domingo, 27 de noviembre de 2011

El muro de Berlín


Ha habido muchos absurdos en la historia de la humanidad, pero pocos tanto como el muro de Berlín. Este que de la noche a la mañana, en el mes de agosto de 1961, debía separar los dos bloques en los que se dividió el mundo, separó familias y amigos. Un muro creado por los que mandan en el tablero de la política para separar porque sí a un mundo de otro, creando un escenario de un absurdo de tamaño universal. A la población le pilló por sorpresa y cuando quisieron reaccionar y pasarse al mundo que ellos consideraban mejor que el otro, resultó ser un peligro y una amenaza. Entonces los soldados, entrenados para defender a la población, recibieron la orden de disparar contra aquellos que antes debían defender. Algunos se negaron; otros no tuvieron ese valor. Una noche mataron a disparos a un pobre hombre que había cruzado la frontera por accidente embriagado por unas cervezas de más que se había tomado esa noche. Tamaña “heroicidad” tuvo que ser silenciada ante la opinión pública. El muro demostró que una vez más el poder institucionalizado había ordenado algo en contra de todo sentido común y en contra del mínimo sentido de humanidad, contra su propio pueblo. El trazado, por ejemplo, trascurría en el mismo Berlín en un tramo justo por encima de unos escalones que daban acceso a una iglesia que, ironía de la historia, se llamaba de La Reconciliación. Ahora el muro hace algunos años que cayó, pero me pregunto cuántos otros muros, ideas absurdas de políticos deshumanizados, estamos viviendo hoy.

sábado, 22 de octubre de 2011

Gadafi


Está bien que mueran los dictadores. Sobre todo los violentos, aunque creo que casi todos lo son. Creerse mejor que los demás, ya es en sí una forma de violencia. Gadafi murió anteayer de un tiro.
Sin embargo, me preocupa una cosa: que podamos ver su foto en la que aparece muerto, ensangrentado, desnudo el torso y despeinado mientras cenamos por la noche. No sé, a mí no me avisaron de que iba a ver esas imágenes mientras me comía mi ensalada. Me preocupa que estemos tan acostumbrados a la violencia que no nos molesten estas imágenes. Sin desmerecer la importancia del documento histórico que representan estos vídeos, creo que como tales deberían acabar en algún archivo al que tenga acceso quien quiera, pero que los señores de las noticias de la tele nos libren del momento de tener que verlas. A mí, no sé, pero con que me digan que está muerto me vale. No necesito verle cadáver y chorrreando sangre. Si nos empiezan a parecer normales imágenes así, me parece que algo anda muy mal en nuestro mundo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mini Pretty Woman


Es posible que me repita, pero me parece que he de escribir hoy de nuevo sobre estas tendencias nuevas o viejas, me da igual, de convertir a niñas en modelos. He visto un artículo de esta niñita que han disfrazado de "Pretty Woman", nombre de película comercial, en la que se cuenta la historia de una prostituta que se enamora de un millonario. A alguien le ha parecido apropiado vestir a la niña con un top ajustado, minifalda, botas altas de charol y peluca amarillo chillón; sacarla de sus juegos con muñecas para convertirla a su vez en otra. Todos los días hay nuevos ejemplos de estos. Los niños no son juguetes ni cosas a las que se puede vestir para que alguien se divierta, para que desfile, para enseñarla que debe ser una niña "modelo". Pero ¿modelo de qué? ¿Un modelo de los cánones de belleza marcados por las grandes multinacionales de la moda? ¿Y si el que organiza estos pases o los consiente no se disfraza él mismo de burro? Estos niños no son capaces de defenderse de estas cosas, es más, les parecen divertidas, cuando en realidad les están faltando al respeto, mientras les enseñan un camino peligroso. Como mujer digo que NO a esta forma de convertir a las niñas en objetos desde tan pequeñas cuando lo que tienen que hacer es desarrollarse y madurar para que se conviertan en adultos, en mujeres que creen en sí mismas, en lugar de unas que buscan la aprobación de los demás a través de su imagen. Nunca, ni en broma, se las debe vestir de putas.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Un pelícano en Londres

Federico era un pelícano nada común pues sentía una enorme curiosidad por las cosas. No quería vivir la vida vulgar de los otros pelícanos, una vida rutinaria sin aventuras, sin vivir. Estaba deseando algún día viajar y conocer otros lugares.

Un buen día encontró en la playa una vieja caja de metal con unos dibujos. Todavía se distinguía el Big Ben junto a una cabina de teléfonos roja y unas letras que decían “Londres” en verde y dorado.

Ahí tengo que ir. Iré a Londres a darme una vuelta.

¿Pero, dónde estaba ese sitio? ¿Hacia donde volar?

Vivía en la isla un viejo pelícano retirado. Era el más veterano de todos y conocido por conocer infinitud de países y muchas historias. Federico fue a verle y le preguntó:

¿Cómo tengo que hacer para llegar a Londres?

—Vuela siempre de noche. Tienes que dejar Casiopea a la derecha y sigue en línea recta. Londres está en una isla, de modo que primero verás la playa y unos acantilados. Sigue hacia el norte y llegarás a Londres. La distinguirás porque es una de las ciudades más grandes y luminosas que verás.

Sin despedirse de nadie, Federico emprendió el vuelo al día siguiente. Solo sobre la inmensidad del mar, se sentía un poco pequeño y perdido, pero más fuerte era su necesidad de aventura. Cuando sentía hambre, simplemente se lanzaba en picado, atrapaba algún pez pequeño y lo engullía en pleno vuelo. Ser pelícano tiene ciertas ventajas. Cuando sentía cansancio, se posaba sobre alguna ola que le mecía en un dulce sueño y echaba una siesta.

De este modo, tras algunos días de viaje, divisó por fin las costas de Gran Bretaña, cuna de leyendas artúricas y celtas. Tras sobrevolar los riscos de la costa, las olas azules del mar se convirtieron en olas verdes de amplias praderas sin fin. Siguió el vuelo y pronto divisó las primeras casas de Londres.

Eran todas casitas bajas, adosadas en largas filas, salpimentado el paisaje de árboles. Tras una hora más de vuelo, por fin pudo Federico distinguir un extraño edificio sobre el horizonte: el pepino de Londres. Había llegado a su destino. Sobrevolando la ciudad, sobre el Támesis, la Torre, el puente de la Torre, una enorme noria, pasó junto al parlamento, reconoció el Big Ben que había visto aquella vez sobre la caja que encontró en la playa, cruzó todo Westminster y vio un enorme parque. Ahí decidió que iba a aterrizar para descansar de su viaje.

Mr. Bernie Hayes, jubilado, 70años estaba sentado en un banco de Hyde Park, junto al monumento a la memoria de Diana de Gales. Venía de hacer alguna compra en Oxford Street y que gustaba este lugar porque había muchos niños jugando, se acordaba de sus nietos, mientras contemplaba las barcas pasear por el estanque. De pronto se sobresaltó. Un pelícano enorme había aterrizado en el camino junto a él y se movía en dirección suya. Al llegar junto al banco, el pelícano dio un salto y se subió al banco junto a Mr. Hayes. En un primer momento, el hombre se sobresaltó, pero al ver que el pajarraco no le hacía nada, se fue tranquilizando y comenzó a sentir curiosidad. Era un cambio en su rutinaria vida de jubilado.

Mr. Hayes le comenzó a hablar al pajarraco en su acento de cockney.

¿De dónde vienes, amigo? Debe ser desde muy lejos. Los pelícanos en Londres no abundan. De hecho, es la primera vez que veo uno. Alguna vez me he quedado viendo algún documental de la BBC que trataba sobre la vida de los pelícanos, pero era para pasar el rato. Desde que se murió Hortense, mi esposa, no hago otra cosa más que matar el tiempo y me lo paso bien viendo esos estupendos documentales sobre pelícanos, ñús, rituales de apareamiento de los escorpiones, ornitorrincos y su modo de alimentación o la migración del cerdo vietnamita. Pero es para pasar el rato nada más. No tengo otro entretenimiento.

