domingo, 8 de mayo de 2011

El hábito no hace al monje

En la selva vivía una vez un majestuoso león con una magnífica melena. Le habían elegido como rey del reino animal precisamente por su excepcionalidad. No había habido otra igual en muchos años en aquella parte de la selva. Allá a donde fuera al gran león el resto de animales le rendían pleitesía. Era el jefe de la manada de leones y todas las hembras estaban a su disposición.

Un babuino que vivía no muy lejos en la sabana comenzó a sentir envidia del majestuoso león y su impresionante cabellera. Se decía a sí mismo que él también se merecía ser admirado y reverenciado por el resto del reino animal.

Un buen día, mientras paseaba, aburrido, en busca de alguna fruta para comer, se encontró con un león viejo muerto al que los buitres y otras aves carroñeras estaban acabando de despedazar. El babuino se acercó al cadáver del viejo león para curiosear.

De pronto le vino una idea:

— ¿Y si me cojo esta melena que ha dejado el león muerto? Entonces yo seré el rey de los animales por derecho porque también tendré melena y eso es lo que por lo visto hace falta para ser rey.

Apartando de un manotazo a los buitres que le miraron con cara de pocos amigos, se acercó al león muerto y con los dientes y los dedos le despellejó la parte de la cabeza. Y una vez con la melena del muerto en la mano, se la colocó como si de una peluca se tratase paseándose con ostentación para que le pudieran ver el resto de los animales. Caminaba con el pecho henchido de orgullo y el trasero rojo en pompa. Se creía el más grande.

Se encontró con unos compañeros babuinos. Y les dijo:

— ¿No me encontráis hermoso con mi nueva melena? De ahora en adelante seré el nuevo rey de la selva. Y algunos babuinos deslumbrados por la fachada del mono, le comenzaron a llenar de halagos y a seguirle formando un corrillo.

—Verdaderamente estás muy elegante hoy. Para nosotros tú eres el nuevo rey.

Gracias al grupillo que le iba siguiendo, el ego del babuino-león iba aumentando. Se encontró con un grupo de cebras y les dijo:

—Miradme bien: Yo ahora también tengo melena y soy vuestro nuevo rey.

Las cebras que sólo querían pastar en paz, levantaron un poco la cabeza sin hacer mucho caso al mono.

Siguió su camino y se encontró con un grupo de gacelas.

—Miradme. Veis que tengo melena. Ahora soy vuestro nuevo rey.

Las gacelas, que no son conocidas por su espíritu crítico precisamente, comenzaron a hacer reverencias al babuino y a su séquito. Algunas incluso les siguieron.

De este modo el babuino iba paseándose por la sabana y engrosando el grupo de seguidores. Deslumbró a muchos incautos por las apariencias y cada vez se iba sintiendo más y más seguro de sí mismo. Finalmente decidió enfrentarse al león y fue con todo su séquito hacia el lugar donde se encontraba descansando con su manada.

— ¡Eh, tú!—le grito el babuino, — ¿Ves que yo también tengo melena? A partir de ahora seré yo el rey de la selva.

El león que estaba reposando la comida a la sombra de un gran árbol abrió un poco un ojo. Lo que vio fue un babuino con una enorme melena de león medio descolocada y rodeado de otros babuinos varias gacelas y algún antílope gritándole desde cierta distancia. La imagen le resultó algo ridícula y no hizo mucho caso. Bostezó perezosamente y volvió a cerrar el ojo.

— ¡Eh, tú! ¡Despierta! Ahora me toca a mí ser rey de la selva.

El león volvió a abrir los ojos con gesto de fastidio, pero siguió sin hacer mucho caso.

El babuino envalentonado se iba acercando cada vez más.

—Que te apartes que yo ahora soy león, porque tengo melena.

Ya un poco enfadado el león se levantó gruñendo. Los babuinos que acompañaban al mono se retiraron un poco como medida cautelar. El mono con la melena no retrocedió.

—Que he venido a tomar posesión de mi reino.

A todo esto el león rugió tan fuerte que el resto de animales dio un paso atrás. Sin embargo, el babuino se iba acercando cada vez más hasta situarse desafiante al alcance del león.

— ¡He dicho que te vayas que yo soy ahora el rey!

El león ya estaba realmente enfadado. Sin mediar palabra, dio un zarpazo en dirección del babuino y le lanzó por los aires. El mono aterrizó despedazado a trescientos metros. En la trayectoria se le había salido la melena que se perdió entre los matorrales. Los animales que componían su sequito se fueron retirando sigilosamente mientras el león se volvió a acomodar bajo el árbol para seguir con su siesta. Pronto los buitres se encargaron de los restos del pretencioso babuino. Así acaban los pretenciosos que piensan que sin talento ni cordura creen que pueden acceder a la gloria.

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