domingo, 30 de diciembre de 2012

Leopoldo II, explotador











El holocausto nazi no ha sido el único de la historia. Hay otros mucho menos conocidos como el perpetrado por Leopoldo II de Bélgica. Este rey explotó a hombres y mujeres del Congo encubierto por la hipocresía basada en una pátina de filantropía y cristianismo. Al amparo de la AIA (Asociación Internacional Africana), cuyos miembros tenían como principal intención la repartición del continente, Leopoldo se labró una fama de altruista. Luego creó otra asociación, la AIC, que era él en persona y pretendía llegar a acuerdos con los jefes de las tribus en beneficio propio. Gracias a esos acuerdos consiguió la soberanía y derechos sobre muchos terrenos, desposeyendo a los dueños legítimos a cambio de una contraprestación ridícula. De este modo, el Congo acabó siendo reconocido, no como colonia belga, sino como territorio del Rey Leopoldo a título personal. A partir de entonces explotó el territorio como quiso y para obtener el marfil o el caucho empleó los métodos más crueles como amputación de manos o latigazos. Tenía un ejército privado a sus órdenes, en el que los soldados eran negros. Los cabecillas cobraban por productividad, lo que significaba que a menudo debían extenuar al trabajador hasta la muerte. Los castigos ejemplarizantes conllevaban a veces la exhibición de miembros amputados de los cadáveres de los trabajadores, secuestros de niños y mujeres o quema de aldeas. La prensa internacional comenzó a interesarse por los malos tratos en El Congo y presionó de manera que en 1908 Leopoldo tuviera que renunciar a la colonia a favor del estado belga. Lamentablemente, tras la independencia de El Congo en 1960, no queda apenas nada en la memoria histórica de aquel periodo oscuro de malos tratos y esclavitud. El rey Leopoldo II de Bélgica no ha sido superado en su categoría de maltratador con fines lucrativos, pero eso apenas se sabe.
(Fuente: Xavier Valls, Historia y Vida, Nº11, 2012)

sábado, 20 de octubre de 2012

Ahora estoy convencida de que la magia existe. Los duendes, elfos, hadas, faunos y demás seres fantástica poseen una existencia fáctica y no puede ser de otra manera. Hay lugares que dan fe de ello. Hace unos días estuve en la sierra de los Ancares, en el Bierzo. Me hospedé con unas amigas en una casita rural o palloza, construcción celta, si no lo he entendido mal, donde antaño vivían las familias con sus animales. Este entorno transporta a todos aquellos que tengan una sensibilidad sufiente a un universo paralelo u otra dimensión que nada tiene que ver con esta. En esa otra dimensión, el tiempo se expande, las gentes son amables y hospitalarias y, sí, nadie lo duda, los duendes existen. De hecho, si te adentras en los bosques y estás atento, los verás escondidos en un viejo tronco de árbol o entre los helechos, observando su reflejo en un riachuelo. A veces estás segura de que acaba de pasar alguno porque ves posibles huellas entre el musgo y las hojas caídas. También los sientes, pues solo los seres mágicos son capaces de hacerte sentir a nosotras, flores de asfalto, la conexión ancestral que nos une a la naturaleza, nuestra madre y sustento. Si escuchas con atención, entre los cantos de los pájaros, el susurro del viento en las copas de los árboles y el murmullo del agua, estos seres te susurran al oído: esto también es real. Los lugareños lo saben y te lo confirman con una sutil sabiduría junto al calor de unas lumbres, mientras se cocina el gallo de corral que será devorado al día siguiente. Eso mientras se sonríen por tu torpeza de no saber subirte a un burro.

viernes, 17 de agosto de 2012

contaminación acústica

Hace un par de semanas hay un hombre que suele estar en el bar de debajo de mi casa que tiene terraza y que ha decidido deleitarnos de cuando en cuando con su arte en cantar saetas. Nada tengo en contra del ancestral arte de la saeta, pero esto es otra cosa. No sé si es que es así o si se pimpla un poco, pero comienza el concierto poniendo más pasión que arte. Se infla y empieza a soltar sonidos cual fuelle de hoguera en la profunda convicción de que el público, del todo involuntario, sabemos apreciar su arte. Aquellos que estén en la calle, pueden hacer mutis, pero los que estamos en casa no tenemos escapatoria: no nos queda más que cerrar las ventanas o encerrarnos en el baño y esperar que la jaculatoria sonora pase pronto, como las tormentas. El registro de este improvisado barítono debe estar rayando el infrasonido, aunque no tengamos esa suerte. Mis conocimientos en música no son lo suficientes para describir lo que oigo, pero en cualquier caso, no parecen sonidos humanos, más bien provenientes del mundo de los cetáceos. O así se me antoja. Una de las bendiciones de la llegada del otoño será que el hombre y su arte debarán buscar resguardo dentro del bar para deleitar a otros. Claro que este será su problema.

