
Yo vivía en un bloque de viviendas. Esto no es que fuera nada especial, pero lo que pasa con las comunidades es que te puede tocar en suerte un vecino bueno o uno insufrible. A mí me tocó la vecina más pesada del universo. No puede haber nadie igual en ninguna parte. Vivía en el 5º A, puerta con puerta conmigo, cincuentona, casi siempre vestía una bata de guata de las baratas que comprara algún día regateando con la gitana de algún puesto en el mercadillo y llevaba rulos envueltos con una redecilla de pelo de color rosa. A veces llegaba yo, cansada de la jornada laboral y pensando en descalzarme y tirarme en el sofá y, de repente, como si hubiera estado escuchando al otro lado de la puerta, se abría y ahí estaba.
—Menos mal que la pillo. ¿Qué viene de trabajar? Ya veo. Eso está bien. Mire que le quería comentar que es que pone un poco alta la televisión y claro, no es por incordiar, pero es que mi Paco está con insomnio que se lo han provocado ahí en la oficina, pero como el pobre es tonto, pero, en fin, que sabe, si pudiera poner la tele un poco más baja…
—Pero si está ya al mínimo y la apago a las 11 que me voy pronto a dormir porque tengo que madrugar…
—Sí, pero es que sigue alta, de todos modos es que mi Paco tiene la salud muy delicada y le pediría que bueno que usted y su novio que vaya, bueno que sabemos que los tiempos han cambiado, pero verá, a ver si le va a pasar lo que le pasó a la del 6º C que el marido, la dejó, desapareció y no se le volvió a ver más el pelo. De modo que cuidado con los hombres. Que son de lo que no hay. Menos mal que yo he tenido suerte con mi Paco. El pobre que es un santo... Pero usted tenga cuidado con los hombres.
—Descuide—dije haciendo amago de querer entrar a mi apartamento.
—Si es que ya nada es como antes. Antes había decencia. No es que usted no la tenga, a ver si nos entendemos. Y yo, claro no me quiero meter en donde no me llaman, pero a ver, si su novio viene aquí todos los fines de semana, bueno, el último no vino y, bueno, que a ver que estará haciendo por ahí. Que a la hija del 4ºD la han dejado con bombo. ¿Qué cómo lo sé? Que hace meses que no sale a la calle y, claro, sumando dos y dos…Pues una que vaya que sabe lo que es el mundo y ha vivido y mire, piense mal y acertarás y…
—Buenas tardes—dije cerrando la puerta detrás de mi con alivio.
Esta escena y similares se repetían casi todas las tardes. Temía encontrármela cada vez que entraba o salía de mi casa y procuraba hacerlo siempre con sigilo para que no me viera, aunque pocas veces lo conseguí.
Una tarde fría de invierno que preferí quedarme en casa en lugar de salir a dar una vuelta me tumbé en el sofá y decidí matar el tiempo zapeando un poco. Detrás de las paredes de mi salón se oía a la vecina hablar y hablar sin parar ni tan siquiera para coger un poco de aliento. Yo me dediqué a cambiar un programa y luego otro sin quedarme realmente con ninguno, no había realmente nada que mereciera la pena ver hasta que decidí apagar la televisión. Al hacerlo me di cuenta que algo extraño había ocurrido. Volví a encender el televisor con el mando para ver qué era eso que me parecía tan raro. Nada. La vecina seguía hablando al otro lado de la pared. Apagué la tele. De pronto descubrí qué era lo que me parecía tan raro: el silencio. ¡Había dado la casualidad de que la vecina se había callado al apagar yo la tele! La volví a encender: ahí seguía hablando. La apagué otra vez: se callaba. Esto lo hice varias veces seguidas y cada vez que apagaba la tele, la vecina estaba callada; cuando la encendía, volvía a hablar. ¡Esto ya no podía ser casualidad! ¡Podía apagar a la vecina con el mando a distancia!¡A través de la pared! Algún tipo de interferencia debía haber que afectara los infrarrojos de mi mando porque traspasaban igual que ondas de radio el tabique que separaba mi vivienda de la otra. Y no sólo eso: influían en el comportamiento de mi vecina.
Desde aquel día me lo pasaba pipa en mi bloque: cuando quería paz, apagaba a la vecina. Descubrí también ciertas ventajas de tener ese inmenso poder en mis manos: cuando llegaban los vendedores a domicilio, la ponía en marcha y cuando abría la puerta se abalanzaba sobre ellos con toda aquella catarata de retórica que la caracterizaba. ¡Mejor que ningún perro guardián! Vendedor que venía, vendedor que no volvía a aparecer. Su marido, que acabó descubriendo el invento, se sintió inmensamente agradecido. De vez en cuando la apagábamos y nos íbamos a tomar unas cañitas al bar de abajo. Son los avances y las ventajas de la tecnología.
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