sábado, 5 de septiembre de 2015

Esto no es un cuento de princesas

María está en la cocina. Friega los platos que se amontonan junto a la pila. El cabello, mal recogido con una pinza, necesita un tinte urgente.  Está pálida y tiene ojeras. Viste unos vaqueros raídos y una camiseta blanca desgastada. Las zapatillas de chancleta tienen agujeros por donde se asoman los dedos pequeños de los pies. Se ha puesto un delantal de flores azules y verdes. Con el estropajo en la mano, friega deprisa una pila de platos, cacerolas y una sartén. Tiene el ceño fruncido y una expresión preocupada. Tiene prisa, mucha prisa. Quiere dejarlo todo recogido lo antes posible. Sobre la mesa de la cocina hay una tortilla, embutido, pan y una botella de tinto barato. La mesa está puesta para un comensal. Los platos son de arcopal y la servilleta de papel. El mantel de hule es de flores naranjas. La luz blanca proviene de un triste neón en el techo. Los azulejos de color cáscara de huevo están viejos y pasados de moda. El motor de la nevera vieja emite un insistente zumbido. Los visillos están viejos, pero recién lavados.

     Ella se estremece. Acaba de oír unas llaves en la puerta de entrada. Oye como la puerta se abre y se vuelve a cerrar. Unos pasos fuertes se acercan a la cocina. Ella friega más deprisa aún. Un hombre entra. Julián es alto y fuerte, unos cuarenta y cinco años. No se ha afeitado hace varios días. Lleva un pantalón de peto y una camiseta vieja con cercos de sudor debajo de las axilas. El pantalón, blanco algún día, está lleno de gotas de pintura de todos los colores. Se dirige directamente a la mesa sin mirar a María que busca refugio en una de las esquinas de la cocina. Mira la comida con cara de fastidio, pero se sienta con brusquedad en la silla de anea poniendo los pies en los travesaños laterales. Quita el tapón de plástico de la botella de tinto y se llena el vaso hasta el borde. El líquido rojo desaparece en su boca de un trago. Se aprecia como le baja por el gaznate. Vuelve a llenarse el vaso. Parte con las manos un trozo de la barra de pan y corta un tercio de la tortilla que se sirve en el plato sin más ayuda que el tenedor y los dedos. Las manos están sucias aún del trabajo del día. No se ha molestado en lavarlas antes de cenar. Se limpia las manos en el peto.

     María sigue en su esquina. Tiembla. Espera a que su marido termine de cenar. Se queda ahí por si le pide algo. Está a la expectativa. Mientras, él engulle la tortilla a grandes bocados y bebe el vino: siempre todo el vaso de un trago. Cuatro vasos llenos hasta el borde caen mientras cena. Alguna gota se le escurre por las comisuras de la boca mientras mastica con la boca abierta. Cuando acaba eructa y se escarba los dientes con el dedo meñique. Luego se levanta y se dirige hacia María. Ella le mira con ojos de terror. Sin venir a cuento, él le pega una bofetada en la cara. Ella vuelve la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Él le agarra un pecho con su manaza y lo pellizca con violencia. Ella se encoje dolorida. Después él se aleja mientras suelta una carcajada y se va al salón donde enciende la televisión en la que transmiten un partido, se sirve un “Soberano” del aparador y se sienta en el sofá con los pies sobre la mesilla de noche. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo.
     María entre tanto se ha incorporado. Con los brazos apoyados en la encimera llora amargamente. Tiene la cara congestionada por el golpe y el llanto.
      Julián está recostado en el sofá con los pies en alto sobre la mesilla. Se acaba de servir su segundo brandy y se ha encendido un cigarrillo. En la televisión un partido de fútbol cualquiera.  Aún no se ha quitado la ropa de trabajo. Unas salpicaduras de sangre se unen a las manchas de pintura de su peto de trabajo. Parece que hoy hubiera pintado color rojo oscuro. Sonríe, satisfecho de sí mismo. Acaba de hacerse valer.
      En la cocina no se oye nada. El silencio es muy intenso. Demasiado. Hace un calor plomizo. De vez en cuando el sonido de alguna mosca y el comentarista del partido a lo lejos. Julián de vez en cuando insulta al árbitro con su voz de cazallero.  De fondo se oye el ruido del motor de la nevera.
     María está tendida en el suelo boca arriba. Un ojo está en blanco, el otro está hinchado y  ha adquirido un tono morado oscuro. No lo puede abrir. La nariz está reventada del golpe con el plato. Un hilo de sangre se desliza de las fosas nasales rostro abajo hacia el cuello. El delantal de flores azules y verdes muestra salpicaduras encarnadas. Algunos mechones de su pelo castaño están pegados a la cara por la sangre coagulada y negruzca. Apenas se puede mover; apenas puede respirar. Le duelen las costillas. No tiene fuerzas ni para lamentarse.
     En el suelo, junto a ella,  hay un plato de arcopal sucio de restos de tortilla de patata y ésta, que se había estampado contra la pared de azulejos, se ha ido deslizando hasta llegar al suelo. La mesa sigue puesta, sin tocar.