Federico se le quedó mirando. No entendía nada del macarrónico inglés del hombre, pero le pareció simpático. Entendía que tenía ganas de hablar, de modo que ladeó la cabeza, como si le hubiera entendido.

Seguro que tienes hambre. Mira te voy a dar aquí un resto de pescado que llevo a ver si te gusta.

Mr Hayes se sacó del bolsillo de la chaqueta un papel de periódico en el que parecía ir doblado algo.

Me ha sobrado algo del fish and chips que almorcé y me lo pensaba cenar, pero, como se ha quedado frío, te lo doy a ti que no creo que te importe.

Federico, que estaba muerto de hambre, engulló el trozo de pescado grasiento con restos de patatas fritas frías y blandas como si de un manjar se tratase. Después miró al hombre con cara de agradecimiento.

Te ha gustado, ¿verdad? Me alegro haberte conocido. Hace mucho que no hablo con nadie. Mis hijos me visitan poco y cuando vienen, no se quedan mucho rato. Son muchachos y, ya sabes lo que pasa, las mujeres los acaparan. Piensan que soy un viejo chocho y algo raro. Puede que tengan razón, pero así es la edad. Uno se vuelve viejo y raro. Vivo solo y echo mucho de menos a mi mujer. No es que nos llevaramos muy bien, pero es la costumbre. Y ahora ¿qué me queda? Mírame, aquí en un parque hablando con un pelícano. Si lo cuento, pensaran que ya tengo demencia. Bueno, que lo crean. No sé, no sé. Esta vida no tiene sentido. ¿No crees? Nacemos, trabajamos como mulas, tenemos unos hijos para que luego no te hagan ni caso. Te vuelves viejo y enfermo y la vejez es muy muy larga, mucho más larga que la juventud. La juventud se pasa enseguida. No nos damos ni cuenta. Y luego, todo pasa volando. Entonces ¿para qué sirve todo esto?

Federico no entendía nada, pero estaba a gusto con este hombre. Le parecía una persona muy simpática y el parque muy bonito. El sol brillaba entre las hojas del árbol que estaba detrás del banco y les daba sombra, la temperatura era agradable, se estaban formando algunas nubes en el cielo y llovería, pero no hasta dentro de un rato y los críos saltaban y brincaban en el monumento a Diana jugando con el agua y las fuentes. Olía a césped recién cortado. Era delicioso simplemente estar tranquilo y disfrutar. Tenía la tripa llena y se sentía feliz de haber conocido Londres. Ahora era un pelícano de mundo y seguiría explorándolo siempre que pudiera. El hombre junto a él parecía tener una cara más triste ahora, aunque no entendía por qué. Le miraba fijamente, intentando entenderle. No es posible estar triste, si uno tiene todo eso que necesita para simplemente ser.

sábado, 27 de agosto de 2011

Mecanismo y uso del botijo


El botijo es un recipiente que se emplea para mantener el agua fría incluso en verano. Es ovalado y cerrado —a excepción de dos pitorros—: uno grueso para poder introducir agua y el otro más delgado, que es por el cual se bebe. Entre los dos suele haber un asa para mejor manejo del contenedor. Debido a la porosidad de su material, que suele ser barro o arcilla, el agua se mantiene fresca gracias a un proceso de osmosis.

Para poder beber del botijo debemos levantarlo a una determinada altura que será por encima de nuestra cabeza, para que, por la fuerza de la gravedad, el agua pueda caer en nuestra boca, el agujero que está más o menos en el centro de la cara y es la abertura anterior de nuestro tubo digestivo. Si nos quedamos muy cortos al levantar el recipiente, el efecto de la fuerza de la gravedad al caer el agua no podrá producirse.

Levantamos pues el botijo a una altura por encima de nuestra cabeza, sujetando el recipiente con una mano en el asa entre los dos pitorros —mano es aquella parte del cuerpo que se puede encontrar al final del brazo y que está llena de dedos— y la otra en la base del botijo. Debemos cuidar que en este movimiento el pitorro pequeño, por el que saldrá el chorro, esté girado hacia nosotros y el más grueso esté alejado de nosotros. Habiendo alcanzado la altura correcta y cuidando que la boca se encuentre abierta (esto es muy importante), podremos dejar que el chorro pueda caer en ella. Es preciso cuidar de la posición correcta del botijo al beber. Se deben tener en cuenta: la altura de colocación, que ha de variar a medida que se vaya vaciando, el arco que forma el agua entre la salida del pitorro y su llegada a nuestra cavidad bucal, el ángulo o inclinación del recipiente, la fuerza del viento y posibles movimientos sísmicos. En caso de no tenerse en cuenta estos factores, nos veremos envueltos en la sustancia acuosa en lugar de que penetre en el sitio intencionado y tendremos que volver a casa a cambiarnos de ropa.

Ahora viene lo más difícil: terminar de beber. Una vez saciada nuestra sed, debemos, en un movimiento rápido y con habilidad, cambiar el ángulo del botijo sobre nuestras cabezas para cortar el efecto de la gravedad y girarlo hacia arriba para que no pueda seguir cayendo agua. Esto requiere práctica y las primeras veces no podremos evitar que alguna gota caiga sobre nuestras camisetas. Una vez terminada la operación, depositaremos el botijo en el suelo, rellenándolo con agua en caso de necesidad.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Niñas modelo


Vivimos en un mundo del consumismo y de pérdida de valores. Esto puede parecer algo muy machacado ya, sin embargo, el otro día tropecé con un artículo que hablaba de niñas que aparecían vestidas como mujeres, maquilladas como mujeres en revistas de prestigiosas marcas. Si ya la infancia se acaba demasiado pronto, ¿por qué este empeño en hacer de estas niñas unas modelos antes de tiempo? ¿Qué valores se transmiten más que el de consumo y de hacer que se siga, cada vez desde más jóvenes, unos estándares de imagen que te alejan de aceptarte a ti misma como eres? Las niñas han de ser niñas todo el tiempo que puedan. Ahora vienen y les prometen ser princesas. Los padres, deseosos de verlas en las portadas de las revistas, en fotos que tienen algo que se me antoja de tragicómico, no se dan cuenta del flaco favor que las están haciendo. Caritas pintadas con carmín rojo, sombras de ojos de colores fuertes que opacan sus miradas naturales, posturas sensuales: todo esto debería estar prohibido. Ya bastante daño hace y ha hecho la industria de la moda como para ahora cebarse de las más pequeñas.

sábado, 30 de julio de 2011

Autobiografía del general Franco







Me he estado leyendo Autobiografía del general Franco, novela en forma de diario en primera persona de Franco y escrita hace ya casi veinte años. En ella dice Marcial Pombo, biógrafo crítico del general:











"Usted fue declarado material humano para la sanción de la Historia y hoy tienen la sartén por el mango una raza de historiadores objetivos que reparten culpas repartibles y olvidan la culpa inicial de que usted empezó el tiroteo en medio de tanto alboroto y que conservó el tiroteo hasta el final de sus días, totalitario y autoritario, a usted le daba lo mismo, no hay mal que por bien no venga y hoy yunque, pero mañana sin prisas pero sin pausas…martillo. Sin prisas pero sin pausas le estamos olvidando general y olvidar el franquismo significa olvidar el antifranquismo, el esfuerzo cultural ético más generoso, melancólico y heroico en el que se resistieron puñados de mujeres y hombres de la raza de Matilde Landa, de Quiñones, de Tomás Centeno, de Peiró, de los anarquistas que trataron de darle muerte a usted para matar la muerte, de Ruano, de Marcelino Camacho, de Marcos Ana, de Nicolás Redondo, de Sánchez Montero, de tantos chicos nacionalistas que se echaron al monte porque usted era el dueño de los valles y caseríos de rebeldes con causa…No quiero hacer un inventario de mártires, ni de laceraciones, ni de tiempo perdido. Me temo que dentro de cincuenta años los diccionarios enciclopédicos audiovisuales, irán reduciendo el capítulo dedicado a usted: cuatro imágenes, cuatro gestos, cuatro situaciones y una voz en off obligada al resumen y a la objetividad histórica […]"