sábado, 11 de agosto de 2012

No es nada nuevo que el ser humano hace muchas tonterías, cosas extrañas, ideas de casquero, sin embargo yo no dejo de sorprenderme. Hoy tropecé con una nota sobre el fusilamiento de Dios. Sí, en una ocasión se le hizo un juicio a Dios y la sentencia fue la pena de muerte. Eso ocurrió después de la revolución bolchevique, en enero de 1918, cuando tras un juicio sumarísimo se le acusó a Dios de todos los males de la humanidad y de genocidio. En el banquillo de los acusados pusieron una Biblia y tuvo derecho a abogados defensores, no sé si de pago o de oficio. Al juicio presentaron innumerables pruebas que debían demostar su culpabilidad. No menos hilariante es la defensa: para pedir su absolución se alegó enajenación mental, desequilibrios psicológicos y fallos psíquicos que no fueron suficientes, debido a la gravedad de los crímenes.A Dios se le encontró culpable y a las 6.30 de la mañana del día 17 un pelotón de fusilamiento ejecutó la sentencia, disparando contra el cielo 5 ráfagas. Como el mundo ha mejorado poco desde entonces y ya no podemos culparlo de nuestros males, ¿no será esa la raíz de nuestros problemas? Dios está muerto y nos lo hemos cargado nosotros o ha resucitado al tercer día como si nada y por eso nos sigue yendo mal. ¿O quizás seamos nosotros los responsables?

lunes, 14 de mayo de 2012

Mis viejas zapatillas


Tengo unas zapatillas de estas que se llevan tipo bambas, abotinadas, muy cómodas que se me han quedado algo viejas. Tienen algún agujero y están un poco sucias. Hace unas semanas me compré unas nuevas, prácticamente iguales, solo que grises en lugar de negras. Mis viejas zapatillas no son de una marca especial, de hecho me costaron muy baratas; tampoco son especialmente bonitas ni elegantes ni nada de eso. Sin embargo, me resisto a tirarlas. Las miro y me acuerdo de todo lo que he vivido con ellas; siempre cosas buenas, con amigos: paseos, cañas, tapas, cafés, tardes de ocio, noches de baile. Me veo con una cerveza en la mano, bebiéndomela como me gusta: de la botella. Nunca me he puesto estas viejas zapatillas para ir a trabajar. Por eso me resisto a tirarlas. Me recuerdan todos esos momentos y no quiero tirarlos a la basura. Si me deshago de mis viejas zapatillas, tengo la sensación de que se irían esos momentos y me resisto. Supongo que las guardaré, hasta que un día, mi zapatero se llene de viejos pares de zapatillas que me recuerden buenos momentos y los tenga que dejar marchar. 

viernes, 27 de abril de 2012

Problemas para reconocer los errores


Hoy, al salir de mi garaje, me dio un coche que iba delante. De repente yo estaba tan tranquila para salir del garaje detrás de él veo que se aproxima muy deprisa marcha atrás. No me da tiempo a alejarme. Sé que me va a dar. Y suena el golpe. No me había visto porque no había mirado por el retrovisor.  Una mujer salió del vehículo para comprobar que no había pasado nada.
Entonces yo dije tranquilamente: “Hay que mirar dando marcha atrás.”
Esa simple afirmación, clara, llana y obvia, hizo que saltaran todos los resortes de la mujer que inmediatamente pasó a echarme la culpa: que si no había mantenido la distancia de seguridad, que si tenía que ver yo que tenía que dar marcha atrás porque se abría la puerta, del garaje. Repetí: “Hay que mirar.” La mujer que se había vuelto a sentar al volante, volvió a salir. Busco apoyo en la conductora de un tercer coche que estaba detrás de mío. “¡Pero que me dice que hay que mirar!” En fin, cualquier cosa, menos admitir lo simple: un error por no mirar en el retrovisor antes de dar marcha atrás.
No se qué hubiera pasado, si en vez de ser yo un coche, soy un niño o una persona que deja seca por no mirar en el retrovisor.
No hubo daños materiales, el único daño es el orgullo herido, porque alguien osó llamar la atención sobre su fallo. Una chica de un Twingo, alguien aparentemente inocuo, igual un poco tonta, así a primera vista, osa llamar la atención sobre una torpeza.
Eso me hace pensar el lo difícil que es reconocer este tipo de llamadas de atención, aceptar la crítica y, con humildad, reconocer los errores. Y, creedme, esta mujer sabía perfectamente que había metido la pata.
Finalmente la dije que se largara que nos estaba haciendo perder el tiempo y que necesitábamos salir. Y se fue. 

domingo, 11 de marzo de 2012

Es justicia ¿o quizás no?