     Hoy a Julián no le apetecía tortilla.
    



viernes, 28 de agosto de 2015

El desastre de la moda rápica

El otro día estuve viendo un estupendo documental con el título “The true cost”. Habla sobre el devastador negocio del “fast fashion” en el que los únicos ganadores son los dueños de la marca. El resto perdemos todos. Primero los trabajadores que tienen que trabajar en condiciones muy precarias, muchas veces costándoles la vida, por un mísero sueldo de 3 dólares al día.  Muchos dicen que si no, no tendrían trabajo. Bien, entonces, como empresa, te estás beneficiando de la precariedad laboral de miles de personas. Y ellos para vivir bien necesitan tan solo un sueldo de 160 dólares (pero, si quieres, les puedes pagar más).
Después pierde el planeta. Para poder tener colecciones de diseños nuevos casi todas las semanas, necesitan un algodón que crezca rápido. Eso se consigue a través de plantas modificadas genéticamente y/o fertilizantes altamente tóxicos. Los campesinos, en su mayoría indios, que cultivan este algodón tienen que comprar estos caros fertilizantes que les van envenenando poco a poco. Muchos de estos campesinos mueren a unas edades demasiado tempranas. Por otra parte, los fertilizantes acaban envenenando el suelo que deja de ser productivo después de un tiempo. Por otra parte, toda esa ropa que tiramos, mucha se revende, otra acaba en basureros. Al no estar hecha ya de productos naturales, cuando se va descomponiendo --y tarda sus añitos-- contamina el suelo y los ríos porque libera productos tóxicos al medio ambiente. La industria de la moda rápida es la segunda, después de las petroleras, que más contamina. Parece mentira, pero así es.

Conociendo todas estas cosas, como consumidores deberíamos hacernos responsables y exigir de las empresas que nos demuestren una producción sostenible, con materiales naturales, cultivados ecológicamente, y unos salarios justos.  Nos estamos volviendo locos comprando y comprando sin parar, ropa, que si bien es barata, lo es porque otros ya han pagado el precio. Y nuestros armarios acaban atestados de ropa que no nos ponemos. Si por mucha que tengamos, no vamos a ser más ricos, sino más pobres y nuestro planeta no tiene los recursos suficientes para seguir así. Mejor compramos poca ropa, que sea de calidad.