Y me temo que eso es lo que ha pasado. Hace apenas unos días que se cumplió el 75 aniversario del Alzamiento Nacional y el comienzo de la guerra civil. Apenas he visto algunas reseñas en la televisión y en algún periódico. No sé, pero creo que me esperaba algo más. Es lo que predijo Vázquez Montalbán: nos hemos vuelto demasiado objetivos, asépticos, poco implicados. No queremos que nos manchen los antiguos recuerdos de los abueletes que nos cuentan batallitas de cuando Franco. Pero esa objetividad, necesaria en ocasiones, en exceso nos matará porque hay cosas en las que ser demasiado asépticos nos convierte en cadáveres en vida. La guerra civil no se puede convertir en una simple entrada en las enciclopedias. No se trata de remover de nuevo lo viejo, se trata de que nos importen las cosas: el pasado y, por lo tanto el presente y el futuro. Esto sí es compromiso con la memoria histórica. Leed la novela de Vázquez Montalbán. Antes de que eliminen "oficialmente" la guerra civil porque no conviene.

domingo, 17 de julio de 2011

Mumpy, corazón de oro


La semana pasada una niña india se suicidó para donar sus órganos a su familia. Mumpy, de procedencia humilde, había oído hablar de los trasplantes de órganos. Vivía en un pueblo llamado Jhorpara en Bengala Occidental. Su padre necesitaba unos ojos y su hermano un riñón nuevo. La situación era desesperante. La niña, con su mente de niña y su corazón de niña, ideó que, si se suicidaba, ya tendrían su padre y su hermano los órganos que necesitaban. Se lo comentó a su hermana Mónica, pero ésta no hizo mucho caso a estas ideas infantiles.
El caso es que Mumpy se tomo un pesticida y murió. Llevaron su cuerpecito a la cremación ritual y al volver a casa fue cuando encontraron la nota de suicidio. Decía que se mataba para donar sus órganos a su familia.
Su madre entró en estado de shock.

sábado, 9 de julio de 2011

La urna de tía Brígida



Hacía ya unos meses que había muerto tía Brígida, cuando sus herederos nos reunimos en su casa, llena de los recuerdos de toda una vida y donde había vivido desde siempre, para repartirnos los enseres que había dejado. No le quedaban ascendientes directos vivos ni descendientes directos, de modo que todos los que le quedaban éramos herederos de segundo y tercer grado.

Nos sentamos en torno a una mesa redonda: el tío Carlos, pariente lejano de la tía, con su segunda esposa, una rubia llamativa y mucho más joven que él; dos sobrinas lejanas de la tía difunta; un amigo abogado; un sobrino de Brígida que se llamaba Ismael y yo, prima en cuarto grado de la tía.

La casa de la tía estaba llena de objetos antiguos muy curiosos que ella había ido guardando. A lo largo de su interesante vida había llegado a conocer a mucha gente de todas las clases sociales; y gracias a su costumbre de no tirar nunca nada, ahora se habían encontrado entre otras cosas: un elegante canotié de su padre, con el bastón a juego; un faisán de porcelana que había pertenecido a un duque o archiduque conocido de la tía; un piano de juguete que le había regalado la infanta Doña Isabel de Borbón cuando la tía tenía cinco años; libros de oración (entre los que se incluía una edición de De imitatione Cristi de Tomas a Kempis en una edición de 1917); álbumes de fotos llenas de fotografías antiguas con personajes que no se sabía ni quiénes eran; incontables imágenes de santos y reliquias e incluso antiguas calificaciones de cuando ella iba a la escuela, todas ellas con sobresaliente. Objetos testigos de la vida de la tía y pruebas de su firme personalidad.

Hacía una semana que tía Brígida había sido incinerada y en una esquina sobre una pequeña vitrina estaba aún la urna con sus cenizas esperando a que alguien se las llevara a alguna playa para arrojarlas al mar, según lo dispuesto en sus últimas voluntades. La urna de un azul apagado presidía la escena de aquella reunión de herederos y parecía vigilar desde el más allá el comportamiento de sus parientes.

Se sentía aún la presencia y la fuerte personalidad de la tía Brígida por toda la casa. En vida había sido una institución en la familia; una de esas personas que imponen su voluntad sólo con la mirada y que cuando hablan dictan sentencias. Todos esos objetos estaban impregnados de su energía y estaban vivos. Era como si no se hubiera marchado aún del todo…

Comenzó a hablar el amigo abogado.

—He hecho, siguiendo lo que dispuso Brígida, un inventario de todos los enseres para que vosotros, los herederos, cojáis en consenso lo que queráis. Os enumero:

-Cinco tapices flamencos del XVII.

-Seis alfombras: tres persas, dos afganas y una paquistaní. Tejidas a mano y antiguas.

-Una docena de cuadros de diversos artistas de renombre.

-Tres figuras de marfil de talla del siglo XIX

- Un abrigo de visón

-Un tocador art decó de principios del siglo XX

-Un escritorio de madera de ébano también de principios de siglo XX…

Y siguió enumerando todo lo que había de contenido en la casa. La joven esposa del tío Carlos se había estado moviendo de un lado a otro de la silla de manera impaciente peinando hacia atrás su cabellera larga de mechas de peluquería y entornando los ojos cada poco tiempo. Cuando hubo acabado el abogado con la lista, sin poder aguantarse más, prorrumpió:

— ¿Y las joyas que tenía? ¿Qué pasa con ellas? ¿Quién de vosotros se ha quedado con ellas?! ¡Algunas eran diamantes valorados en un millón de pesetas!

— ¿Pero qué dices? Tú lo que tienes que hacer es callarte que a ti no te toca nada—prorrumpió el tío Ismael.

— ¡A mí no me mandes callar! No te lo consiento. A ver si vas a ser tú el que se ha quedado con las joyas. Claro, tú, como sobrino de Brígida, tenías una llave de la casa y has venido aquí, sin decir nada y te has llevado las joyas. ¡Ladrón!

— ¿Me llamas ladrón a mí?!— le gritó Ismael que al levantarse de un salto casi tira la silla haciéndose daño en una rodilla.

—Calma, calma, —dijo el abogado— tengamos la fiesta en paz.

Sin embargo, el lío ya estaba montado y los herederos nos habíamos levantado de las sillas prorrumpiendo en toda una serie de gritos e insultos los unos contra los otros. Sin hacer mucho caso del pobre abogado que intentaba que volviese a reinar la calma correteando como pollo sin cabeza por la salita con los brazos en alto. El tío Carlos gritaba el que más y el tío Ismael se estaba poniendo colorado y luego morado. Una de las sobrinas tiraba a la rubia de los pelos mientras la otra se puso a llorar en una esquina. Yo me uní a la fiesta y comencé a insultar al que se me pusiera delante.

Mientras, en su esquina, y sin que nadie se diera cuenta, la urna con las cenizas de la tía hizo se agitó levemente. Siguió el griterío y de nuevo se movió la urna, está vez con más fuerza. Como nadie se había dado cuenta, siguió temblando con insistencia, cada vez con mayor violencia, como si la tía protestara desde el más allá con todas sus fuerzas. El balanceo fue más y más intenso hasta que a veces se acercaba peligrosamente al borde de la vitrina. A punto estuvo de caerse cuando una de las sobrinas gritó:

— ¡La urna! ¡Se está moviendo! ¡Habéis cabreado a la tía!

Todo el mundo giró la cabeza y lo pudimos comprobar: la urna oscilando como loca por la vitrina. ¡La tía estaba enfadadísima!

