una piruleta que se daba constantemente con el aparato que la acababan de poner. Junto a ella Juan. Rubio, algún grano con pus, pero no demasiados, alto y algo desgarbado. Llevaban saliendo 10 días. El banco, que estaba detrás de unos arbustos, era el perfecto escondite de sus compañeros de clase. Les daba vergüenza que les vieran juntos. Se iban a reír. Maite había cogido a Juan de la mano tímidamente. Aún eran muy torpes para esas cosas del amor. Pero llevaban gustándose todo el curso. Juan la había pedido salir. Apenas hablaban. Pero la conversación tampoco tenía importancia. Sólo les gustaba estar en compañía el uno del otro, mirando el estanque de patos y contando las nubes pasajeras. Maite le había contado a su mejor amiga que ahora tenía novio. El primero.
Maite y Juan tenían ya ocho años de relación. Habían acabado el instituto. Maite comenzó la carrera de Historia y Juan había hecho una FP. Le gustaba trabajar con las manos. Estudiar menos. Ella se había convertido en una mujer hermosa, los rasgos de adolescente suavizados y con más curvas. Juan era un joven atractivo con manos curtidas y fuertes. Estaban en el mismo banco mirando hacia el estanque. Maite había apoyado la cabeza en el hombro de Juan y él la acariciaba el pelo. Ese mismo día habían decidido que se iban a casar.
En el banco, dos años más tarde. Maite estaba de seis meses. Su cara se había redondeado y su pecho había aumentado. Se acariciaba la barriga para sentir las pataditas de su hijo y Juan le tomaba de la mano. Quedaba muy poco. Al frente el mismo estanque con patos. Estos iban y venían, se reproducían en paz. Crecían y volvían a tener polluelos. Es el ciclo de la vida. El banco no cambiaba nunca. Solo lo pintaban una vez al año.
Maite y Juan estaban sentados en su banco. Junto a ellos jugaba una niñita de unos cuatro años con una pelota. Juan se la lanzaba y la niña iba corriendo a por ella entre risas. Maite estaba de nuevo embarazada. Miraba a su marido y a la niña feliz, mientras se acariciaba la barriga.
Maite y Juan estaban de nuevo en su banco. Alguna arruga había surcado sus rostros y también se asomaban las canas. Estaban sentados sin mirarse, algo separados. Juan leía un libro y Maite una revista. Los patos del estanque habían desaparecido. Y las hojas de los árboles habían sembrado el suelo de colores rojizos y pardos. La pintura del banco se estaba desconchando. Era hora de que alguien le volviera a dar el lustre de antaño.
Juan estaba solo. Se había subido las solapas del abrigo, pues se estaba acercando el invierno. Las copas de los árboles desnudas, parecían largos dedos rasgando el cielo gris. Gris era ahora el color del pelo de Juan. Caminaba con bastón y paso tembloroso. De vez en cuando se limpiaba alguna lágrima con un viejo y sucio pañuelo. Soplaba un aire frío. De pronto Juan sintió cómo el frío le calaba los huesos. Se levantó y se marchó despacio hacia la salida del parque.
El banco se quedó solo, mudo. Pero llevaba grabado la historia de Maite y Juan.