miércoles, 3 de junio de 2015

El atraco

--No puedo, no puedo, no puedo –dijo sacándose el pasamontañas por encima de la cabeza. El cabello, corto y canoso, se le había quedado de punta y estaba pálido como un queso.
--¿Cómo que no puedes? ¡Si llevamos preparando esto hace meses! –gritó Juan.
--¡Que no puedo, leches, que no soy un ladrón! ¡Soy un albañil! ¡Un albañil! –resaltó Eugenio.
--Vamos a ver, que eres albañil, ya lo sé. Pero también tienes cincuenta y cinco años, estás en paro desde hace cuatro y no te queda más remedio. No nos queda más remedio, ¡esto ya lo habíamos hablado!
--¡Que no puedo, que no soy un ladrón! –repitió Eugenio, mientras caminaba en círculos, nervioso y retorciendo el pasamontañas entre las manos.
--¡No me jodas, tío! ¡Que esto ya lo habíamos discutido! –replicó Juan que también se sacó su pasamontañas y lo tiró al suelo.
--¡Como nos pillen, acabaremos en la cárcel y ya me contarás dónde irán a parar nuestras familias, nuestras hipotecas y la madre que nos parió! –Eugenio casi lloraba.
--Ya verás dónde acabarás tú y tu familia si vienen los del banco y os desahucian. No es la primera carta que recibís. Tenemos que atracarles antes de que vengan a por nosotros.
    Eugenio se detuvo. Sí, ya había recibido un aviso del juzgado y en breve procederían al lanzamiento por no haber pagado la hipoteca desde hacía un año. En la casa vivían su mujer, que no trabajaba tampoco, el niño de veinticinco años que estaba desempleado desde que echaron a todos de la obra donde también había trabajado su padre y la niña de diecisiete que se sacaba un pequeño sueldo en una tienda vendiendo chucherías. Hacía unos meses que también se había instalado con ellos la suegra de Eugenio. La mujer estaba enferma y no se valía por sí misma. La mujer de Eugenio se encargaba de cuidarla, pero era de carácter difícil, se llevaba mal con Eugenio, pero él la soportaba. Pero por lo menos tenían su pensión con la que vivía toda la familia. Aun así habían tenido que elegir hacía bastantes meses entre comer y pagar la hipoteca. A Eugenio no le quedaba más remedio que atracar la sucursal del mismo banco donde tenía el préstamo.
--¡Vamos!¡Vamos! Déjate de remilgos –gritó Juan--. Vamos a hacer lo que teníamos pensado. A ver si te crees que los hijos de puta del banco han tenido la mitad de escrúpulos que tienes tú.
--Si no es por escrúpulos. ¡Si es que no somos ladrones, tío! Que nosotros no servimos para esto.
--¡Vaya por Dios! ¿Ahora te entra la pájara? Después de que compráramos estas pistolas de segunda mano a un colega mío que a saber de dónde las ha sacado. Y los pasamontañas en el chino. ¿Pero qué te pasa, leches? –dijo Juan tirando el pasamontañas al suelo.
   Eugenio miró a su amigo. Juan estaba en una situación similar a él, como casi todos los compañeros de la obra. Habían sido contratados para trabajar en una urbanización de veinte mil viviendas de lujo en la que iban a poder trabajar centenares de albañiles, fontaneros, carpinteros, etcétera. Pero los dueños de la constructora desaparecieron con el dinero, se cree que se fueron a algún país de ultramar, a algún paraíso fiscal, y dejaron la obra empantanada sin pagar ni a proveedores ni a trabajadores. Después cayó la bolsa en picado y vino la crisis. Las grúas se quedaron plantadas en el solar como árboles de ahorcados y las pocas paredes que habían llegado a levantar sirvieron de cobijo a alcohólicos, bandas callejeras y ratas. Desde entonces ni Eugenio, ni Juan, ni el hijo de Eugenio habían vuelto a trabajar, como muchos de sus compañeros de esa obra. De pronto Eugenio se caló el pasamontañas y gritó:
--¡Vamos allá! ¡No me lo pienso más! ¡Es ahora o nunca!
     Juan miró a su amigo. Luego sonrió y se caló el pasamontañas. Sacaron las pistolas –eso sí, no querían más que asustar—y entraron en la sucursal del banco. Ahí se toparon en la puerta de seguridad con el detector de metales.
