sábado, 30 de abril de 2011

Tecnología punta


Yo vivía en un bloque de viviendas. Esto no es que fuera nada especial, pero lo que pasa con las comunidades es que te puede tocar en suerte un vecino bueno o uno insufrible. A mí me tocó la vecina más pesada del universo. No puede haber nadie igual en ninguna parte. Vivía en el 5º A, puerta con puerta conmigo, cincuentona, casi siempre vestía una bata de guata de las baratas que comprara algún día regateando con la gitana de algún puesto en el mercadillo y llevaba rulos envueltos con una redecilla de pelo de color rosa. A veces llegaba yo, cansada de la jornada laboral y pensando en descalzarme y tirarme en el sofá y, de repente, como si hubiera estado escuchando al otro lado de la puerta, se abría y ahí estaba.

—Menos mal que la pillo. ¿Qué viene de trabajar? Ya veo. Eso está bien. Mire que le quería comentar que es que pone un poco alta la televisión y claro, no es por incordiar, pero es que mi Paco está con insomnio que se lo han provocado ahí en la oficina, pero como el pobre es tonto, pero, en fin, que sabe, si pudiera poner la tele un poco más baja…

—Pero si está ya al mínimo y la apago a las 11 que me voy pronto a dormir porque tengo que madrugar…

—Sí, pero es que sigue alta, de todos modos es que mi Paco tiene la salud muy delicada y le pediría que bueno que usted y su novio que vaya, bueno que sabemos que los tiempos han cambiado, pero verá, a ver si le va a pasar lo que le pasó a la del 6º C que el marido, la dejó, desapareció y no se le volvió a ver más el pelo. De modo que cuidado con los hombres. Que son de lo que no hay. Menos mal que yo he tenido suerte con mi Paco. El pobre que es un santo... Pero usted tenga cuidado con los hombres.

—Descuide—dije haciendo amago de querer entrar a mi apartamento.

—Si es que ya nada es como antes. Antes había decencia. No es que usted no la tenga, a ver si nos entendemos. Y yo, claro no me quiero meter en donde no me llaman, pero a ver, si su novio viene aquí todos los fines de semana, bueno, el último no vino y, bueno, que a ver que estará haciendo por ahí. Que a la hija del 4ºD la han dejado con bombo. ¿Qué cómo lo sé? Que hace meses que no sale a la calle y, claro, sumando dos y dos…Pues una que vaya que sabe lo que es el mundo y ha vivido y mire, piense mal y acertarás y…

—Buenas tardes—dije cerrando la puerta detrás de mi con alivio.

Esta escena y similares se repetían casi todas las tardes. Temía encontrármela cada vez que entraba o salía de mi casa y procuraba hacerlo siempre con sigilo para que no me viera, aunque pocas veces lo conseguí.

Una tarde fría de invierno que preferí quedarme en casa en lugar de salir a dar una vuelta me tumbé en el sofá y decidí matar el tiempo zapeando un poco. Detrás de las paredes de mi salón se oía a la vecina hablar y hablar sin parar ni tan siquiera para coger un poco de aliento. Yo me dediqué a cambiar un programa y luego otro sin quedarme realmente con ninguno, no había realmente nada que mereciera la pena ver hasta que decidí apagar la televisión. Al hacerlo me di cuenta que algo extraño había ocurrido. Volví a encender el televisor con el mando para ver qué era eso que me parecía tan raro. Nada. La vecina seguía hablando al otro lado de la pared. Apagué la tele. De pronto descubrí qué era lo que me parecía tan raro: el silencio. ¡Había dado la casualidad de que la vecina se había callado al apagar yo la tele! La volví a encender: ahí seguía hablando. La apagué otra vez: se callaba. Esto lo hice varias veces seguidas y cada vez que apagaba la tele, la vecina estaba callada; cuando la encendía, volvía a hablar. ¡Esto ya no podía ser casualidad! ¡Podía apagar a la vecina con el mando a distancia!¡A través de la pared! Algún tipo de interferencia debía haber que afectara los infrarrojos de mi mando porque traspasaban igual que ondas de radio el tabique que separaba mi vivienda de la otra. Y no sólo eso: influían en el comportamiento de mi vecina.