La esposa joven y rubia dio un grito y se agarró con todas sus fuerzas a su marido. Las dos sobrinas, lívidas, se cogieron de la mano retrocediendo a una de las paredes más alejadas de la estancia y tanto el abogado como Ismael se quedaron petrificados en sus sitios, sin poderse mover. La urna no paraba de agitarse, como si les estuviera echando una descomunal reprimenda.

—Sentémonos despacio y hagamos la repartición en calma —dijo el abogado cuando hubo recuperado el habla.

Poco a poco se fueron sentando en silencio todos de nuevo en sus asientos no sin mirar de reojo la vitrina con las cenizas. La urna fue vibrando cada vez más despacio y no se detuvo del todo hasta que no se hubo restaurado de nuevo la calma y el consenso.

Nadie más osó volver a mencionar las joyas.

sábado, 25 de junio de 2011

Quiero ser el mar de tus mareas

Estoy convencida de que me engaña. Veo la falsedad en sus ojos. Esa mirada me lo dice todo. Estoy segura de que tiene algún lío por ahí. Sí, el muy falso…Lo huelo. Le huelo a otra hembra. Tantas veces que se queda haciendo horas en el trabajo. No me lo creo. Está liado con esa compañera rubia. Como estuvo liado con esa morena el año pasado y con la pelirroja el anterior. Aparte de todas esas canitas al aire. Las mujeres le miran. Las mujeres le persiguen y a él le gusta. Sé lo que pasa. Lo sé.

— ¡Deja de mentirme! ¡Sé que tienes un lío!

—Mi vida, no es verdad.

— ¡Los hombres no hacéis más que mentir! Ya me lo advirtió mi madre que no me fiara de ninguno.

Se acurruca en una esquina. Está a la defensiva. Mira que me olía que algo tenía escondido. Iré a ver. Iré a ver su chaqueta que ahí lleva algo, fijo. Su móvil. Voy a ver ya mismo. Corro hacia el cuarto, donde la chaqueta del traje cuelga del galán de noche. Me sigue. Pues si se cree que me va a impedir ver los mensajes está listo…Yo lo sé. No me puede engañar. Soy más lista que él. Aquí está la chaqueta.

—Querida ¿Qué haces?

—Voy a buscar pruebas de tu falsedad, Raúl. Eso es lo que voy a hacer. Deja de decirme que me quieres. Es mentira, mentira. Me dejarás por otra. Me dejarás en la calle. Yo sola. Con las niñas. Intentando salir adelante. Habremos de vivir de la caridad. Porque tú te lo piensas gastar todo con tu fulana. Si no es esta será otra. No son más que furcias todas. Acabaremos mendigando tus hijas y yo.

—Mi vida, pero atiende a razonamientos. Yo te quiero a ti más que a mi vida. No te abandonaré. Y a mis hijas menos. Por favor, cálmate.

— ¿Qué me calme? ¿Qué me calme? Ya verás tú cuando encuentre el móvil. Será la prueba. La prueba de que tú tienes a alguien. Aquí está. Ya lo he encontrado. A ver los mensajes…

Este se va a enterar. Sé lo que digo. Algo por dentro me lo dice. Ya lo verás. Aquí están: mensajes. Buzón de entrada. Mensajes recibidos.

—Ahí tienes la prueba: “¿Comemos el jueves? Saludos Susana” Ya tengo la prueba. ¿No lo negarás ahora? ¡¿Quién coño es esa Susana!?

—Pero, cariño, es Susana Jiménez. Es la antigua compañera del otro despacho. Si la conoces. Me quería comentar unos asuntos de unos papeles relacionados con un caso que llevé. Vamos, por favor, cálmate. Es completamente inocente.

—Sí. Seguro. Los antiguos compañeros no mandan mensajitos. Te llaman directamente.

—Bueno, pues Susana no. Me ha mandado un mensaje. Vamos a ver, si te estuviera poniendo los cuernos con ella, hubiera borrado el mensaje. ¿No crees?

Este se está llevando el dinero de la cuenta para fugarse con esa Susana. Una fulana. Lo sé. Hace meses que me va dando cada vez menos dinero para la casa. Estoy desesperada. No me quiere. Jamás me ha querido. Ahora ¿qué voy a hacer? Se irá, se irá y me dejará sola.

Pero lo impediré. Lo impediré.

—Raúl, no te irás a ninguna parte con esa puta de Susana. Sé que es una de esas que necesitan destruir matrimonios. Que saben, qué sé yo qué tipo de trucos para enganchar a tontos como tú. Sí, saben de todo. Yo me lo sé.

—Cariño, cálmate. No hay nada de eso. Por favor, no lo creas.

—Pues lo creo.

—Está bien. Está bien. Vamos a ver como todo se aclara.

Las lágrimas recorren mi cara. Siento un peso en el pecho. Me oprime. Tiemblo. Veo el futuro que me espera. Mi padre dejó a mi madre de la misma manera. Todos los hombres son iguales. Lo debí haber visto antes. Me moriré. Me tiraré de una ventana. ¡Qué será de mí! ¡Qué será de mis hijas! Ellas también vivirán esto. He de impedir que estén con ningún hombre. Siempre pasa lo mismo. Serán unas desgraciadas. Todos los hombres son iguales.

Abro los ojos y Raúl tiene el brazo extendido hacia mí. En el cuenco de la mano tiene una pequeña pastilla. En la otra un vaso de agua. Diazepam. Me vendrá bien. Me relajará y podré dormir un poco después de este sofoco.

—Querida: tómate la pastilla. Sabes que te viene bien. Te quiero mucho. Eres la sal de mi vida. Me preocupo por ti. Mucho. Por favor, tómatelas. No me iré con Susana ni con ninguna otra. Mira, borro su mensaje. Ves como sí que hago cosas por ti y no son sólo palabras. Ves. Ya está.

Sí. Raúl tiene cara de preocupado. Me tomo la pastilla. Es un buen actor. Sí, sí. Ya veremos. Raúl tiene los ojos vidriosos. ¡Ja! Le acabo de estropear el plan. Pero ahora no quiero pensar. Sólo quiero dormir. Estos pensamientos. Me atormentan, pero tengo mucho sueño. Quiero dormir y no despertar nunca. Sé que estaré sola cuando despierte. Pero tengo mucho sueño.

—Me voy a dormir.

—Sí, ven. Yo te llevo. Yo te arropo. Me quedaré a tu lado hasta que te duermas y no me moveré. Me mantendré ahí cogiéndote la mano todo el tiempo. Vigilaré tu sueño. Quiero que descanses. Mañana tenemos cita con el doctor. Te dirá si necesitas cambiar de medicamento. Quiero que seamos felices otra vez. Como antes. Como cuando nos casamos. Quiero que me quieras otra vez. Como yo te quiero. Iremos a ver al médico a ver qué dice. Pero esto será mañana.

jueves, 16 de junio de 2011

Corea del Norte

Corea del Norte, un país del que nunca nos acordamos, quizás porque esté ahí arriba en una esquinita del mundo, se gasta más dinero de su PIB en armas que en comprar arroz para los que pasan hambre, que son muchos. Lo malo es que se gasta dineros de la ayuda humanitaria internacional para dar de comer a la población.

Según la teoría de su líder, Querido Líder, Kim Jong-Il, sólo hace falta que sobreviva un 30% de la población para reconstruir una sociedad victoriosa. Vamos como que se puede morir el 70% de la gente él no, el tiene que liderar. Uno de sus alias es Cerebro Perfecto por que, por lo visto, escribió 1200 libros en sus años universitarios (¿de dónde sacaría el tiempo para estudiar?), y, además, resulta que no ha hecho la mili. (¿Esto es enchufe o mucho morro?). Tiene un hijo, Kim Jong-un, el retoño está bien alimentado, no hay más que verlo. Fue ascendido a general de cuatro estrellas el año pasado. (¿Este sí hizo la mili?). Podéis leer más sobre el tema en la web www.korea-dpr.com donde encontrareis una breve biografía del Kim-Jong Il de tan solo 140 páginas que se lee en un momentito (y todo es verdad). También puedes pedir una foto con autógrafo del Querido Líder. El merchandising nunca viene mal.