--¡Ostras, qué putada! ¡Se nos ha olvidado lo de la puerta! –exclamó Juan.
--Tú y tus maravillosas ideas. ¿Y ahora qué hacemos?
    En ese momento entró por la puerta una anciana que había venido a cobrar su pensión. Juan se abalanzó sobre ella, la rodeo el cuello con los brazos y le puso una pistola en la sien.
--¡Como no abran la puerta, te mato, vieja! --gritó.
    Dentro de la sucursal no había otros clientes en ese momento. Eran casi las dos y el banco estaba a punto de cerrar. Solo los dos empleados y el director que veían lo que estaba ocurriendo al otro lado de las puertas de cristal. Eugenio reconoció enseguida al director que resultó ser con el que había firmado la hipoteca de su piso hacía unos diez años. Maldijo ese momento.
--¡Abran la puerta o mato a la vieja! –repitió Juan.
    El director salió y abrió un lateral para que entraran los dos atracadores. Juan entró empujando a la señora sin apartar la pistola de su cabeza. Detrás les siguió Eugenio con el arma levantada y gritó al director:
--¡Abre la puta caja fuerte y saca todo el dinero! Si no, esta señora acabará con un agujero en la puta cabeza!
--Voy, voy. Pero todo con la calma. Yo abro la caja fuerte y os doy todo lo que haya dentro. Pero la caja fuerte tiene retardo. Hay que esperar a que se abra.  
--¡No me jodas con lo del retardo! –gritó Juan-- ¡Que me cargo a la señora!
--Yo no puedo hacer nada –respondió el director.
--Es cierto. Lo pone en la puerta –le dijo Eugenio a Juan en voz baja.
     Los dos atracadores se miraron durante una milésima de segundo. No habían contado con lo del retardo. No se habían fijado en nada de lo que ponía en la puerta. El atraco se lo habían imaginado mucho más fácil: entrar y coger el dinero y marcharse. Como en las películas.
    Los dos empleados de la sucursal estaban en silencio, mientras el director desapareció para ir a por el dinero. Solo se oía el susurro del aire acondicionado. La vieja gimió un poco. La tensión era pesada como el calor que ese día hacía en la calle. Los dos atracadores olían a sudor frío. A Eugenio le picaba la lana del pasamontañas. Maldijo a la mierda del chino al que se la habían comprado. Cuanto más tiempo pasaba, más le picaba. Se rascó un poco con la palma de la mano, sin bajar la pistola, pero el picor no se le pasaba. Juan le miró.
--¿Qué coño estará haciendo este tío? Al final la liará –pensó.
     Los dos empleados del banco permanecían con las manos en alto. El cajero, Simeón, un hombre de ya casi cincuenta años, algo entrado en carnes y con el pelo canoso, había estado trabajando en la sucursal hacía ya más de treinta años y siempre había creído que ahí se jubilaría. Aunque hacía algún tiempo que no lo tenía tan claro. La banca había cambiado mucho desde que él entró. Antes, él se sentía una persona al servicio de unos clientes a los que él aconsejaba cómo incrementar los ahorros. Ahora se dedicaba casi solo a vender seguros o regalar baterías de cocina. Instrucciones de arriba: primero los seguros y después las hipotecas. Si cerraban la sucursal, no sabe dónde acabaría. Posiblemente le pasaría igual que a esos dos desgraciados que estaban atracando la sucursal en ese momento.
     Mayca, una chica joven, de unos treinta años y que estaba en la caja de la sucursal, soñaba con casarse pronto con su novio y crear una familia. Pero, a pesar de que los dos trabajaban, no les llegaba el sueldo para meterse en una hipoteca. Hacía algunos meses que habían despedido a su compañero en la caja y a ella le había reducido el sueldo en más de un treinta por ciento. Con esto de la crisis, los jefes hacían lo que les daba la gana.
   No era el primer atraco que vivía ninguno de los dos. Desde que la crisis económica había hecho mella en el barrio, ya en tres ocasiones algún desesperado había entrado para llevarse dinero de la caja y así intentar evitar un desahucio. Nunca habían salido bien esos atracos. La policía llegaba y se los llevaba detenidos. Estarían un tiempo en prisión, pero poco, por no tener antecedentes y por buena conducta saldrían enseguida. Estos atracadores de pega poco más sacaban que un buen susto, pero una y otra vez alguno lo intentaba.