Desde aquel día me lo pasaba pipa en mi bloque: cuando quería paz, apagaba a la vecina. Descubrí también ciertas ventajas de tener ese inmenso poder en mis manos: cuando llegaban los vendedores a domicilio, la ponía en marcha y cuando abría la puerta se abalanzaba sobre ellos con toda aquella catarata de retórica que la caracterizaba. ¡Mejor que ningún perro guardián! Vendedor que venía, vendedor que no volvía a aparecer. Su marido, que acabó descubriendo el invento, se sintió inmensamente agradecido. De vez en cuando la apagábamos y nos íbamos a tomar unas cañitas al bar de abajo. Son los avances y las ventajas de la tecnología.

viernes, 22 de abril de 2011

Saturno devorando a su hijo

Hace casi doscientos años que Goya pintó el cuadro "Saturno devorando a su hijo". Es, entre otras cosas, España que devora a sus habitantes. Cabe destacar la mirada de ese dios, que a mí se me antoja de estupidez monstruosa, que devora en una sinrazón al hijo por miedo a que le quite el poder. Este cuadro no ha perdido actualidad pues esta monstruosidad sigue existiendo: no hay más que mirar alrededor. La pintura negra que creó Goya sigue siendo una alegoría de lo que ocurre aquí. Mientras no reconozcamos la ferocidad y la estupidez con que nos devoramos, no iremos avanzando. Sí, es una sátira fiera y terrible, pero es un espejo de lo que somos, pues hay un monstruo en cada uno de nosotros. Es la manera que tiene el arte de despertar las conciencias embrutecidas. El arte nos muestra lo que es la otra realidad que no queremos ver y, como dijo D.H. Lawrence "Only satire is decent now, the rest is a lie". Es dejar de devorarnos los unos a los otros por unas falsas ideologías y unas falsas ideas, renunciando a la soberbia y aceptando que vamos juntos en un mismo barco.

sábado, 16 de abril de 2011

La cena

—¿Cariño, estás lista?—le gritó Juan desde el cuarto de baño,—Quiero que estés muy guapa esta noche.

Cristina estaba en el dormitorio intentando embutirse en un vestido negro de hacía dos años que había rescatado del fondo del armario. Con las cejas fruncidas y metiendo tripa tiraba de las sisas del vestido que se negaba a pasar de las caderas. Después de un último tirón se lo consiguió encajar.

—No te preocupes cariño. Vas a quedar muy bien ante tu jefe,—le contestó a su marido mientras luchaba con la cremallera.

Cuando finalmente consiguió subirla, se miró de costado en el espejo del armario. Metió la barriga un poco.

—Bueno, un poco pasado de moda y un poco estrecho, pero creo que puede pasar,—se dijo Cristina mientras se ajustaba el pecho dentro del escote del vestido.

Juan salió del cuarto de baño y, sin mirar a Cristina, consultó el reloj diciendo: «Vamos a llegar tarde.» Ella se calzó deprisa y agarró el bolso de pasada siguiendo a Juan que ya estaba abriendo la puerta de la calle.

—Esta cena es importantísima para mí, Cristina. Puede ser fundamental para mi futuro.

—Sí cariño, lo entiendo. Te quiero mucho—contestó ella mientras se ponía el abrigo a toda prisa camino del coche.

Él le dirigió una fugaz sonrisa sin expresión en los ojos y le dijo mientras arrancaba: «Pórtate bien, eh.»

