
Línea 6
Patricia Riosalido Villar
Móstoles, Madrid (España)
Fernando llevaba años viviendo en el metro de Madrid. Su casa era la línea 6. Viajaba dando vueltas y más vueltas a la ciudad, sin salir nunca a ver la luz del sol, sin ver nunca más que esos túneles oscuros, enormes ratoneras, o las frías estaciones inundadas de luz blanca de neón. Hacía muchísimos años que no había vuelto a la superficie. Ahora su hábitat eran las entrañas de la ciudad, comiendo lo que se encontrara por las papeleras o mendigando algún bocadillo de la gente. Se pasaba el día circulando por debajo de las avenidas, el bullicio, los museos y los ministerios. Ya había olvidado a sus amigos de antes y a sus compañeros de despacho de cuando fue abogado. Ahora sólo le conocían algunos empleados de Metro. Su única compañía eran las ratas que salían de noche en busca de comida y le encontraban durmiendo en alguna de las bocas entre cajas viejas de cartón y alguna manta sucia donada por caridad.
Vestía un traje raído de línea diplomática pasado de moda y un viejo sombrero marrón que no se quitaba jamás. Era un hombre educado a la antigua usanza. Cedía los asientos a las damas y se levantaba el sombrero para saludar a las señoras de la limpieza cuando se las encontraba por alguno de los aplanantes pasillos.
Viajaba con pocas cosas en una vieja maleta marrón y manoseada de la que no se desprendía jamás. En ella llevaba algunos objetos que todos los días sacaba para mirar: el retrato de su esposa en un marco de plata, le echaba su aliento y le pasaba la manga hasta dejarlo reluciente; un pañuelo azul de seda de mujer, que siempre acariciaba con lentitud, y le hacía perderse en sus recuerdos. Este equipaje era su único vínculo con el pasado: antes de haber decidido bajar para siempre al túnel del metro para no tener que sentir la soledad en la que se había visto inmerso después de que ella muriera.
Un buen día, en la estación de Avenida de América, iba viajando en un tren y éste se detuvo justo frente al que circulaba en sentido contrario. Los trenes se habían parado al mismo tiempo y sólo los separaba un andén. Fernando se puso observar con curiosidad a los viajeros del vagón que tenía enfrente y vio a una mujer: ella, de una edad parecida a la suya, de una belleza marchita, llevaba un viejo vestido anticuado de tul rosa pálido desgastado y arrugado. Viajaba con una vieja maleta de tela floreada. Tenía la mirada fija en el suelo sin mirar a ninguna parte. Parecía perdida en sus pensamientos. A él le llamó la atención este ser extraño y la estuvo mirando con atención hasta que el tren se puso en marcha de nuevo para perderse en la oscuridad.
La imagen se le quedó grabada. «Creo que es como yo: un alma perdida en el metro de Madrid. Y yo que siempre me había creído el único…»
Pasaron unos días y el recuerdo de ella iba perdiendo nitidez. Se fue olvidando y los días trascurrían como siempre hasta que, de pronto, en una de las estaciones su tren se cruzó con otro. Al levantar la cabeza la volvió a ver: llevaba el mismo vestido y su maleta floreada. La mirada perdida en el pasado.
— ¡Es ella!—se dijo Fernando.
Sintió la necesidad de conocerla porque estaba seguro de que era su alma gemela. Se prometió a sí mismo que la próxima vez se bajaría para cambiarse de tren y hablar con esa criatura.
Pasaron algunos días sin volver a verla. Todo el día se pasaba mirando de vagón en vagón a ver si la encontraba. Nada. Cuando se cruzaba con un tren se levantaba, estiraba el cuello buscándola. Así un tren tras otro. Circulaban muy deprisa y se cruzaban en una exhalación. No, nada en este tampoco.
— ¿La volveré a ver?—se preguntaba temeroso.
Nervioso preguntaba a las mujeres de la limpieza:
— ¿Han visto ustedes una dama de rosa, con una vieja maleta floreada? Viajaba en la 6. Me es muy importante encontrarla.
