domingo, 2 de agosto de 2009


El cambuí que bailaba seguidillas



Había una vez un cambuí que vivía en la Argentina, junto al Río de la Plata. Vivía satisfecho y feliz en su comunidad de cambuíes viendo cómo se levantaba y se volvía a poner el sol en el horizonte de la Pampa, jugando con las familias de pajaritos que venían a hacer nidos entre sus ramas o simplemente siendo árbol que es lo que mejor sabía hacer. Sin embargo, le faltaba algo para sentirse completamente feliz: tenía alma de artista. Se pasaba los días soñando con ser un pintor, un bailaor o un escritor famoso para poder expresar su arte. A menudo, aunque estimaba mucho a sus amigos cambuíes, acomodados y burgueses, se aburría un poco con ellos porque habían dejado de soñar y sus vidas parecían haberse estancado, mientras que nuestro protagonista se iba en espíritu a las estrellas y a la luna.

Un buen día llegaron unos turistas venidos de España que acamparon junto a él. Por la noche encendieron una hoguera y, después de cenar, reunidos todos alrededor del fuego y al fondo con un cielo salpimentado de estrellas, uno de ellos se puso a cantar unas hermosísimas canciones. Era andaluz y cantaba flamenco: tientos, alegrías, fandangos y bulerías mientras sus amigos le acompañaban dando palmas. El cambuí estaba extasiado escuchando estas bellas canciones y en algún momento se le escapó alguna lágrima de savia que bajaba rodando por el tronco.

Una de las veces el cantaor entonó una canción extraordinariamente hermosa con un ritmo distinto a los demás, una fuerza especial. Esta canción era una seguidilla. Cuando la oyó, nuestro amigo el cambuí se emocionó aún más. Miró hacia el cielo y con la voz quebrada exclamó: «Ese es mi arte. Por fin lo he encontrado.»

Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el cambuí comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo y poco a poco se fue metiendo en la música, expresando lo que sentía dentro. Se fue sintiendo cada vez mejor y más y más seguro, de modo que comenzó a ensayar todos los días.

Después de un tiempo ya sabía bailar bastante bien y amenizaba el resto de la colonia de cambuíes con espectáculos de flamenco. Lo que mejor se le daban eran las seguidillas. Ese palo triste con su melancólico ritmo: un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, tres, un, dos, tres, un…El cambuí se metía de lleno en el papel de bailarín y se dejaba llevar por el duende, moviendo las ramas y las hojas al son. Tás, tás tás y raca y giraba el tronco mirando hacia atrás con mirada rabiosa. Las raíces hacían las veces de bata de cola, pero le impedían moverse del sitio. Sus frutos rojos hacían parecían lunares sobre un traje de gitana.

Había nacido para ser arista. Así se lo reconocía el resto de los árboles que toleraban estas pequeñas excentricidades de divo porque era un cambuí con un gran corazón.

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