El pobre pueblo está tan manipulado que hasta se creen que viven en el país más feliz del mundo. A ver, si no les dejan pensar, ni conocen otra cosa. Aunque creo que algo les debe llegar.

El año que viene celebrará el centenario del nacimiento del fundador del PTC, Partido de los trabajadores de Corea. Este vio en la política una “encarnación del amor por el pueblo”. Tiene narices. Creo que es necesario que de una vez se sepa qué es lo que pasa en ese país que, menos mal, es comunista. Vamos que son todos iguales, pero algunos son muchísimo más iguales que otros, como dijo el escritor.

domingo, 5 de junio de 2011

Marlene Dietrich


Marlene Dietrich que fue la mujer mejor pagada del mundo en su época, a la que intentó seducir en repetidas ocasiones el ministro de propaganda nazi, Goebbels, para que se uniera a la causa, decidió en 1942 unirse a la Hollywood Canteen junto con Bette Davis y otras actrices para entretener y dar de comer a los soldados antes de su partida al frente. La carrera cinematográfica de la actriz había entrado en declive, pero los soldados se volvieron locos con ella y sus canciones. Decidió ir a Europa a cantar a las tropas y cambiar su carrera en el cine por la de cantante.

Marlene rechazó cualquier tratamiento especial, comiendo y durmiendo como los reclutas. Cantó incluso muy cerca de la línea de fuego. A la pregunta de la prensa estadounidense de por qué hacía eso, contestó: por decencia. En Hollywood ya no se la tenía en cuenta, pero no parecía importarle pues había encontrado un nuevo sentido en su vida: animar a los soldados del frente. Ahí fue cuando inmortalizó Lily Marleen, interesante fenómeno que se convirtió en un himno en ambos bandos del frente.

Un soldado alemán poco conocido, de nombre Hans Leip, compuso un poema en 1915 que le recordaba a su novia Lily, hija de un tendero. A él le habían trasladado al frente ruso y decidió escribir este poema al recordar cómo se despedían bajo una farola antes de ir él a la guerra. Necesitaba hacerlo para aliviar su añoranza, su soledad y su miedo en el frente ruso.

Durante la Segunda Guerra Mundial esta canción alcanzó un gran éxito en los dos bandos del conflicto. Goebbels intentó incluso prohibirla, pero las protestas de los soldados alemanes fueron tales que no lo logró.

En 1943, la sección de Operaciones de Moral de la Oficina de Servicios Estratégicos americana empezó a transmitir en Europa programas de radio llamados “negros” en una emisora llamada “Soldatensender” en la que se emitía música para restar efectividad a la propaganda nazi. La canción más popular fue precisamente Lily Marleen. Estas canciones “negras” fueron muy efectivas, casi tan desmoralizadoras como un ataque aéreo. El nivel de escepticismo aumentó y muchos soldados alemanes dejaron de creen en la propaganda nazi.

No deja de asombrarme la fuerza de una simple canción que trae recuerdos al soldado en el frente de la novia o esposa que ha dejado atrás, independientemente del bando en el que se encuentre, cantada por una estrella de Hollywood en declive. Lily Marleen fue el símbolo de millones de mujeres que quedaron a la espera de la vuelta de sus hombres y un canto a tantos soldados que tuvieron que morir por una guerra estúpida sin poderse despedir de sus amores debajo de la luz de una farola, junto al barracón. ¿Quién te besará ahora a la luz de la farola, Lily Marleen?

domingo, 22 de mayo de 2011

El viejo banco

Maite y Juan tenían catorce y quince años. Ella llevaba unos jeans raídos y una camiseta de rayas blancas y rojas, en la boca una piruleta que se daba constantemente con el aparato que la acababan de poner. Junto a ella Juan. Rubio, algún grano con pus, pero no demasiados, alto y algo desgarbado. Llevaban saliendo 10 días. El banco, que estaba detrás de unos arbustos, era el perfecto escondite de sus compañeros de clase. Les daba vergüenza que les vieran juntos. Se iban a reír. Maite había cogido a Juan de la mano tímidamente. Aún eran muy torpes para esas cosas del amor. Pero llevaban gustándose todo el curso. Juan la había pedido salir. Apenas hablaban. Pero la conversación tampoco tenía importancia. Sólo les gustaba estar en compañía el uno del otro, mirando el estanque de patos y contando las nubes pasajeras. Maite le había contado a su mejor amiga que ahora tenía novio. El primero.

Maite y Juan tenían ya ocho años de relación. Habían acabado el instituto. Maite comenzó la carrera de Historia y Juan había hecho una FP. Le gustaba trabajar con las manos. Estudiar menos. Ella se había convertido en una mujer hermosa, los rasgos de adolescente suavizados y con más curvas. Juan era un joven atractivo con manos curtidas y fuertes. Estaban en el mismo banco mirando hacia el estanque. Maite había apoyado la cabeza en el hombro de Juan y él la acariciaba el pelo. Ese mismo día habían decidido que se iban a casar.

En el banco, dos años más tarde. Maite estaba de seis meses. Su cara se había redondeado y su pecho había aumentado. Se acariciaba la barriga para sentir las pataditas de su hijo y Juan le tomaba de la mano. Quedaba muy poco. Al frente el mismo estanque con patos. Estos iban y venían, se reproducían en paz. Crecían y volvían a tener polluelos. Es el ciclo de la vida. El banco no cambiaba nunca. Solo lo pintaban una vez al año.

Maite y Juan estaban sentados en su banco. Junto a ellos jugaba una niñita de unos cuatro años con una pelota. Juan se la lanzaba y la niña iba corriendo a por ella entre risas. Maite estaba de nuevo embarazada. Miraba a su marido y a la niña feliz, mientras se acariciaba la barriga.

Maite y Juan estaban de nuevo en su banco. Alguna arruga había surcado sus rostros y también se asomaban las canas. Estaban sentados sin mirarse, algo separados. Juan leía un libro y Maite una revista. Los patos del estanque habían desaparecido. Y las hojas de los árboles habían sembrado el suelo de colores rojizos y pardos. La pintura del banco se estaba desconchando. Era hora de que alguien le volviera a dar el lustre de antaño.

Juan estaba solo. Se había subido las solapas del abrigo, pues se estaba acercando el invierno. Las copas de los árboles desnudas, parecían largos dedos rasgando el cielo gris. Gris era ahora el color del pelo de Juan. Caminaba con bastón y paso tembloroso. De vez en cuando se limpiaba alguna lágrima con un viejo y sucio pañuelo. Soplaba un aire frío. De pronto Juan sintió cómo el frío le calaba los huesos. Se levantó y se marchó despacio hacia la salida del parque.

El banco se quedó solo, mudo. Pero llevaba grabado la historia de Maite y Juan.

domingo, 8 de mayo de 2011

Esto no es un cuento de princesas

María está en la cocina. Friega los platos que se amontonan junto a la pila. El cabello, mal recogido con una pinza, necesita un tinte urgente. Está pálida y tiene ojeras. Viste unos vaqueros raídos y una camiseta blanca desgastada. Las zapatillas de chancleta tienen agujeros por donde se asoman los dedos pequeños de los pies. Se ha puesto un delantal de flores azules y verdes. Con el estropajo en la mano, friega deprisa una pila de platos, cacerolas y una sartén. Tiene el ceño fruncido y una expresión preocupada. Tiene prisa, mucha prisa. Quiere dejarlo todo recogido lo antes posible. Sobre la mesa de la cocina hay una tortilla, embutido, pan y una botella de tinto barato. La mesa está puesta para un comensal. Los platos son de arcopal y la servilleta de papel. El mantel de hule es de flores naranjas. La luz blanca proviene de un triste neón en el techo. Los azulejos de color cáscara de huevo están viejos y pasados de moda. El motor de la nevera vieja emite un insistente zumbido. Los visillos están viejos, pero recién lavados.