Sin embargo, las mujeres seguían haciendo su trabajo mientras negaban con la cabeza, sin tomar muy en serio al viejo mendigo.
Preguntó a los empleados de Metro que le conocían. Negativo. Se montaba en un tren, se bajaba en la estación siguiente. Cogía otro. Una nueva estación y nada. Así pasaron varios días.
Ya había perdido la esperanza cuando, mientras esperaba en la estación de Manuel Becerra, se detuvo un tren. Se abrieron las puertas y justo frente a él estaba ella. Sólo les separaba el hueco entre coche y andén. Con un rápido gesto, Fernando agarró la maleta y se subió al coche, justo en el momento en el que arrancaba el metro.
Ella mantenía la vista fija en el suelo y Fernando se sentó enfrente. Aparte de ellos dos no había nadie más en ese vagón. Él la miraba fijamente y ella levantó poco a poco la cabeza. Durante unos momentos se cruzaron sus miradas. Ella comenzó a sonreír y él le devolvió la sonrisa. No sabía qué decirle. No está acostumbrado a hablar, pero tenía que hacerlo.
De pronto, sacó el pañuelo de su maleta y se lo dio. Ella le miró sorprendida, pero luego lo aceptó colocándoselo coqueta alrededor del cuello.
— Gracias. Muy amable— susurró con una sonrisa de quinceañera.
— ¿Le apetecería…le apetecería tomar un café?— preguntó Fernando, que sentía cómo se le aceleraba el pulso.
—Me encantaría— contestó ella ruborizándose.
En la siguiente estación se bajaron del tren, dejando las maletas olvidadas en el vagón. Se miraron el uno al otro sonriendo y juntos abandonaron la estación. Era la primera vez en muchos años que Fernando salía del suburbano y en un primer momento se deslumbró, pero poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la luz.
Las maletas del pasado que habían quedado olvidadas en el tren siguieron solas su viaje hacia ninguna parte.
Patricia Riosalido Villar
Móstoles, Madrid (España)
Fernando llevaba años viviendo en el metro de Madrid. Su casa era la línea 6. Viajaba dando vueltas y más vueltas a la ciudad, sin salir nunca a ver la luz del sol, sin ver nunca más que esos túneles oscuros, enormes ratoneras, o las frías estaciones inundadas de luz blanca de neón. Hacía muchísimos años que no había vuelto a la superficie. Ahora su hábitat eran las entrañas de la ciudad, comiendo lo que se encontrara por las papeleras o mendigando algún bocadillo de la gente. Se pasaba el día circulando por debajo de las avenidas, el bullicio, los museos y los ministerios. Ya había olvidado a sus amigos de antes y a sus compañeros de despacho de cuando fue abogado. Ahora sólo le conocían algunos empleados de Metro. Su única compañía eran las ratas que salían de noche en busca de comida y le encontraban durmiendo en alguna de las bocas entre cajas viejas de cartón y alguna manta sucia donada por caridad.
Vestía un traje raído de línea diplomática pasado de moda y un viejo sombrero marrón que no se quitaba jamás. Era un hombre educado a la antigua usanza. Cedía los asientos a las damas y se levantaba el sombrero para saludar a las señoras de la limpieza cuando se las encontraba por alguno de los aplanantes pasillos.
Viajaba con pocas cosas en una vieja maleta marrón y manoseada de la que no se desprendía jamás. En ella llevaba algunos objetos que todos los días sacaba para mirar: el retrato de su esposa en un marco de plata, le echaba su aliento y le pasaba la manga hasta dejarlo reluciente; un pañuelo azul de seda de mujer, que siempre acariciaba con lentitud, y le hacía perderse en sus recuerdos. Este equipaje era su único vínculo con el pasado: antes de haber decidido bajar para siempre al túnel del metro para no tener que sentir la soledad en la que se había visto inmerso después de que ella muriera.