Una vez en el restaurante, un mêtre con acento francés les acompañó hasta la mesa donde se encontraron con el Sr. Feijóo y a su flamante esposa. Ella llevaba un vestido de aspecto caro que dejaba al descubierto un exuberante pecho de catálogo de clínica estética, recién peinada de peluquería con cabello de un color inexistente en la naturaleza, un flamante reloj con cadena de oro y brillantes en la esfera y unos zapatos de tacón de aguja. Recibió al matrimonio con una impecable sonrisa de botox. Su esposo vestía un elegante traje de sastre perfecto, unas gafas de montura de diseño y un reloj a la última moda.

Cristina llegó a la mesa corriendo, tres pasos por detrás de Juan.

La esposa de Feijóo les dio la bienvenida acercando la mejilla sin apenas tocar la cara del otro. Su esposo les dio efusivamente la mano.

—Me llamo Pilar, pero llámame Piluca,—le dijo la mujer a Cristina mientras le indicaba que se sentara a su lado.—Así podemos hablar de mujer a mujer sin que nos molesten los hombres que estarán hablando de sus importantes asuntos.

Cristina obedeció sin entender muy bien qué había hecho ella para ser incluida entre las amistades íntimas de esa señora.

—Estás divina y delgadísima. Desde luego tu marido tiene mucha suerte.—dijo ella mientras lanzaba una mirada picarona a Juan.

—Gracias. Es un vestido viejo que tenía. Tú también estás muy guapa.

—Nada, nada una baratija que me trajo mi marido de París. Este año se llevan los estampados. Es la segunda vez que me lo pongo porque yo soy una mujer muy sencilla a pesar de que mi marido sea muy rico.

Y Cristina bajó un poco la mirada sonriendo tímidamente.

El camarero se acercó y dio un ejemplar de la carta a cada uno. Cristina comenzó a leer platos con largos nombres intentando buscar alguno que le apeteciera comer: Foie mi-cuit de canard poële au choux à la paysane, Chateu briand au boeuf sauce bernaise, Côtes d’agneau de lait des Pyrénées panées à la truffe noire, Palet au chocolat caracas glace à la réglisse et griottes au banyuls.

Cristina se secaba el sudor de las palmas de las manos con el pico del mantel que colgaba delante de ella mientras miraba de reojo a Juan que estaba muy serio estudiando la carta.

—Os recomiendo las costillas de cordero que están exquisitas y el foie es obligatorio en este restaurante. ¿Qué os parece? ¿Unas ostritas?—dijo el Sr. Feijóo con tono de entendido.

—Estupendo, pero yo tomaré la daurade à la provençale,—dijo Piluca en un perfecto francés.

Cristina suspiró. Las costillitas de cordero le parecieron lo más seguro que podía pedir y asintió con la cabeza sin estar demasiado segura de querer ostras. Juan estuvo de acuerdo en todo.

—Para comenzar tomaremos una docena de ostras, un foie para compartir, tres côtes de agneau, una daurade y para beber un Beaujolais AOC domaine de florizante 2004. Cuide por favor de que esté a la temperatura adecuada que es un vino delicado—le dijo el Sr. Feijóo con solemnidad al camarero que se había acercado a tomar nota.

—Por supuesto señor.

—Bueno, Juan. Hablemos de cómo se encuentra en la empresa. Veo en usted muchas posibilidades.

Juan comenzó a hablar balbuceando mientras jugueteaba con el tenedor y la servilleta. De vez en cuando se pasaba la mano por la cabeza echándose el pelo hacia atrás. Pronto se vieron los dos hombres inmersos en una conversación de negocios plagada de objetivos, incentivos, posibilidades de expansión, subidas y bajadas de bolsa, inversiones, acciones, crecimientos y estrategias.

Cristina que había estado escuchando al principio, interesada por el futuro de Juan, pronto se perdió y dejó de escuchar. Se sentía incómoda con ese vestido. Le apretaba un poco. Desde que había dado a luz, ya no había vuelto a recuperar su figura de antes. Pero había sido tan feliz…Pensó en cuando se casaron mientras Juan estudiaba empresariales y llegó el peque. Ella tuvo que dejar sus estudios de Bellas Artes, pero no le importó. Dibujó una sonrisa en su rostro y pensó en su hijo, si habría cenado bien y si no habría dado mucho la lata a la abuela.

