martes, 24 de septiembre de 2019

Era martes


Era martes. La gatita se acercó a su cama a primera hora de la mañana, pero ella no se movía. El animal, esperando ver a su dueña despierta, saltó sobre la cama. Se acercó olfateando a la cabeza de su dueña. Esta seguía sin moverse. La gatita se dio pequeños golpecitos con una pata delantera para hacer que se moviera. Era hora de desayunar ya su porción de comida húmeda. Además, ¿qué era eso de dormir tanto? Las siete de la mañana es una hora perfecta para jugar con ella. Pero su amiga no se movía.
El corazón gatuno del animal comenzó a preocuparse. No era normal eso. Su dueña tenía costumbres que realizaba con la precisión de un reloj suizo: todo lo que hacía ocurría siempre a la hora exacta. Nunca fallaba. Por eso era tan raro que ahora no se moviera. La gatita maulló. Nada. Maulló un poco más fuerte. Nada. Se volvió a subir a la cama y pegó un par de saltos sobre el cuerpo inerte de su dueña. Maulló aún más fuerte un par de veces más y luego se acostó sobre el edredón esperando con paciencia alguna reacción de su dueña.
Doña Paca, Paquita para sus amigos, era una mujer de casi noventa años que vivía sola. Viuda desde la guerra, se había dedicado a criar a sus hijos, Flor y Manuel, como pudo. Gracias a su muy escasa pensión y a una pequeña mercería que había conseguido abrir, había conseguido sacar a sus hijos adelante e incluso darles estudios, al menos al hijo varón. La niña ya se casaría y no hacía falta que estudiara. En cualquier caso, para que estudiaran los dos no había dinero. Manuel hizo una carrera brillante como profesor de universidad, se casó con una niña bien y se establecieron en el barrio de la ciudad. La niña acabó el graduado escolar y conoció al que se convirtió luego en su marido, tuvieron tres e hijos y se fueron a vivir una vida.
Paquita se quedó sola entonces. No iban mucho a verla porque, claro, tenían muchas ocupaciones. Pero Paquita se sentía muy orgullosa de sus hijos y nietos y siempre enseñaba fotos de todos ellos a aquel que la hiciera un poco de caso. Claro que las fotografías más  nuevas tenían ya varios años. No había habido tiempo de hacerse unas más recientes para la abuela. Los nietos, adolescentes ya, tampoco tenían tiempo de ir a verla. Había otras cosas más interesantes que hacer que escuchar las historias de la abu que se repetía más que los ajos.
Pero Paquita no paraba de decirle a todo el mundo que el domingo vendrían a verla. Seguro. Solo que nadie estaba seguro de qué domingo era. Paquita vivía de ilusiones y fantaseaba con preparar a sus nietos unos buenos tazones de colacao con muchas galletas María o tres o cuatro madalenas que eran la única merienda de verdad. Pero los nietos no venían nunca.
Un día, mientras daba un paseo por el barrio vio una gatita vieja, sucia a la que faltaba un ojo pues lo había perdido durante una pelea contra algún macho. Tenía la panza caída y las tetillas un pocos salidas, señales inequívocas de haber pasado por varios partos. Paquita y la gata se miraron y comprendieron, cada una a su manera, que en este mundo las dos estaban muy solas. Paquita se marchó, pero volvió al día siguiente al mismo lugar con un poco de chopped de pavo. La gata lo engulló con avidez. Aún mantenía las distancias. Un animal que se ha llevado tantos palos en su vida, tiene que mantener cierta prudencia.
--Hola chiquitina –le decía la vieja--, estamos las dos muy solitas. Pero yo te daré algo de comer. Chiquitina.
La gata la miró y parpadeó con el único ojo que la quedaba en señal de que había comprendido lo que la estaba diciendo.