Ella se estremece. Acaba de oír unas llaves en la puerta de entrada. Oye como la puerta se abre y se vuelve a cerrar. Unos pasos fuertes se acercan a la cocina. Ella friega más deprisa aún. Un hombre entra. Julián es alto y fuerte, unos cuarenta y cinco años. No se ha afeitado hace varios días. Lleva un pantalón de peto y una camiseta vieja con cercos de sudor debajo de las axilas. El pantalón, blanco algún día, está lleno de gotas de pintura de todos los colores. Se dirige directamente a la mesa sin mirar a María que busca refugio en una de las esquinas de la cocina. Mira la comida con cara de fastidio, pero se sienta con brusquedad en la silla de anea poniendo los pies en los travesaños laterales. Quita el tapón de plástico de la botella de tinto y se llena el vaso hasta el borde. El líquido rojo desaparece en su boca de un trago. Se aprecia como le baja por el gaznate. Vuelve a llenarse el vaso. Parte con las manos un trozo de la barra de pan y corta un tercio de la tortilla que se sirve en el plato sin más ayuda que el tenedor y los dedos. Las manos están sucias aún del trabajo del día. No se ha molestado en lavarlas antes de cenar. Se limpia las manos en el peto.

María sigue en su esquina. Tiembla. Espera a que su marido termine de cenar. Se queda ahí por si le pide algo. Está a la expectativa. Mientras, él engulle la tortilla a grandes bocados y bebe el vino: siempre todo el vaso de un trago. Cuatro vasos llenos hasta el borde caen mientras cena. Alguna gota se le escurre por las comisuras de la boca mientras mastica con la boca abierta. Cuando acaba eructa y se escarba los dientes con el dedo meñique. Luego se levanta y se dirige hacia María. Ella le mira con ojos de terror. Sin venir a cuento, él le pega una bofetada en la cara. Ella vuelve la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Él le agarra un pecho con su manaza y lo pellizca con violencia. Ella se encoje dolorida. Después él se aleja mientras suelta una carcajada y se va al salón donde enciende la televisión en la que transmiten un partido, se sirve un “Soberano” del aparador y se sienta en el sofá con los pies sobre la mesilla de noche. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo.

María entre tanto se ha incorporado. Con los brazos apoyados en la encimera llora amargamente. Tiene la cara congestionada por el golpe y el llanto.

Julián está recostado en el sofá con los pies en alto sobre la mesilla. Se acaba de servir su segundo brandy y se ha encendido un cigarrillo. En la televisión un partido de fútbol cualquiera. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo. Unas salpicaduras de sangre se unen a las manchas de pintura de su peto de trabajo. Parece que hoy hubiera pintado color rojo oscuro. Sonríe, satisfecho de sí mismo. Acaba de hacerse valer.

En la cocina no se oye nada. El silencio es muy intenso. Demasiado. Hace un calor plomizo. De vez en cuando el sonido de alguna mosca y el comentarista del partido a lo lejos. Julián de vez en cuando insulta al árbitro con su voz de cazallero. De fondo se oye el ruido del motor de la nevera.

María está tendida en el suelo boca arriba. Un ojo está en blanco, el otro está hinchado y ha adquirido un tono morado oscuro. No lo puede abrir. La nariz está reventada del golpe con el plato. Un hilo de sangre se desliza de las fosas nasales rostro abajo hacia el cuello. El delantal de flores azules y verdes muestra salpicaduras encarnadas. Algunos mechones de su pelo castaño están pegados a la cara por la sangre coagulada y negruzca. Apenas se puede mover; apenas puede respirar. Le duelen las costillas. No tiene fuerzas ni para lamentarse.

En el suelo, junto a ella, hay un plato de arcopal sucio de restos de tortilla de patata y ésta, que se había estampado contra la pared de azulejos, se ha ido deslizando hasta llegar al suelo. La mesa sigue puesta sin tocar.

Hoy a Julián no le apetecía tortilla.

Hoy han muerto dos mujeres por violencia de género. Veintidos en lo que va de año.

El hábito no hace al monje

En la selva vivía una vez un majestuoso león con una magnífica melena. Le habían elegido como rey del reino animal precisamente por su excepcionalidad. No había habido otra igual en muchos años en aquella parte de la selva. Allá a donde fuera al gran león el resto de animales le rendían pleitesía. Era el jefe de la manada de leones y todas las hembras estaban a su disposición.

Un babuino que vivía no muy lejos en la sabana comenzó a sentir envidia del majestuoso león y su impresionante cabellera. Se decía a sí mismo que él también se merecía ser admirado y reverenciado por el resto del reino animal.

Un buen día, mientras paseaba, aburrido, en busca de alguna fruta para comer, se encontró con un león viejo muerto al que los buitres y otras aves carroñeras estaban acabando de despedazar. El babuino se acercó al cadáver del viejo león para curiosear.

De pronto le vino una idea:

— ¿Y si me cojo esta melena que ha dejado el león muerto? Entonces yo seré el rey de los animales por derecho porque también tendré melena y eso es lo que por lo visto hace falta para ser rey.

Apartando de un manotazo a los buitres que le miraron con cara de pocos amigos, se acercó al león muerto y con los dientes y los dedos le despellejó la parte de la cabeza. Y una vez con la melena del muerto en la mano, se la colocó como si de una peluca se tratase paseándose con ostentación para que le pudieran ver el resto de los animales. Caminaba con el pecho henchido de orgullo y el trasero rojo en pompa. Se creía el más grande.

Se encontró con unos compañeros babuinos. Y les dijo:

— ¿No me encontráis hermoso con mi nueva melena? De ahora en adelante seré el nuevo rey de la selva. Y algunos babuinos deslumbrados por la fachada del mono, le comenzaron a llenar de halagos y a seguirle formando un corrillo.

—Verdaderamente estás muy elegante hoy. Para nosotros tú eres el nuevo rey.

Gracias al grupillo que le iba siguiendo, el ego del babuino-león iba aumentando. Se encontró con un grupo de cebras y les dijo:

—Miradme bien: Yo ahora también tengo melena y soy vuestro nuevo rey.

Las cebras que sólo querían pastar en paz, levantaron un poco la cabeza sin hacer mucho caso al mono.

Siguió su camino y se encontró con un grupo de gacelas.

—Miradme. Veis que tengo melena. Ahora soy vuestro nuevo rey.

Las gacelas, que no son conocidas por su espíritu crítico precisamente, comenzaron a hacer reverencias al babuino y a su séquito. Algunas incluso les siguieron.

De este modo el babuino iba paseándose por la sabana y engrosando el grupo de seguidores. Deslumbró a muchos incautos por las apariencias y cada vez se iba sintiendo más y más seguro de sí mismo. Finalmente decidió enfrentarse al león y fue con todo su séquito hacia el lugar donde se encontraba descansando con su manada.

— ¡Eh, tú!—le grito el babuino, — ¿Ves que yo también tengo melena? A partir de ahora seré yo el rey de la selva.

El león que estaba reposando la comida a la sombra de un gran árbol abrió un poco un ojo. Lo que vio fue un babuino con una enorme melena de león medio descolocada y rodeado de otros babuinos varias gacelas y algún antílope gritándole desde cierta distancia. La imagen le resultó algo ridícula y no hizo mucho caso. Bostezó perezosamente y volvió a cerrar el ojo.

— ¡Eh, tú! ¡Despierta! Ahora me toca a mí ser rey de la selva.

El león volvió a abrir los ojos con gesto de fastidio, pero siguió sin hacer mucho caso.

El babuino envalentonado se iba acercando cada vez más.

—Que te apartes que yo ahora soy león, porque tengo melena.