     El director de la sucursal tardó en salir con el dinero de la caja.
--Aquí tenéis el dinero. ¿Qué queréis que haga ahora?
--Déjalo en el suelo. Ahí, sí. Ya lo cogemos.
--Pero soltad a la mujer.
--Primero el dinero. ¡Eugenio, vete a por él! –gritó Juan a su compañero.
     A Eugenio le temblaban las piernas. Maldecía el momento en que había hecho caso de su amigo. Pero ya era tarde. Estaba seguro de que les pillarían. La policía vendría a detenerles y los llevarían a la cárcel. Simeón pensó:
--Coged el dinero y salid corriendo. Vaciad las cajas de esta maldita sucursal. Los jefazos despilfarran el dinero de la gente en mariscadas y nosotros tenemos que complacerles por unos sueldos de mierda. Coged el dinero y disfrutadlo, cancelad la hipoteca y sed felices.
    Mayca observaba la escena. Ese saco de dinero en el suelo resolvería todos sus problemas. Se podría casar con su novio y pagar la entrada de un piso. ¡Lo que ella haría por tener ese dinero ahora mismo! Cualquier cosa. Para juntar lo que había en ese saco, ella tendría que trabajar cinco años, al menos, y sin gastar nada. Ahora estos se llevarían el dinero sin más, sin trabajar, sin esforzarse como ella. Malditos.
     Eugenio se fue acercando a la saca con el dinero. Poco a poco y con cautela, como si fuera una mina a punto de explotar. Ahí estaba todo: la liberación de sus miserias, una vida digna y la tranquilidad. Todo en una simple bolsa. Se agachó a cogerla. Parecía quemar. Una vez asida, se la metió con decisión debajo de la axila y volvió a retroceder. Juan seguía sujetando a la mujer por el cuello. Ella había dejado de oponer resistencia.
--¡Ahora liberadla! –dijo el director con firmeza, señalando a la mujer.  
--¡Tú calla que ahora no mandas! –le gritó Juan en respuesta. Estaba pensando cómo actuar. No quería liberar a la vieja que se había convertido en su seguro para salir bien parados de la situación.
     Eugenio le miraba. Ya no conocía a su amigo. Juan estaba fuera de sí. Improvisaba.
     De pronto se oyeron unas sirenas.
--¿Quién ha avisado? ¡Mato a la vieja!¡Mato a la vieja! –gritó Juan apretando la pistola aún más contra la sien de la mujer.
    Ella no hacía ni un ruido. Ni tan siquiera gimió.
    Los coches de policía se detuvieron delante de la sucursal. Policías armados hasta los dientes se parapetaron detrás de los coches, mientras otros cortaban las calles aledañas. Los atracadores no tendrían escapatoria ya. Juan estaba loco, poseso. Eugenio le miró y le hizo un gesto para que se calmara. Juan no hizo caso. Se sentía como un animal enjaulado. No tenía nada que perder, así que quitó el seguro de la pistola. Sonó un ‘click’. En cualquier momento podía apretar el gatillo. Eugenio seguía agarrando firmemente la saca con el dinero.
--¡Suelten el arma y salgan con los brazos en alto! –sonó desde la calle.
     Juan y Eugenio se miraron.  
--¡Repito! ¡Suelten el arma y salgan con los brazos en alto!
     Eugenio dejó caer la saca. Juan se sobresaltó y casi se le fue el gatillo. En medio del silencio que reinaba en la sucursal se escuchó de pronto un gemido. Eugenio estaba llorando y una mancha oscura apareció en el pantalón. Al verlo, Juan bajó el arma, la dejó caer y empujó levemente a la vieja que se fue renqueando hacia el director de la sucursal. Simeón y Mayca observaban la escena.
     Eugenio se sacó el pasamontañas negro y se tapó la cara con las manos. Las piernas le temblaban.  
--¡No soy un asesino! ¡No soy un asesino! –gimió.
   Juan rodeó a su amigo con un brazo y los dos salieron de la sucursal. Afuera la policía les esperaba con tres coches patrulla y luces de emergencia.
--No soy un asesino. Solo quería pagar la hipoteca –volvió a gemir Eugenio al salir, dirigiéndose a un agente.

