jueves, 24 de septiembre de 2009

La falta de sentido en la vida







Superado Freud y la revolución sexual y con un nivel de vida, pese a toda crisis económica, más elevado que hace varios decenios —no sólo están cubiertas las necesidades básicas, sino que la gente se permite cierto lujo e incluso despilfarro—, las personas que forman parte de esta sociedad moderna siguen sin sentirse felices. ¿Cómo es eso posible?, nos preguntamos. Ocurre que la sociedad está enferma. Su enfermedad se llama: falta de sentido en la vida.
Muchas personas, llegado el domingo, no saben qué hacer con su tiempo libre. Lejos de las obligaciones laborales, en el momento que se han de enfrentar a su propio espacio, no saben llenarlo. Se ven abocados al aburrimiento. Cuando llegan las vacaciones ocurre algo muy similar. Sí, hay un sentimiento generalizado de que en las vacaciones realmente se disfruta. Pero, ¿quién no se ha encontrado con alguien que viene refunfuñando del marido, los hijos, el calor de la playa, la arena de la playa y los precios del chiringuito?
Grave es cuando el aburrimiento se ha extendido a toda la existencia de un individuo. En ese momento ha dejado de vivir. No es ya en este mundo. Este sentimiento también lo podríamos llamar de otra manera, quizás más adecuada, según los psicólogos: el vacío existencial.
El individuo se siente mal, pero no entiende la causa, sólo sabe que se aburre y ha de llenar el hueco con algo. Como lo único que sabe es consumir, consume: se da a los excesos en comida, tabaco o compra compulsivamente. Sin embargo, ese hueco no se llenará nunca a menos que haya un cambio de conciencia.
El consumo, provocado por el vacío existencial, no se reduce a la necesidad de comprar más y más cosas, objetos que se van reemplazando cada poco tiempo. Ya no se guarda nada: la tele se cambia mucho antes de que se estropee, el móvil cada seis meses, el ordenador cuando sale un modelo nuevo. No, también se consumen relaciones, matrimonios y amistades. Lo que es viejo se tira, ya no vale. Tanto si es la mesa del ordenador como si es tu mujer.
Sin embargo, el individuo no sólo no consigue llenar su vacío, sino que se va sumiendo en una insatisfacción cada vez mayor que se acaba volviendo crónica: el vacío sigue ahí, hay que llenarlo. Pero eso no ocurre; más bien se expande. Entonces vamos a la tienda y nos compramos algo más.
El aburrimiento se hace más palpable cuando la persona está desempleada o jubilada. La falta de obligaciones laborales, sobre todo si el individuo tiene familia y los hijos están crecidos, le obliga a enfrentarse a sí mismo y a todo su tiempo. No tiene ningún sentido que dar a su vida (y tampoco demasiado dinero que gastarse). Si un individuo durante todo el tiempo que ha estado empleado sólo ha llenado su sentido del ser en esta vida con ese trabajo, ese cargo y ese sueldo, cuando éste concluya no sabrá qué hacer consigo mismo.
Y no digo que una familia no dé sentido a la vida. Sí, claro: está la pareja, los hijos… Sin embargo, yo me refiero aquí a algo más intrínseco del individuo. Algo del que no dependan las condiciones externas, pues la pareja puede un día no estar ya y los hijos se marcharán de casa. No, me refiero a un algo que le dé vida al ser humano en el más puro sentido de la palabra. Qué le haga sentirse vivo.
Es sorprendente la cantidad de suicidios que tienen lugar en la sociedad moderna cuando las necesidades están cubiertas, tenemos (realmente) de todo y en occidente nadie te dice cómo tienes que vivir tu vida ni con quién te acuestas. Es aún más sorprendente que durante las guerras, incluso el Holocausto, apenas se produjeran suicidios. ¿Cuál es pues el secreto? Que en una situación extrema como los campos de refugiados las personas tienen un sentido en sus vidas: la supervivencia (léase a Viktor Frankl).
¿Qué es lo que necesita el individuo que vive en la sociedad moderna? Necesita un sentido en su vida. ¿Cómo encuentra un sentido en su vida? Es distinto para cada individuo. Tiene que haber un cambio de actitud, un modo de estar en esta vida. Primero ha de darse cuenta de que el ser humano no sólo está hecho de lo material: ha de cubrir sus necesidades espirituales lo mismo que llena la barriga. No quiero ser moralista ni decir a la gente que hay que abrazar una religión, nueva o vieja. No, no es eso, pero buscarse una obligación, un compromiso con alguna causa ayudando a otros, por ejemplo en una ONG, fomentar valores éticos formando parte de algún grupo o el estudio de lo que sea que a uno le interese: la belleza, el arte, seguir aprendiendo y descubriendo todos los misterios que hay entre el cielo y la tierra. Ahí hay una fuente inagotable de sentido que dará al individuo una seguridad aunque cambie su situación externa, llenará su vacío existencial y le llevará a una madurez emocional perdurable. Será imposible aburrirse.

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