Un buen día, en la estación de Avenida de América, iba viajando en un tren y éste se detuvo justo frente al que circulaba en sentido contrario. Los trenes se habían parado al mismo tiempo y sólo los separaba un andén. Fernando se puso observar con curiosidad a los viajeros del vagón que tenía enfrente y vio a una mujer: ella, de una edad parecida a la suya, de una belleza marchita, llevaba un viejo vestido anticuado de tul rosa pálido desgastado y arrugado. Viajaba con una vieja maleta de tela floreada. Tenía la mirada fija en el suelo sin mirar a ninguna parte. Parecía perdida en sus pensamientos. A él le llamó la atención este ser extraño y la estuvo mirando con atención hasta que el tren se puso en marcha de nuevo para perderse en la oscuridad.
La imagen se le quedó grabada. «Creo que es como yo: un alma perdida en el metro de Madrid. Y yo que siempre me había creído el único…»
Pasaron unos días y el recuerdo de ella iba perdiendo nitidez. Se fue olvidando y los días trascurrían como siempre hasta que, de pronto, en una de las estaciones su tren se cruzó con otro. Al levantar la cabeza la volvió a ver: llevaba el mismo vestido y su maleta floreada. La mirada perdida en el pasado.
— ¡Es ella!—se dijo Fernando.
Sintió la necesidad de conocerla porque estaba seguro de que era su alma gemela. Se prometió a sí mismo que la próxima vez se bajaría para cambiarse de tren y hablar con esa criatura.
Pasaron algunos días sin volver a verla. Todo el día se pasaba mirando de vagón en vagón a ver si la encontraba. Nada. Cuando se cruzaba con un tren se levantaba, estiraba el cuello buscándola. Así un tren tras otro. Circulaban muy deprisa y se cruzaban en una exhalación. No, nada en este tampoco.
— ¿La volveré a ver?—se preguntaba temeroso.
Nervioso preguntaba a las mujeres de la limpieza:
— ¿Han visto ustedes una dama de rosa, con una vieja maleta floreada? Viajaba en la 6. Me es muy importante encontrarla.
Sin embargo, las mujeres seguían haciendo su trabajo mientras negaban con la cabeza, sin tomar muy en serio al viejo mendigo.
Preguntó a los empleados de Metro que le conocían. Negativo. Se montaba en un tren, se bajaba en la estación siguiente. Cogía otro. Una nueva estación y nada. Así pasaron varios días.
Ya había perdido la esperanza cuando, mientras esperaba en la estación de Manuel Becerra, se detuvo un tren. Se abrieron las puertas y justo frente a él estaba ella. Sólo les separaba el hueco entre coche y andén. Con un rápido gesto, Fernando agarró la maleta y se subió al coche, justo en el momento en el que arrancaba el metro.
Ella mantenía la vista fija en el suelo y Fernando se sentó enfrente. Aparte de ellos dos no había nadie más en ese vagón. Él la miraba fijamente y ella levantó poco a poco la cabeza. Durante unos momentos se cruzaron sus miradas. Ella comenzó a sonreír y él le devolvió la sonrisa. No sabía qué decirle. No está acostumbrado a hablar, pero tenía que hacerlo.
De pronto, sacó el pañuelo de su maleta y se lo dio. Ella le miró sorprendida, pero luego lo aceptó colocándoselo coqueta alrededor del cuello.
— Gracias. Muy amable— susurró con una sonrisa de quinceañera.
— ¿Le apetecería…le apetecería tomar un café?— preguntó Fernando, que sentía cómo se le aceleraba el pulso.
—Me encantaría— contestó ella ruborizándose.
En la siguiente estación se bajaron del tren, dejando las maletas olvidadas en el vagón. Se miraron el uno al otro sonriendo y juntos abandonaron la estación. Era la primera vez en muchos años que Fernando salía del suburbano y en un primer momento se deslumbró, pero poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la luz.
Las maletas del pasado que habían quedado olvidadas en el tren siguieron solas su viaje hacia ninguna parte.
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