     Los coches patrulla se marcharon del lugar después de la captura de los dos atracadores, mientras gemían las sirenas. La prensa del día siguiente sacaría la noticia del atraco y la reducción de unos peligrosos delincuentes. Dentro de la sucursal, Simeón lloraba en silencio.

domingo, 17 de mayo de 2015

Marga Gil Roësset

Para muchos es una perfecta desconocida. Sin embargo, no dejó de ser alguien que dejara una impronta fuerte en uno de nuestros más insignes poetas: Juan Ramón Jiménez. Marga Gil Roësset, artista plástica y pintora con una especial sensibilidad y belleza inquietante, fue muy amiga del matrimonio Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Marga, que había destacado muy pronto como ilustradora –a la edad de trece años sus dibujos acompañaron la edición en francés de Rose des Bois—se había enamorado perdidamente de su amigo Juan Ramón. El poeta la doblaba la edad. Fue un amor imposible, no correspondido como ella hubiera querido. Un día le pidió ella a él que se casaran, pero le dijo que no. Ella había prometido realizar un busto de Zenobia y otro de él. Comenzó con el de Zenobia, pero el de Juan Ramón nunca vio la luz. Marga se quitó la vida de un disparo el 28 de julio de 1932 en la casa de un tío suyo en Las Rozas. El matrimonio, al enterarse, solo pudo verla morir en la Clínica de Urgencias donde Marga había ingresado. Su especial sensibilidad y fragilidad no la permitían vivir con lo que para ella era la gran vergüenza de haber traicionado a su amiga. Si bien este mundo no está hecho para el genio y la sensibilidad tan especial de este tipo de personas, siempre nos quedará su diario y algunas de sus obras. 

domingo, 15 de febrero de 2015

La ética.

Acabo de escuchar un vídeo de Fernando Savater sobre la ética en el mundo de hoy. Es una conferencia que impartió el 28 de febrero de 2002 en Monterrey (México). La ética es una de las pocas cosas que no pasan de moda, en la que todas las religiones, sociedades, filosofías están de acuerdo. Todos están de acuerdo en reprobar la mentira, el robo, el asesinato. Nuestros principios no cambian tanto porque es lo que hace que la vida sea digna de ser vivida por un ser humano. Es una forma de encontrar los valores a partir de los cuales yo, como individuo quiero vivir. Es cómo hay que vivir, más allá de las normas. Es ser uno mismo de manera más libre o más plena. La mentira, la avaricia, etcétera son formas de debilidad. Nadie miente si se siente fuerte. Una persona que quiere vivir libre, es una persona que vive de manera ética. Es una persona virtuosa. Sabe vivir mejor que otros. La virtud se aprende de las personas que viven bien (en este sentido de vivir bien). ¿Cómo queremos vivir? Veamos esto e imitémoslo. Al valiente, al generoso, al que todo el mundo recurre cuando tiene algún problema, al que es un ejemplo, al que necesita poco o casi nada. Así es como nos gustaría vivir, aunque no seamos capaces. Tenemos unos mecanismos que nos dicen que nos merecemos ser tratados de forma ética, independientemente de las convicciones del otro. Y lo difícil es extender estas pautas morales hacia otros de forma universal.

Bueno, pues yo estoy de acuerdo con Savater. Si queremos llenar nuestras maletas de principios y valores morales y éticos en vez de valores materiales, que, a menudo no son más que nuestro reflejo del miedo, tenemos que alimentar la ética y, puede que no podamos comprarnos tantas cosas, pero viviremos más tranquilos. Y el que defienda este tipo de ética no es más débil, es más valiente y no podrá tumbarlo nada ni nadie. Tendrá más valor para ir siempre con la verdad por delante y cuando llegue el día del “último viaje”, como decía Antonio Machado, podrá partir “casi desnudo como los hijos de la mar” porque no tendrá equipajes pesados que le dificulten la marcha. La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida (Albert Schweitzer).