El holocausto nazi no ha sido el único de la historia. Hay
otros mucho menos conocidos como el perpetrado por Leopoldo II de Bélgica. Este
rey explotó a hombres y mujeres del Congo encubierto por la hipocresía basada
en una pátina de filantropía y cristianismo. Al amparo de la AIA (Asociación Internacional
Africana), cuyos miembros tenían como principal intención la repartición del
continente, Leopoldo se labró una fama de altruista. Luego creó otra
asociación, la AIC,
que era él en persona y pretendía llegar a acuerdos con los jefes de las tribus
en beneficio propio. Gracias a esos acuerdos consiguió la soberanía y derechos
sobre muchos terrenos, desposeyendo a los dueños legítimos a cambio de una contraprestación
ridícula. De este modo, el Congo acabó siendo reconocido, no como colonia
belga, sino como territorio del Rey Leopoldo a título personal. A partir de
entonces explotó el territorio como quiso y para obtener el marfil o el caucho
empleó los métodos más crueles como amputación de manos o latigazos. Tenía un
ejército privado a sus órdenes, en el que los soldados eran negros. Los
cabecillas cobraban por productividad, lo que significaba que a menudo debían
extenuar al trabajador hasta la muerte. Los castigos ejemplarizantes
conllevaban a veces la exhibición de miembros amputados de los cadáveres de los
trabajadores, secuestros de niños y mujeres o quema de aldeas. La prensa
internacional comenzó a interesarse por los malos tratos en El Congo y presionó
de manera que en 1908 Leopoldo tuviera que renunciar a la colonia a favor del
estado belga. Lamentablemente, tras la independencia de El Congo en 1960, no
queda apenas nada en la memoria histórica de aquel periodo oscuro de malos
tratos y esclavitud. El rey Leopoldo II de Bélgica no ha sido superado en su categoría
de maltratador con fines lucrativos, pero eso apenas se sabe.
(Fuente: Xavier Valls, Historia y Vida, Nº11, 2012)
