
Tenía la mirada perdida en el horizonte. El dorado rosáceo de la aurora bañaba toda su figura inmóvil. El hombre estaba sentado en un banco del parque de cara al mar. Vestía un traje oscuro desgastado por las rodillas donde el pantalón había perdido su forma. Los zapatos tenían la suela algo despegada por la punta y junto a sus pies descansaba una vieja maleta de cuero marrón atada en el centro por un cinturón ajado y que no parecía demasiado pesada, pero sí contener algo importante.
Poco a poco se fue poniendo el sol en la lejanía y las sombras comenzaron tímidamente a invadir la escena. Pronto habían envuelto a aquél hombre. Comenzaba a refrescar y se subió las solapas de la chaqueta. Se levantó, agarró su vieja maleta y lentamente se alejó del sitio.
Así fue como vi a este hombre por primera vez. Yo trabajo como barrendero en el parque. Mi turno es de tarde y paso con mi carrito y mi escoba antes de la caída de la noche para dejar limpios los caminos de hojas caídas y papeles. En otoño siempre tenemos más trabajo. Pero llevo de barrendero en este parque hace ya quince años y me he acostumbrado. Me gusta servir a nuestra comunidad. Todas las tardes hago el mismo recorrido.
Un día, mientras barría el camino, me había fijado en la silueta de aquél hombre dibujada contra el horizonte. Él estaba inmóvil, siempre con la vista fija en la lejanía. Su maleta siempre junto a él. Era como si esperara algo o a alguien. Así se pasaba horas hasta que se ponía el sol. Le solía ver cuando pasaba por el camino cercano una vez y otra mientras hacía mi recorrido de limpieza. Al caer la noche, inevitablemente, cogía su maleta vieja y con pasos lentos se dirigía hacia la entrada del parque, perdiéndose después por las calles de la ciudad, seguramente buscando algún portal en el que pasar la noche.
El día siguiente, al caer la tarde, volvía estar el hombre en el mismo lugar. Sólo se sentaba si su sitio no estaba ocupado. Si por lo que quiera que fuese, alguien se había sentado en su banco, el hombre esperaba sin ser visto detrás de algún árbol cercano. Sin jamás alterarse, esperaba a que quedara libre y nuevamente se sentaba mirando al mar con la vista perdida en el horizonte. De nuevo al caer noche agarraba la maleta y abandonaba el parque.
Era un mendigo corriente, como cualquier otro de los muchos que recorren las calles de la ciudad. Nunca me hubiera fijado en él si no hubiera sido porque algo de su ser me llamó la atención pues inspiraba una infinita tristeza, una añoranza jamás alcanzada, algún amor perdido entre las brumas del pasado. Esa sensación me llevó a sentir casi ternura por él.
Este mismo proceso ocurría día tras día durante meses. Yo no dejaba de preguntarme qué es lo que esperaba mi amigo. Nunca le pregunté. Nunca quise interrumpir esa infinita paciencia. Siempre mirando el horizonte horas y horas a ese sol que se ponía en el horizonte; que descendía hasta sumergirse en el mar y morir para volver al día siguiente.
La rutina del hombre de oscuro no cambiaba en los días nublados y grises. Dirigía su mirada hacia el punto del horizonte donde se suponía debía estar el sol. Nuevamente esperando en quietud.
Un día me tocó el turno de mañana y cuando me acerqué al lugar donde siempre estaba el mendigo, ahí estaba, inmóvil. Me extrañó mucho pues no me esperaba encontrarlo a una hora diferente a la habitual. Me acerqué a él y di la vuelta para verle de frente. Estaba rígido. Los ojos aún abiertos y con la mirada vacía. No respiraba. En su semblante llevaba una expresión de inmensa paz. Como si lo que hubiera estado esperando durante tanto tiempo hubiera ocurrido: la muerte se lo había llevado para siempre.
Móstoles diciembre 2008