Miró a su alrededor. Señores elegantes trajeados y acompañados de mujeres con vestidos de diseñador estaban sentados en las otras mesas. Se les veía relajados, manteniendo distendidas conversaciones. Entre las mesas correteaban diligentes camareros, orgullosos de servir a la élite de la sociedad.

Piluca se había encendido un cigarrillo que había sacado de una pitillera de plata. Le había ofrecido uno a Cristina, pero ella lo rechazó:

—Gracias. No fumo.

—Haces bien. Es un vicio muy feo—dijo ella mientras daba una profunda calada a su cigarrillo de marca.

Llegaron las ostras, servidas abiertas en una lecho de hielo picado. El Sr. Feijóo alargó el brazo para coger una y le echó unas gotas de limón. El crustáceo se encogió.

—Están fresquísimas—exclamó el Sr. Feijóo mientras se llevaba el crustáceo a la boca deleitándose con el bocado.

Piluca y Juan hicieron lo mismo. Cristina se mantuvo quieta observando. No estaba segura de querer probarlas. Piluca y el Sr. Feijóo la miraron. Juan la miró. Estaba serio, con el ceño ligeramente fruncido.

Cristina quería todo menos defraudar a su marido, de modo que alargó el brazo, cogió una ostra y le echó una gota de limón. El animal se contrajo. Cristina lo miraba fijamente mientras mantenía la concha entre dos dedos. Al final se acercó la ostra a la boca y cerrando los ojos en un rápido gesto se la tragó sin masticar. Sintió como una cosa fría y viscosa se le iba deslizando por el esófago hasta acabar en el estómago que se resintió por la llegada del cuerpo extraño. Ahí la ostra se aposentó haciendo notar a Cristina su presencia hasta que horas más tarde la disolvieran los jugos gástricos.

—¿A que están exquisitas?—comentó Feijóo mientras se tragaba la siguiente ostra.

Cristina, lívida, asintió en voz baja.

domingo, 10 de abril de 2011

La espera

Manuela esperaba todos los domingos a la puerta del geriátrico. A todo aquel que pasaba le decía: "Hoy viene mi hija a verme." Si el que pasaba se detenía unos segundos, sacaba una vieja foto raída y desgastada del bolso de una mujer de unos 40 años, se la mostraba al incauto y decía: "Esta es mi hija. ¿Verdad que es guapa? Hoy vendrá a verme."
Si el visitante volvía a pasar al rato por la puerta, Manuela seguía ahí y, como le fallaba la memoria y no se acordaba de las caras, repetía: "Hoy viene mi hija a verme." Y sacaba la foto del bolso.
Daba la hora de comer y Manuela seguía ahí, en la puerta esperando mientras decía: "Hoy viene, me lo ha prometido." Pero a la hora de merendar aún esperaba y tampoco se había movido a la hora de cenar. El celador la acompañaba a su habitación, mientras ella decía: "Es que ha estado muy ocupada en cosas importantes, pero el domingo que viene vendrá con total seguridad para darme un beso. Me lo ha prometido."

sábado, 9 de abril de 2011

La isla


Tú eres mi isla
el mundo está lejos;
apenas existe
y si existe, ¿a quién le importa?

Tú eres mi isla.
Si todo se cae y se desmorona,
en nuestro refugio
no nos damos cuenta.

¡Que la tierra se detenga!
¡Que choquen los planetas!
Si estamos aquí, tranquilos,
contemplándonos.

Yo soy tu isla.
Son momentos
en los que no existe nada más.

Yo soy tu isla:
vida, descanso, pausa.
Se detiene el tiempo
en medio de la urbe ajetreada.

¿Y qué es lo real?
¿Esto o aquello?
¿La isla o el mundo?
Pero eso ¿a quién le importa?