lunes, 31 de agosto de 2009









Sinfonía para un hombre solo


Amigo: hemos viajado por todo el mundo, eres una parte más de mí, una extensión de mi brazo, un apéndice. Si te perdiera, sería como perder una extremidad mía, sería sufrir una amputación. Hemos pasado tanto juntos…tantos años que te has convertido en mi confidente, en mi esposa, incluso en mi amante… Sí podría decir que tantas noches no he tenido a nadie a quien abrazar que no fueras tú: un abrazo de madera en clave de sol. Recuerdo cuando empezamos juntos en esta aventura que es la música, como protestabas, parecías un gato destripándose hasta que conseguí arrancarte las primeras notas. Luego los exámenes, el conservatorio, varios trabajos en orquestas de poco presupuesto hasta que conseguí entrar en la Sinfónica. ¡Ese sí que fue un día grande! ¿Recuerdas? ¡La borrachera que nos pillamos!

Casi te pierdo al tropezar por aquella acera y a punto estuvo de atropellarte un autobús. ¡Madre mía! ¡Si te llego a perder, no sé que hubiera sido de mí!

Poco a poco, con esfuerzo, estudiando todos los días, trabajando muchísimo, largas horas todos los días: nos apeteciera o no; estuviéramos cansados o no; lloviera, nevara o hiciera sol…pero la ambición era más fuerte: años más tarde logramos ser el primer violín, los que se sientan delante, las personas de confianza de los directores.

Siempre hemos sido dos. Siameses. Inseparables. Desde luego, sin ti no hubiera sido quién soy. ¿Recuerdas aquella noche en la Royal? Arrasamos, verdad amigo, con esas Cuatro Estaciones. Me sentí transportado, uno con el cosmos. Yo, yo era Vivaldi. Fue tal el éxito que cosechamos que tuvimos que repetir toda la pieza: Primavera, Verano, Otoño, Invierno…así fue. Éramos los segundos, los sustitutos, el que tenía que tocar se puso enfermo y nos llamaron a nosotros y esa, ¡madre mía!, fue nuestra gran oportunidad. Esa fue la segunda gran borrachera que nos cogimos los dos, eh. Sí, fuimos geniales. Somos geniales.

Pasamos por duras pruebas: más y más ensayos. Nos enfadábamos: yo quería tocarte de una manera y tú no te dejabas. Siempre has sido tremendamente terco. ¡La madre que te parió! Sí, esos ensayos, una y otra vez: entrada, el trémolo, el pizzicato: me enfadaba, tú te enfadabas, hasta conseguir la nota exacta. ¿Recuerdas también las grabaciones? ¿Los días que hemos pasado en los estudios? La grabación de los conciertos de Paganini con los señoritos de la Filarmónica de Viena que querían tocar como les daba la gana. ¡La lata que dan! Levantándonos a las cinco y durmiendo poco. Me pasé dos meses alimentándome de pizzas y hamburguesas. No había tiempo para más.

Ahora somos famosos y viajamos por todo el mundo: las mejores salas, las mejores orquestas. Tokio, Nueva York, Londres, Viena, París…Siempre viajando. Siempre siendo compañeros de viaje. Ahora, yo soy tú y tú eres yo. Eres mi familia. No he tenido tiempo de tener una mujer, ni hijos, suegra ni nada de eso. Mi vida eres tú. Sin ti no sería nada. Mi mundo se haría añicos y no sabría recomponerlo. Pasar demasiado tiempo juntos nos ha convertido en un matrimonio viejo que no es capaz de separarse; que no puede vivir el uno sin el otro y a veces con el otro tampoco. Es una bendición y una condena; un premio y un castigo. Juntos somos geniales; separados mediocres.

domingo, 30 de agosto de 2009



En la quietud de mi casa


En la calle, la tormenta.
El trueno espanta los pájaros
Que se han refugiado entre las ramas.
Tumbada en el sofá,
La opaca luz me mece hacia la siesta.
Me acurruco más en mi manta
Protectora de mi intimidad,
Capullo de lana que me aísla del mundo.
En la calle, la tormenta
Ruge.
Y la pereza me retiene.
Quiero que este momento se haga eterno
En la quietud de mi casa.
Conmigo y mis pensamientos.
No hay teléfono.
Me he dormido viendo la película.
En la calle, la tormenta
Ducha los árboles y agita sus ramas
Y arrastra las prisas de la gente.
Abro un ojo y veo que sigue la quietud;
Aún no se ha marchado.
Mi mundo es mi sofá.
No deseo hacer nada
En la quietud de mi casa.

domingo, 2 de agosto de 2009


El cambuí que bailaba seguidillas



Había una vez un cambuí que vivía en la Argentina, junto al Río de la Plata. Vivía satisfecho y feliz en su comunidad de cambuíes viendo cómo se levantaba y se volvía a poner el sol en el horizonte de la Pampa, jugando con las familias de pajaritos que venían a hacer nidos entre sus ramas o simplemente siendo árbol que es lo que mejor sabía hacer. Sin embargo, le faltaba algo para sentirse completamente feliz: tenía alma de artista. Se pasaba los días soñando con ser un pintor, un bailaor o un escritor famoso para poder expresar su arte. A menudo, aunque estimaba mucho a sus amigos cambuíes, acomodados y burgueses, se aburría un poco con ellos porque habían dejado de soñar y sus vidas parecían haberse estancado, mientras que nuestro protagonista se iba en espíritu a las estrellas y a la luna.

Un buen día llegaron unos turistas venidos de España que acamparon junto a él. Por la noche encendieron una hoguera y, después de cenar, reunidos todos alrededor del fuego y al fondo con un cielo salpimentado de estrellas, uno de ellos se puso a cantar unas hermosísimas canciones. Era andaluz y cantaba flamenco: tientos, alegrías, fandangos y bulerías mientras sus amigos le acompañaban dando palmas. El cambuí estaba extasiado escuchando estas bellas canciones y en algún momento se le escapó alguna lágrima de savia que bajaba rodando por el tronco.

Una de las veces el cantaor entonó una canción extraordinariamente hermosa con un ritmo distinto a los demás, una fuerza especial. Esta canción era una seguidilla. Cuando la oyó, nuestro amigo el cambuí se emocionó aún más. Miró hacia el cielo y con la voz quebrada exclamó: «Ese es mi arte. Por fin lo he encontrado.»

Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el cambuí comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo y poco a poco se fue metiendo en la música, expresando lo que sentía dentro. Se fue sintiendo cada vez mejor y más y más seguro, de modo que comenzó a ensayar todos los días.

Después de un tiempo ya sabía bailar bastante bien y amenizaba el resto de la colonia de cambuíes con espectáculos de flamenco. Lo que mejor se le daban eran las seguidillas. Ese palo triste con su melancólico ritmo: un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, tres, un, dos, tres, un…El cambuí se metía de lleno en el papel de bailarín y se dejaba llevar por el duende, moviendo las ramas y las hojas al son. Tás, tás tás y raca y giraba el tronco mirando hacia atrás con mirada rabiosa. Las raíces hacían las veces de bata de cola, pero le impedían moverse del sitio. Sus frutos rojos hacían parecían lunares sobre un traje de gitana.

Había nacido para ser arista. Así se lo reconocía el resto de los árboles que toleraban estas pequeñas excentricidades de divo porque era un cambuí con un gran corazón.