domingo, 10 de abril de 2011

La espera

Manuela esperaba todos los domingos a la puerta del geriátrico. A todo aquel que pasaba le decía: "Hoy viene mi hija a verme." Si el que pasaba se detenía unos segundos, sacaba una vieja foto raída y desgastada del bolso de una mujer de unos 40 años, se la mostraba al incauto y decía: "Esta es mi hija. ¿Verdad que es guapa? Hoy vendrá a verme."
Si el visitante volvía a pasar al rato por la puerta, Manuela seguía ahí y, como le fallaba la memoria y no se acordaba de las caras, repetía: "Hoy viene mi hija a verme." Y sacaba la foto del bolso.
Daba la hora de comer y Manuela seguía ahí, en la puerta esperando mientras decía: "Hoy viene, me lo ha prometido." Pero a la hora de merendar aún esperaba y tampoco se había movido a la hora de cenar. El celador la acompañaba a su habitación, mientras ella decía: "Es que ha estado muy ocupada en cosas importantes, pero el domingo que viene vendrá con total seguridad para darme un beso. Me lo ha prometido."

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