
Sinfonía para un hombre solo
Amigo: hemos viajado por todo el mundo, eres una parte más de mí, una extensión de mi brazo, un apéndice. Si te perdiera, sería como perder una extremidad mía, sería sufrir una amputación. Hemos pasado tanto juntos…tantos años que te has convertido en mi confidente, en mi esposa, incluso en mi amante… Sí podría decir que tantas noches no he tenido a nadie a quien abrazar que no fueras tú: un abrazo de madera en clave de sol. Recuerdo cuando empezamos juntos en esta aventura que es la música, como protestabas, parecías un gato destripándose hasta que conseguí arrancarte las primeras notas. Luego los exámenes, el conservatorio, varios trabajos en orquestas de poco presupuesto hasta que conseguí entrar en la Sinfónica. ¡Ese sí que fue un día grande! ¿Recuerdas? ¡La borrachera que nos pillamos!
Casi te pierdo al tropezar por aquella acera y a punto estuvo de atropellarte un autobús. ¡Madre mía! ¡Si te llego a perder, no sé que hubiera sido de mí!
Poco a poco, con esfuerzo, estudiando todos los días, trabajando muchísimo, largas horas todos los días: nos apeteciera o no; estuviéramos cansados o no; lloviera, nevara o hiciera sol…pero la ambición era más fuerte: años más tarde logramos ser el primer violín, los que se sientan delante, las personas de confianza de los directores.
Siempre hemos sido dos. Siameses. Inseparables. Desde luego, sin ti no hubiera sido quién soy. ¿Recuerdas aquella noche en la Royal? Arrasamos, verdad amigo, con esas Cuatro Estaciones. Me sentí transportado, uno con el cosmos. Yo, yo era Vivaldi. Fue tal el éxito que cosechamos que tuvimos que repetir toda la pieza: Primavera, Verano, Otoño, Invierno…así fue. Éramos los segundos, los sustitutos, el que tenía que tocar se puso enfermo y nos llamaron a nosotros y esa, ¡madre mía!, fue nuestra gran oportunidad. Esa fue la segunda gran borrachera que nos cogimos los dos, eh. Sí, fuimos geniales. Somos geniales.
Pasamos por duras pruebas: más y más ensayos. Nos enfadábamos: yo quería tocarte de una manera y tú no te dejabas. Siempre has sido tremendamente terco. ¡La madre que te parió! Sí, esos ensayos, una y otra vez: entrada, el trémolo, el pizzicato: me enfadaba, tú te enfadabas, hasta conseguir la nota exacta. ¿Recuerdas también las grabaciones? ¿Los días que hemos pasado en los estudios? La grabación de los conciertos de Paganini con los señoritos de la Filarmónica de Viena que querían tocar como les daba la gana. ¡La lata que dan! Levantándonos a las cinco y durmiendo poco. Me pasé dos meses alimentándome de pizzas y hamburguesas. No había tiempo para más.
Ahora somos famosos y viajamos por todo el mundo: las mejores salas, las mejores orquestas. Tokio, Nueva York, Londres, Viena, París…Siempre viajando. Siempre siendo compañeros de viaje. Ahora, yo soy tú y tú eres yo. Eres mi familia. No he tenido tiempo de tener una mujer, ni hijos, suegra ni nada de eso. Mi vida eres tú. Sin ti no sería nada. Mi mundo se haría añicos y no sabría recomponerlo. Pasar demasiado tiempo juntos nos ha convertido en un matrimonio viejo que no es capaz de separarse; que no puede vivir el uno sin el otro y a veces con el otro tampoco. Es una bendición y una condena; un premio y un castigo. Juntos somos geniales; separados mediocres.
Amigo: hemos viajado por todo el mundo, eres una parte más de mí, una extensión de mi brazo, un apéndice. Si te perdiera, sería como perder una extremidad mía, sería sufrir una amputación. Hemos pasado tanto juntos…tantos años que te has convertido en mi confidente, en mi esposa, incluso en mi amante… Sí podría decir que tantas noches no he tenido a nadie a quien abrazar que no fueras tú: un abrazo de madera en clave de sol. Recuerdo cuando empezamos juntos en esta aventura que es la música, como protestabas, parecías un gato destripándose hasta que conseguí arrancarte las primeras notas. Luego los exámenes, el conservatorio, varios trabajos en orquestas de poco presupuesto hasta que conseguí entrar en la Sinfónica. ¡Ese sí que fue un día grande! ¿Recuerdas? ¡La borrachera que nos pillamos!
Casi te pierdo al tropezar por aquella acera y a punto estuvo de atropellarte un autobús. ¡Madre mía! ¡Si te llego a perder, no sé que hubiera sido de mí!
Poco a poco, con esfuerzo, estudiando todos los días, trabajando muchísimo, largas horas todos los días: nos apeteciera o no; estuviéramos cansados o no; lloviera, nevara o hiciera sol…pero la ambición era más fuerte: años más tarde logramos ser el primer violín, los que se sientan delante, las personas de confianza de los directores.
Siempre hemos sido dos. Siameses. Inseparables. Desde luego, sin ti no hubiera sido quién soy. ¿Recuerdas aquella noche en la Royal? Arrasamos, verdad amigo, con esas Cuatro Estaciones. Me sentí transportado, uno con el cosmos. Yo, yo era Vivaldi. Fue tal el éxito que cosechamos que tuvimos que repetir toda la pieza: Primavera, Verano, Otoño, Invierno…así fue. Éramos los segundos, los sustitutos, el que tenía que tocar se puso enfermo y nos llamaron a nosotros y esa, ¡madre mía!, fue nuestra gran oportunidad. Esa fue la segunda gran borrachera que nos cogimos los dos, eh. Sí, fuimos geniales. Somos geniales.
Pasamos por duras pruebas: más y más ensayos. Nos enfadábamos: yo quería tocarte de una manera y tú no te dejabas. Siempre has sido tremendamente terco. ¡La madre que te parió! Sí, esos ensayos, una y otra vez: entrada, el trémolo, el pizzicato: me enfadaba, tú te enfadabas, hasta conseguir la nota exacta. ¿Recuerdas también las grabaciones? ¿Los días que hemos pasado en los estudios? La grabación de los conciertos de Paganini con los señoritos de la Filarmónica de Viena que querían tocar como les daba la gana. ¡La lata que dan! Levantándonos a las cinco y durmiendo poco. Me pasé dos meses alimentándome de pizzas y hamburguesas. No había tiempo para más.
Ahora somos famosos y viajamos por todo el mundo: las mejores salas, las mejores orquestas. Tokio, Nueva York, Londres, Viena, París…Siempre viajando. Siempre siendo compañeros de viaje. Ahora, yo soy tú y tú eres yo. Eres mi familia. No he tenido tiempo de tener una mujer, ni hijos, suegra ni nada de eso. Mi vida eres tú. Sin ti no sería nada. Mi mundo se haría añicos y no sabría recomponerlo. Pasar demasiado tiempo juntos nos ha convertido en un matrimonio viejo que no es capaz de separarse; que no puede vivir el uno sin el otro y a veces con el otro tampoco. Es una bendición y una condena; un premio y un castigo. Juntos somos geniales; separados mediocres.
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