sábado, 20 de octubre de 2012
Ahora estoy convencida de que la magia existe. Los duendes, elfos, hadas, faunos y demás seres fantástica poseen una existencia fáctica y no puede ser de otra manera. Hay lugares que dan fe de ello. Hace unos días estuve en la sierra de los Ancares, en el Bierzo. Me hospedé con unas amigas en una casita rural o palloza, construcción celta, si no lo he entendido mal, donde antaño vivían las familias con sus animales. Este entorno transporta a todos aquellos que tengan una sensibilidad sufiente a un universo paralelo u otra dimensión que nada tiene que ver con esta. En esa otra dimensión, el tiempo se expande, las gentes son amables y hospitalarias y, sí, nadie lo duda, los duendes existen. De hecho, si te adentras en los bosques y estás atento, los verás escondidos en un viejo tronco de árbol o entre los helechos, observando su reflejo en un riachuelo. A veces estás segura de que acaba de pasar alguno porque ves posibles huellas entre el musgo y las hojas caídas. También los sientes, pues solo los seres mágicos son capaces de hacerte sentir a nosotras, flores de asfalto, la conexión ancestral que nos une a la naturaleza, nuestra madre y sustento. Si escuchas con atención, entre los cantos de los pájaros, el susurro del viento en las copas de los árboles y el murmullo del agua, estos seres te susurran al oído: esto también es real. Los lugareños lo saben y te lo confirman con una sutil sabiduría junto al calor de unas lumbres, mientras se cocina el gallo de corral que será devorado al día siguiente. Eso mientras se sonríen por tu torpeza de no saber subirte a un burro.
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