Paquita tomó por costumbre acercarse todos los días a ver a su nueva amiga. Compró un pequeño saco de pienso seco en la tiende del barrio y llevaba a la gata su porción diaria. El animal acabó dejando de lado las precuaciones y se acercaba a su amiga sin miedo, se retragaba por las piernas y se dejaba acariciar. Pronto las dos acabaron necesitándose mutuamente y un buen día la gata siguió de cerca los lentos pasos de su amiga humana hasta llegar al pequeño apartamente donde esta vivía. Paquita dejó que la siguiera y que entrara en su casa donde el animal, después de investigar minuciosamente todas las esquinas, se instaló en el viejo sofá.
Paquita cuidó de la gatita, la lavó un poco con un paño húmedo, la limipó el ojo, la quitó las legañas y la acicaló y limpió. No consiguió, sin embargo, cortarle las uñas. La gata no iba a consentírselo todo. De este modo comenzaron a vivir las dos en mutua compañía y se volvieron imprescindibles la una para la otra. No se sabe muy bien si Paquita había adoptado a la gata o si había sido al revés.
En cualquier caso, nada de eso importaba sino que ahora ya no estaban solas, ninguna de las dos. Un buen día se acercó el hijo de Paquita para ver a su madre. Vino solo para hacer una visita de cortesía. El resto de la familia no había tenido tiempo de acompañarlo.
--¡Pero ¿qué haces con un animal en casa?
--Pues es que lo he adoptado. Nos hacemos compañía.
--¿Y de dónde la has sacado?
--Me la encontré por el barrio.
--¿Qué!? ¡Encima es un animal de la calle! ¿La habrás llevado al veterinario por lo menos?
--No. No me llega la pensión para veterinarios.
--No fastidies mamá. ¿Cómo metes en casa un bicho de la calle con las enfermedades que puede transmitir?¡Ahora mismo la estás sacando de aquí!
--Pero Manuel. Es mi amiga. No la puedo abandonar otra vez –dijo la vieja casi llorando.
--Da lo mismo. A ver si vamos a tener una desgracia.
--Mayor desgracia que la vejez y la soledad no creo –contestó Paquita enjugándose las lágrimas.
La gata observaba la escena desde su escondite debajo del sofá donde se había metido cuando llegó Manuel de visita. El animal intuía que se estaba hablando de él y que algo ocurría. Manuel no la gustaba nada.
De pronto a Paquita le llegó una fuerza de vete a saber dónde y se plantó frente a su hijo diciendo:
--La gata no se va de esta casa.
--Eso ya lo veremos –contestó Manuel.
--De ya lo veremos, nada. Sigo siento tu madre y en esta casa mando yo. La gata se queda.
La contundencia con la que habló la vieja desarmó a Manuel que no consiguió responder. Así que no le quedó más remedio que respetar el deseo de su madre, aunque fuera a regañadientes.
De este modo la vieja gata se quedó a vivir en casa de Paquita y ambas se convirtieron en amigas inseparables, uña y carne, brindándose mutua compañía y apoyo. La mujer le contaba a la gata penas y alegrías: cómo había conocido a su Jorge; los momentos en los que nacieron sus hijos; el momento en el que enviudó; y cómo le hubiese gustado que sus hijos y nietos la visitaran más ahora que se había hecho mayor y desvalida.
La gata, que observaba a su amiga humano con el único ojo sano que tenía, parecía entender perfectamente lo que la estaban contando. Cuando a Paquita de vez en cuando se le escapaba una lágrima, la gata se le acercaba y se restregaba en sus piernas, consolando a su amiga y ofreciendo su apoyo incondicional.
Entonces Paquita se agachaba con dificultad y acariciaba el lomo de su amiga felina con una mano ajada y arrugada, llena ya de manchas de senectud, pero también de inmenso amor. Después iba a la cocina y picaba una loncha de pavo y se la daba a comer al animal. Entonces decía:
--Pero este domingo seguro que vienen a merendar. Habrá que prepararse.
La gata tan solo se comía su pavo en silencio.
Hoy Paquita no se movía en su cama. La gata maullaba y la tocaba con una pata para ver si despertaba. Pero Paquita no se movía. Estaba fría. La gata se tumbó junto a su amiga y no se movió. Así las encontraron a las dos, cuando días más tarde alguien echó de menos a Paquita y entraron en la casa. Solo quedaba llevarse el cadáver de la vieja.

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