Ya un poco enfadado el león se levantó gruñendo. Los babuinos que acompañaban al mono se retiraron un poco como medida cautelar. El mono con la melena no retrocedió.

—Que he venido a tomar posesión de mi reino.

A todo esto el león rugió tan fuerte que el resto de animales dio un paso atrás. Sin embargo, el babuino se iba acercando cada vez más hasta situarse desafiante al alcance del león.

— ¡He dicho que te vayas que yo soy ahora el rey!

El león ya estaba realmente enfadado. Sin mediar palabra, dio un zarpazo en dirección del babuino y le lanzó por los aires. El mono aterrizó despedazado a trescientos metros. En la trayectoria se le había salido la melena que se perdió entre los matorrales. Los animales que componían su sequito se fueron retirando sigilosamente mientras el león se volvió a acomodar bajo el árbol para seguir con su siesta. Pronto los buitres se encargaron de los restos del pretencioso babuino. Así acaban los pretenciosos que piensan que sin talento ni cordura creen que pueden acceder a la gloria.

sábado, 30 de abril de 2011

Tecnología punta


Yo vivía en un bloque de viviendas. Esto no es que fuera nada especial, pero lo que pasa con las comunidades es que te puede tocar en suerte un vecino bueno o uno insufrible. A mí me tocó la vecina más pesada del universo. No puede haber nadie igual en ninguna parte. Vivía en el 5º A, puerta con puerta conmigo, cincuentona, casi siempre vestía una bata de guata de las baratas que comprara algún día regateando con la gitana de algún puesto en el mercadillo y llevaba rulos envueltos con una redecilla de pelo de color rosa. A veces llegaba yo, cansada de la jornada laboral y pensando en descalzarme y tirarme en el sofá y, de repente, como si hubiera estado escuchando al otro lado de la puerta, se abría y ahí estaba.

—Menos mal que la pillo. ¿Qué viene de trabajar? Ya veo. Eso está bien. Mire que le quería comentar que es que pone un poco alta la televisión y claro, no es por incordiar, pero es que mi Paco está con insomnio que se lo han provocado ahí en la oficina, pero como el pobre es tonto, pero, en fin, que sabe, si pudiera poner la tele un poco más baja…

—Pero si está ya al mínimo y la apago a las 11 que me voy pronto a dormir porque tengo que madrugar…

—Sí, pero es que sigue alta, de todos modos es que mi Paco tiene la salud muy delicada y le pediría que bueno que usted y su novio que vaya, bueno que sabemos que los tiempos han cambiado, pero verá, a ver si le va a pasar lo que le pasó a la del 6º C que el marido, la dejó, desapareció y no se le volvió a ver más el pelo. De modo que cuidado con los hombres. Que son de lo que no hay. Menos mal que yo he tenido suerte con mi Paco. El pobre que es un santo... Pero usted tenga cuidado con los hombres.

—Descuide—dije haciendo amago de querer entrar a mi apartamento.

—Si es que ya nada es como antes. Antes había decencia. No es que usted no la tenga, a ver si nos entendemos. Y yo, claro no me quiero meter en donde no me llaman, pero a ver, si su novio viene aquí todos los fines de semana, bueno, el último no vino y, bueno, que a ver que estará haciendo por ahí. Que a la hija del 4ºD la han dejado con bombo. ¿Qué cómo lo sé? Que hace meses que no sale a la calle y, claro, sumando dos y dos…Pues una que vaya que sabe lo que es el mundo y ha vivido y mire, piense mal y acertarás y…

—Buenas tardes—dije cerrando la puerta detrás de mi con alivio.

Esta escena y similares se repetían casi todas las tardes. Temía encontrármela cada vez que entraba o salía de mi casa y procuraba hacerlo siempre con sigilo para que no me viera, aunque pocas veces lo conseguí.

Una tarde fría de invierno que preferí quedarme en casa en lugar de salir a dar una vuelta me tumbé en el sofá y decidí matar el tiempo zapeando un poco. Detrás de las paredes de mi salón se oía a la vecina hablar y hablar sin parar ni tan siquiera para coger un poco de aliento. Yo me dediqué a cambiar un programa y luego otro sin quedarme realmente con ninguno, no había realmente nada que mereciera la pena ver hasta que decidí apagar la televisión. Al hacerlo me di cuenta que algo extraño había ocurrido. Volví a encender el televisor con el mando para ver qué era eso que me parecía tan raro. Nada. La vecina seguía hablando al otro lado de la pared. Apagué la tele. De pronto descubrí qué era lo que me parecía tan raro: el silencio. ¡Había dado la casualidad de que la vecina se había callado al apagar yo la tele! La volví a encender: ahí seguía hablando. La apagué otra vez: se callaba. Esto lo hice varias veces seguidas y cada vez que apagaba la tele, la vecina estaba callada; cuando la encendía, volvía a hablar. ¡Esto ya no podía ser casualidad! ¡Podía apagar a la vecina con el mando a distancia!¡A través de la pared! Algún tipo de interferencia debía haber que afectara los infrarrojos de mi mando porque traspasaban igual que ondas de radio el tabique que separaba mi vivienda de la otra. Y no sólo eso: influían en el comportamiento de mi vecina.

Desde aquel día me lo pasaba pipa en mi bloque: cuando quería paz, apagaba a la vecina. Descubrí también ciertas ventajas de tener ese inmenso poder en mis manos: cuando llegaban los vendedores a domicilio, la ponía en marcha y cuando abría la puerta se abalanzaba sobre ellos con toda aquella catarata de retórica que la caracterizaba. ¡Mejor que ningún perro guardián! Vendedor que venía, vendedor que no volvía a aparecer. Su marido, que acabó descubriendo el invento, se sintió inmensamente agradecido. De vez en cuando la apagábamos y nos íbamos a tomar unas cañitas al bar de abajo. Son los avances y las ventajas de la tecnología.

viernes, 22 de abril de 2011

Saturno devorando a su hijo

Hace casi doscientos años que Goya pintó el cuadro "Saturno devorando a su hijo". Es, entre otras cosas, España que devora a sus habitantes. Cabe destacar la mirada de ese dios, que a mí se me antoja de estupidez monstruosa, que devora en una sinrazón al hijo por miedo a que le quite el poder. Este cuadro no ha perdido actualidad pues esta monstruosidad sigue existiendo: no hay más que mirar alrededor. La pintura negra que creó Goya sigue siendo una alegoría de lo que ocurre aquí. Mientras no reconozcamos la ferocidad y la estupidez con que nos devoramos, no iremos avanzando. Sí, es una sátira fiera y terrible, pero es un espejo de lo que somos, pues hay un monstruo en cada uno de nosotros. Es la manera que tiene el arte de despertar las conciencias embrutecidas. El arte nos muestra lo que es la otra realidad que no queremos ver y, como dijo D.H. Lawrence "Only satire is decent now, the rest is a lie". Es dejar de devorarnos los unos a los otros por unas falsas ideologías y unas falsas ideas, renunciando a la soberbia y aceptando que vamos juntos en un mismo barco.

sábado, 16 de abril de 2011

La cena

—¿Cariño, estás lista?—le gritó Juan desde el cuarto de baño,—Quiero que estés muy guapa esta noche.

Cristina estaba en el dormitorio intentando embutirse en un vestido negro de hacía dos años que había rescatado del fondo del armario. Con las cejas fruncidas y metiendo tripa tiraba de las sisas del vestido que se negaba a pasar de las caderas. Después de un último tirón se lo consiguió encajar.

—No te preocupes cariño. Vas a quedar muy bien ante tu jefe,—le contestó a su marido mientras luchaba con la cremallera.

Cuando finalmente consiguió subirla, se miró de costado en el espejo del armario. Metió la barriga un poco.

—Bueno, un poco pasado de moda y un poco estrecho, pero creo que puede pasar,—se dijo Cristina mientras se ajustaba el pecho dentro del escote del vestido.