Una mujer cuyo nombre desconozco había estado recibiendo una pensión de viudedad por haber estado conviviendo durante unos años con un hombre. Me imagino su historia: ama a un hombre, conviven y de esa conviviencia nace un hijo. Pasan muchos años juntos, ella le cuida, le ama, es el hombre de su vida. No quiere a otro, son como marido y mujer, pero no tienen papeles. No consideran tampoco que les hagan falta y, realmente, para el amor no hace falta. Sin embargo, el tiempo pasa y envejecen. El hombre fallece y ella queda viuda, viuda de corazón. Reclama una pensión por viudedad y puede demostrar la conviviencia y un hijo en común. Se la dan, pero luego el TS le dice que no. No es suficiente demostrar la conviviencia y un hijo para cobrar la pensión. Lo dicen las leyes y, como es de ley, le retiran la pensión de 600 euros, único ingreso de la mujer que ha cumplido los ochenta años. Los jueces deben ahora estar descansando con la conciencia tranquila: la pensión la estaba recibiendo injustamente. Le faltaba un papel y si la Ley con mayúsculas dice que hace falta ese papel, es que hace falta. Ahora ellos descansan con la conciencia tranquila.

domingo, 4 de marzo de 2012

Vivir antes de morir


Dicen que antes de morir llega el arrepentimiento; pero no es tanto por las cosas que hemos hecho, sino por las que hemos dejado de hacer. No, no tienen que ver con los tópicos de plantar un árbol o escribir un libro. Es algo mucho más sencillo, pero más trascendente. Uno de esos arrepentimientos es: ojalá hubiera vivido a mi manera. Sí, vivir la vida de uno mismo, no la que quieren los padres, los amigos o los que nos rodean. Otro arrepentimiento sería: ojalá no hubiera trabajado tan duro: sí, el trabajo es temporal, si lo convertimos en el centro de nuestras vidas, no sabremos qué hacer con ella en el momento en el que ese trabajo ya no sea una realidad. Uno difícil: ojalá hubiera tenido el valor de expresar mis sentimiento. Esto requiere cojones, bastantes. No solo a los que amamos todos los días, sino aquellos a los que nos cuesta más. Recordemos: la gente se muere sin saber si han sido amados porque no se lo han dicho. Otro: ojalá hubiera mantenido el contacto con mis amigos. Sí, estamos muy ocupados para mantener el contacto, pero ¿qué son 5 minutos al teléfono de vez en cuando? Y por último: Ojalá hubiera sabido ser feliz.
Todos estos arrepentimientos, justo antes de morir, llegan tarde. Y aunque parezca una perogrullada, seguimos sin hacer caso. Intentemos ser conscientes del "memento mori" para poder vivir. Eso sí, requiere mucho valor.

lunes, 23 de enero de 2012

Vincent


Starry, starry night es una de las más bellas canciones de Don McLean. Vincent pintó este cuadro desde su sanatorio de Saint-Rémy de Provence donde estaba ingresado por sus patologías mentales. Luchó contra la locura y plasmó las estampas más bellas de la historia del arte. Sin conseguir que le entendieran, no cejó en su empeño de mostrar lo que veía con los ojos del espíritu. Tenía una sensibilidad especial para la belleza que nos rodea o la de las personas sencillasl: paisajes azules de invierno, el fresco de la mañana, los campos de trigo al sol o un campesino triste sentado en una silla. Pero no le acabaron de entender. Era el pintor loco que jamás vendió un cuadro en su vida, pero cuyos cuadros ahora valen una fortuna. Dudo aún así que muchos, por mucho que paguen, acaben de entender la sutileza de sus cuadros. A Vincent no le importaba tanto el dinero como expresar el mundo que veía: un alma demasiado bella para este mundo. Se fue voluntariamente tras dejar lo mejor de sí; y , si observamos bien, a través de sus cuadros podemos aprehender la belleza para imbuirnos de algo más allá de la mediocridad cotidiana. Sus cuadros hablan, si queremos escuchar, y nos cuentan historias mudas que hacen algo más hermoso nuestro mundo.