
—¿Cariño, estás lista?—le gritó Juan desde el cuarto de baño,—Quiero que estés muy guapa esta noche.
Cristina estaba en el dormitorio intentando embutirse en un vestido negro de hacía dos años que había rescatado del fondo del armario. Con las cejas fruncidas y metiendo tripa tiraba de las sisas del vestido que se negaba a pasar de las caderas. Después de un último tirón se lo consiguió encajar.
—No te preocupes cariño. Vas a quedar muy bien ante tu jefe,—le contestó a su marido mientras luchaba con la cremallera.
Cuando finalmente consiguió subirla, se miró de costado en el espejo del armario. Metió la barriga un poco.
—Bueno, un poco pasado de moda y un poco estrecho, pero creo que puede pasar,—se dijo Cristina mientras se ajustaba el pecho dentro del escote del vestido.
Juan salió del cuarto de baño y, sin mirar a Cristina, consultó el reloj diciendo: «Vamos a llegar tarde.» Ella se calzó deprisa y agarró el bolso de pasada siguiendo a Juan que ya estaba abriendo la puerta de la calle.
—Esta cena es importantísima para mí, Cristina. Puede ser fundamental para mi futuro.
—Sí cariño, lo entiendo. Te quiero mucho—contestó ella mientras se ponía el abrigo a toda prisa camino del coche.
Él le dirigió una fugaz sonrisa sin expresión en los ojos y le dijo mientras arrancaba: «Pórtate bien, eh.»
Una vez en el restaurante, un mêtre con acento francés les acompañó hasta la mesa donde se encontraron con el Sr. Feijóo y a su flamante esposa. Ella llevaba un vestido de aspecto caro que dejaba al descubierto un exuberante pecho de catálogo de clínica estética, recién peinada de peluquería con cabello de un color inexistente en la naturaleza, un flamante reloj con cadena de oro y brillantes en la esfera y unos zapatos de tacón de aguja. Recibió al matrimonio con una impecable sonrisa de botox. Su esposo vestía un elegante traje de sastre perfecto, unas gafas de montura de diseño y un reloj a la última moda.
Cristina llegó a la mesa corriendo, tres pasos por detrás de Juan.
La esposa de Feijóo les dio la bienvenida acercando la mejilla sin apenas tocar la cara del otro. Su esposo les dio efusivamente la mano.
—Me llamo Pilar, pero llámame Piluca,—le dijo la mujer a Cristina mientras le indicaba que se sentara a su lado.—Así podemos hablar de mujer a mujer sin que nos molesten los hombres que estarán hablando de sus importantes asuntos.
Cristina obedeció sin entender muy bien qué había hecho ella para ser incluida entre las amistades íntimas de esa señora.
—Estás divina y delgadísima. Desde luego tu marido tiene mucha suerte.—dijo ella mientras lanzaba una mirada picarona a Juan.
—Gracias. Es un vestido viejo que tenía. Tú también estás muy guapa.
—Nada, nada una baratija que me trajo mi marido de París. Este año se llevan los estampados. Es la segunda vez que me lo pongo porque yo soy una mujer muy sencilla a pesar de que mi marido sea muy rico.
Y Cristina bajó un poco la mirada sonriendo tímidamente.
El camarero se acercó y dio un ejemplar de la carta a cada uno. Cristina comenzó a leer platos con largos nombres intentando buscar alguno que le apeteciera comer: Foie mi-cuit de canard poële au choux à la paysane, Chateu briand au boeuf sauce bernaise, Côtes d’agneau de lait des Pyrénées panées à la truffe noire, Palet au chocolat caracas glace à la réglisse et griottes au banyuls.
Cristina se secaba el sudor de las palmas de las manos con el pico del mantel que colgaba delante de ella mientras miraba de reojo a Juan que estaba muy serio estudiando la carta.