Juan salió del cuarto de baño y, sin mirar a Cristina, consultó el reloj diciendo: «Vamos a llegar tarde.» Ella se calzó deprisa y agarró el bolso de pasada siguiendo a Juan que ya estaba abriendo la puerta de la calle.

—Esta cena es importantísima para mí, Cristina. Puede ser fundamental para mi futuro.

—Sí cariño, lo entiendo. Te quiero mucho—contestó ella mientras se ponía el abrigo a toda prisa camino del coche.

Él le dirigió una fugaz sonrisa sin expresión en los ojos y le dijo mientras arrancaba: «Pórtate bien, eh.»

Una vez en el restaurante, un mêtre con acento francés les acompañó hasta la mesa donde se encontraron con el Sr. Feijóo y a su flamante esposa. Ella llevaba un vestido de aspecto caro que dejaba al descubierto un exuberante pecho de catálogo de clínica estética, recién peinada de peluquería con cabello de un color inexistente en la naturaleza, un flamante reloj con cadena de oro y brillantes en la esfera y unos zapatos de tacón de aguja. Recibió al matrimonio con una impecable sonrisa de botox. Su esposo vestía un elegante traje de sastre perfecto, unas gafas de montura de diseño y un reloj a la última moda.

Cristina llegó a la mesa corriendo, tres pasos por detrás de Juan.

La esposa de Feijóo les dio la bienvenida acercando la mejilla sin apenas tocar la cara del otro. Su esposo les dio efusivamente la mano.

—Me llamo Pilar, pero llámame Piluca,—le dijo la mujer a Cristina mientras le indicaba que se sentara a su lado.—Así podemos hablar de mujer a mujer sin que nos molesten los hombres que estarán hablando de sus importantes asuntos.

Cristina obedeció sin entender muy bien qué había hecho ella para ser incluida entre las amistades íntimas de esa señora.

—Estás divina y delgadísima. Desde luego tu marido tiene mucha suerte.—dijo ella mientras lanzaba una mirada picarona a Juan.

—Gracias. Es un vestido viejo que tenía. Tú también estás muy guapa.

—Nada, nada una baratija que me trajo mi marido de París. Este año se llevan los estampados. Es la segunda vez que me lo pongo porque yo soy una mujer muy sencilla a pesar de que mi marido sea muy rico.

Y Cristina bajó un poco la mirada sonriendo tímidamente.

El camarero se acercó y dio un ejemplar de la carta a cada uno. Cristina comenzó a leer platos con largos nombres intentando buscar alguno que le apeteciera comer: Foie mi-cuit de canard poële au choux à la paysane, Chateu briand au boeuf sauce bernaise, Côtes d’agneau de lait des Pyrénées panées à la truffe noire, Palet au chocolat caracas glace à la réglisse et griottes au banyuls.

Cristina se secaba el sudor de las palmas de las manos con el pico del mantel que colgaba delante de ella mientras miraba de reojo a Juan que estaba muy serio estudiando la carta.

—Os recomiendo las costillas de cordero que están exquisitas y el foie es obligatorio en este restaurante. ¿Qué os parece? ¿Unas ostritas?—dijo el Sr. Feijóo con tono de entendido.

—Estupendo, pero yo tomaré la daurade à la provençale,—dijo Piluca en un perfecto francés.

Cristina suspiró. Las costillitas de cordero le parecieron lo más seguro que podía pedir y asintió con la cabeza sin estar demasiado segura de querer ostras. Juan estuvo de acuerdo en todo.

—Para comenzar tomaremos una docena de ostras, un foie para compartir, tres côtes de agneau, una daurade y para beber un Beaujolais AOC domaine de florizante 2004. Cuide por favor de que esté a la temperatura adecuada que es un vino delicado—le dijo el Sr. Feijóo con solemnidad al camarero que se había acercado a tomar nota.

—Por supuesto señor.

—Bueno, Juan. Hablemos de cómo se encuentra en la empresa. Veo en usted muchas posibilidades.

Juan comenzó a hablar balbuceando mientras jugueteaba con el tenedor y la servilleta. De vez en cuando se pasaba la mano por la cabeza echándose el pelo hacia atrás. Pronto se vieron los dos hombres inmersos en una conversación de negocios plagada de objetivos, incentivos, posibilidades de expansión, subidas y bajadas de bolsa, inversiones, acciones, crecimientos y estrategias.

Cristina que había estado escuchando al principio, interesada por el futuro de Juan, pronto se perdió y dejó de escuchar. Se sentía incómoda con ese vestido. Le apretaba un poco. Desde que había dado a luz, ya no había vuelto a recuperar su figura de antes. Pero había sido tan feliz…Pensó en cuando se casaron mientras Juan estudiaba empresariales y llegó el peque. Ella tuvo que dejar sus estudios de Bellas Artes, pero no le importó. Dibujó una sonrisa en su rostro y pensó en su hijo, si habría cenado bien y si no habría dado mucho la lata a la abuela.

Miró a su alrededor. Señores elegantes trajeados y acompañados de mujeres con vestidos de diseñador estaban sentados en las otras mesas. Se les veía relajados, manteniendo distendidas conversaciones. Entre las mesas correteaban diligentes camareros, orgullosos de servir a la élite de la sociedad.

Piluca se había encendido un cigarrillo que había sacado de una pitillera de plata. Le había ofrecido uno a Cristina, pero ella lo rechazó:

—Gracias. No fumo.

—Haces bien. Es un vicio muy feo—dijo ella mientras daba una profunda calada a su cigarrillo de marca.

Llegaron las ostras, servidas abiertas en una lecho de hielo picado. El Sr. Feijóo alargó el brazo para coger una y le echó unas gotas de limón. El crustáceo se encogió.

—Están fresquísimas—exclamó el Sr. Feijóo mientras se llevaba el crustáceo a la boca deleitándose con el bocado.

Piluca y Juan hicieron lo mismo. Cristina se mantuvo quieta observando. No estaba segura de querer probarlas. Piluca y el Sr. Feijóo la miraron. Juan la miró. Estaba serio, con el ceño ligeramente fruncido.

Cristina quería todo menos defraudar a su marido, de modo que alargó el brazo, cogió una ostra y le echó una gota de limón. El animal se contrajo. Cristina lo miraba fijamente mientras mantenía la concha entre dos dedos. Al final se acercó la ostra a la boca y cerrando los ojos en un rápido gesto se la tragó sin masticar. Sintió como una cosa fría y viscosa se le iba deslizando por el esófago hasta acabar en el estómago que se resintió por la llegada del cuerpo extraño. Ahí la ostra se aposentó haciendo notar a Cristina su presencia hasta que horas más tarde la disolvieran los jugos gástricos.

—¿A que están exquisitas?—comentó Feijóo mientras se tragaba la siguiente ostra.

Cristina, lívida, asintió en voz baja.

domingo, 10 de abril de 2011

La espera

Manuela esperaba todos los domingos a la puerta del geriátrico. A todo aquel que pasaba le decía: "Hoy viene mi hija a verme." Si el que pasaba se detenía unos segundos, sacaba una vieja foto raída y desgastada del bolso de una mujer de unos 40 años, se la mostraba al incauto y decía: "Esta es mi hija. ¿Verdad que es guapa? Hoy vendrá a verme."
Si el visitante volvía a pasar al rato por la puerta, Manuela seguía ahí y, como le fallaba la memoria y no se acordaba de las caras, repetía: "Hoy viene mi hija a verme." Y sacaba la foto del bolso.
Daba la hora de comer y Manuela seguía ahí, en la puerta esperando mientras decía: "Hoy viene, me lo ha prometido." Pero a la hora de merendar aún esperaba y tampoco se había movido a la hora de cenar. El celador la acompañaba a su habitación, mientras ella decía: "Es que ha estado muy ocupada en cosas importantes, pero el domingo que viene vendrá con total seguridad para darme un beso. Me lo ha prometido."