sábado, 10 de agosto de 2013



La facultad de hacerse invisible es posible en el ser humano. Solo hay que…hacerse mayor. Los abuelos y abuelas, aquellas de cuyas casas nunca salías con hambre, son personas que han alcanzado una habilidad tan perfecta de invisibilidad que, a menudo, no las ven, ni oyen, sus familiares más allegados. Todo hay que decir que la perfección en hacerse invisibles la van alcanzando a medida que van cumpliendo años, a veces llegando al punto que se borran de las mentes de sus familiares.  El individuo invisible no es siempre consciente de serlo. Es más, no lo quiere reconocer o está convencido de que a él (o ella), eso no le pasa. Sus hijos no son así. El proceso de invisibilidad no comienza a una edad avanzada, no. Aproximadamente al cumplir los cuarenta años, se puede observar cómo este proceso se ha puesto en marcha: se liga menos, cuesta más que los del sexo opuesto se fijen en ti, la tecnología se va complicando (pero si siempre se me han dado bien las máquinas). No, cambiar la cinta de video no es comparable a descargar un controlador para tu nueva impresora. ¿Estás torpe con el teclado del móvil? Son señales del proceso de invisibilidad que irá in crescendo en las próximas décadas hasta que llegue un día en que cada vez más se tropiecen contigo porque no te han visto. Es un proceso doloroso porque hay que caer en la cuenta de que la decadencia llega. Hay veces que el grado de invisibilidad es tan intenso que el individuo desea finalmente desaparecer físicamente: se ha creado un proceso de inversión de la materia en el que el cuerpo físico, que  va colapsando, por la profunda tristeza que la invisibilidad genera, en un agujero negro hasta que finalmente desaparece.  Y nunca ha estado aquí.