—Os recomiendo las costillas de cordero que están exquisitas y el foie es obligatorio en este restaurante. ¿Qué os parece? ¿Unas ostritas?—dijo el Sr. Feijóo con tono de entendido.
—Estupendo, pero yo tomaré la daurade à la provençale,—dijo Piluca en un perfecto francés.
Cristina suspiró. Las costillitas de cordero le parecieron lo más seguro que podía pedir y asintió con la cabeza sin estar demasiado segura de querer ostras. Juan estuvo de acuerdo en todo.
—Para comenzar tomaremos una docena de ostras, un foie para compartir, tres côtes de agneau, una daurade y para beber un Beaujolais AOC domaine de florizante 2004. Cuide por favor de que esté a la temperatura adecuada que es un vino delicado—le dijo el Sr. Feijóo con solemnidad al camarero que se había acercado a tomar nota.
—Por supuesto señor.
—Bueno, Juan. Hablemos de cómo se encuentra en la empresa. Veo en usted muchas posibilidades.
Juan comenzó a hablar balbuceando mientras jugueteaba con el tenedor y la servilleta. De vez en cuando se pasaba la mano por la cabeza echándose el pelo hacia atrás. Pronto se vieron los dos hombres inmersos en una conversación de negocios plagada de objetivos, incentivos, posibilidades de expansión, subidas y bajadas de bolsa, inversiones, acciones, crecimientos y estrategias.
Cristina que había estado escuchando al principio, interesada por el futuro de Juan, pronto se perdió y dejó de escuchar. Se sentía incómoda con ese vestido. Le apretaba un poco. Desde que había dado a luz, ya no había vuelto a recuperar su figura de antes. Pero había sido tan feliz…Pensó en cuando se casaron mientras Juan estudiaba empresariales y llegó el peque. Ella tuvo que dejar sus estudios de Bellas Artes, pero no le importó. Dibujó una sonrisa en su rostro y pensó en su hijo, si habría cenado bien y si no habría dado mucho la lata a la abuela.
Miró a su alrededor. Señores elegantes trajeados y acompañados de mujeres con vestidos de diseñador estaban sentados en las otras mesas. Se les veía relajados, manteniendo distendidas conversaciones. Entre las mesas correteaban diligentes camareros, orgullosos de servir a la élite de la sociedad.
Piluca se había encendido un cigarrillo que había sacado de una pitillera de plata. Le había ofrecido uno a Cristina, pero ella lo rechazó:
—Gracias. No fumo.
—Haces bien. Es un vicio muy feo—dijo ella mientras daba una profunda calada a su cigarrillo de marca.
Llegaron las ostras, servidas abiertas en una lecho de hielo picado. El Sr. Feijóo alargó el brazo para coger una y le echó unas gotas de limón. El crustáceo se encogió.
—Están fresquísimas—exclamó el Sr. Feijóo mientras se llevaba el crustáceo a la boca deleitándose con el bocado.
Piluca y Juan hicieron lo mismo. Cristina se mantuvo quieta observando. No estaba segura de querer probarlas. Piluca y el Sr. Feijóo la miraron. Juan la miró. Estaba serio, con el ceño ligeramente fruncido.
Cristina quería todo menos defraudar a su marido, de modo que alargó el brazo, cogió una ostra y le echó una gota de limón. El animal se contrajo. Cristina lo miraba fijamente mientras mantenía la concha entre dos dedos. Al final se acercó la ostra a la boca y cerrando los ojos en un rápido gesto se la tragó sin masticar. Sintió como una cosa fría y viscosa se le iba deslizando por el esófago hasta acabar en el estómago que se resintió por la llegada del cuerpo extraño. Ahí la ostra se aposentó haciendo notar a Cristina su presencia hasta que horas más tarde la disolvieran los jugos gástricos.
—¿A que están exquisitas?—comentó Feijóo mientras se tragaba la siguiente ostra.
Cristina, lívida, asintió en voz baja.