sábado, 9 de julio de 2011

La urna de tía Brígida



Hacía ya unos meses que había muerto tía Brígida, cuando sus herederos nos reunimos en su casa, llena de los recuerdos de toda una vida y donde había vivido desde siempre, para repartirnos los enseres que había dejado. No le quedaban ascendientes directos vivos ni descendientes directos, de modo que todos los que le quedaban éramos herederos de segundo y tercer grado.

Nos sentamos en torno a una mesa redonda: el tío Carlos, pariente lejano de la tía, con su segunda esposa, una rubia llamativa y mucho más joven que él; dos sobrinas lejanas de la tía difunta; un amigo abogado; un sobrino de Brígida que se llamaba Ismael y yo, prima en cuarto grado de la tía.

La casa de la tía estaba llena de objetos antiguos muy curiosos que ella había ido guardando. A lo largo de su interesante vida había llegado a conocer a mucha gente de todas las clases sociales; y gracias a su costumbre de no tirar nunca nada, ahora se habían encontrado entre otras cosas: un elegante canotié de su padre, con el bastón a juego; un faisán de porcelana que había pertenecido a un duque o archiduque conocido de la tía; un piano de juguete que le había regalado la infanta Doña Isabel de Borbón cuando la tía tenía cinco años; libros de oración (entre los que se incluía una edición de De imitatione Cristi de Tomas a Kempis en una edición de 1917); álbumes de fotos llenas de fotografías antiguas con personajes que no se sabía ni quiénes eran; incontables imágenes de santos y reliquias e incluso antiguas calificaciones de cuando ella iba a la escuela, todas ellas con sobresaliente. Objetos testigos de la vida de la tía y pruebas de su firme personalidad.

Hacía una semana que tía Brígida había sido incinerada y en una esquina sobre una pequeña vitrina estaba aún la urna con sus cenizas esperando a que alguien se las llevara a alguna playa para arrojarlas al mar, según lo dispuesto en sus últimas voluntades. La urna de un azul apagado presidía la escena de aquella reunión de herederos y parecía vigilar desde el más allá el comportamiento de sus parientes.

Se sentía aún la presencia y la fuerte personalidad de la tía Brígida por toda la casa. En vida había sido una institución en la familia; una de esas personas que imponen su voluntad sólo con la mirada y que cuando hablan dictan sentencias. Todos esos objetos estaban impregnados de su energía y estaban vivos. Era como si no se hubiera marchado aún del todo…

Comenzó a hablar el amigo abogado.

—He hecho, siguiendo lo que dispuso Brígida, un inventario de todos los enseres para que vosotros, los herederos, cojáis en consenso lo que queráis. Os enumero:

-Cinco tapices flamencos del XVII.

-Seis alfombras: tres persas, dos afganas y una paquistaní. Tejidas a mano y antiguas.

-Una docena de cuadros de diversos artistas de renombre.

-Tres figuras de marfil de talla del siglo XIX

- Un abrigo de visón

-Un tocador art decó de principios del siglo XX

-Un escritorio de madera de ébano también de principios de siglo XX…

Y siguió enumerando todo lo que había de contenido en la casa. La joven esposa del tío Carlos se había estado moviendo de un lado a otro de la silla de manera impaciente peinando hacia atrás su cabellera larga de mechas de peluquería y entornando los ojos cada poco tiempo. Cuando hubo acabado el abogado con la lista, sin poder aguantarse más, prorrumpió:

— ¿Y las joyas que tenía? ¿Qué pasa con ellas? ¿Quién de vosotros se ha quedado con ellas?! ¡Algunas eran diamantes valorados en un millón de pesetas!

— ¿Pero qué dices? Tú lo que tienes que hacer es callarte que a ti no te toca nada—prorrumpió el tío Ismael.

— ¡A mí no me mandes callar! No te lo consiento. A ver si vas a ser tú el que se ha quedado con las joyas. Claro, tú, como sobrino de Brígida, tenías una llave de la casa y has venido aquí, sin decir nada y te has llevado las joyas. ¡Ladrón!

— ¿Me llamas ladrón a mí?!— le gritó Ismael que al levantarse de un salto casi tira la silla haciéndose daño en una rodilla.

—Calma, calma, —dijo el abogado— tengamos la fiesta en paz.

Sin embargo, el lío ya estaba montado y los herederos nos habíamos levantado de las sillas prorrumpiendo en toda una serie de gritos e insultos los unos contra los otros. Sin hacer mucho caso del pobre abogado que intentaba que volviese a reinar la calma correteando como pollo sin cabeza por la salita con los brazos en alto. El tío Carlos gritaba el que más y el tío Ismael se estaba poniendo colorado y luego morado. Una de las sobrinas tiraba a la rubia de los pelos mientras la otra se puso a llorar en una esquina. Yo me uní a la fiesta y comencé a insultar al que se me pusiera delante.

Mientras, en su esquina, y sin que nadie se diera cuenta, la urna con las cenizas de la tía hizo se agitó levemente. Siguió el griterío y de nuevo se movió la urna, está vez con más fuerza. Como nadie se había dado cuenta, siguió temblando con insistencia, cada vez con mayor violencia, como si la tía protestara desde el más allá con todas sus fuerzas. El balanceo fue más y más intenso hasta que a veces se acercaba peligrosamente al borde de la vitrina. A punto estuvo de caerse cuando una de las sobrinas gritó:

— ¡La urna! ¡Se está moviendo! ¡Habéis cabreado a la tía!

Todo el mundo giró la cabeza y lo pudimos comprobar: la urna oscilando como loca por la vitrina. ¡La tía estaba enfadadísima!

La esposa joven y rubia dio un grito y se agarró con todas sus fuerzas a su marido. Las dos sobrinas, lívidas, se cogieron de la mano retrocediendo a una de las paredes más alejadas de la estancia y tanto el abogado como Ismael se quedaron petrificados en sus sitios, sin poderse mover. La urna no paraba de agitarse, como si les estuviera echando una descomunal reprimenda.

—Sentémonos despacio y hagamos la repartición en calma —dijo el abogado cuando hubo recuperado el habla.

Poco a poco se fueron sentando en silencio todos de nuevo en sus asientos no sin mirar de reojo la vitrina con las cenizas. La urna fue vibrando cada vez más despacio y no se detuvo del todo hasta que no se hubo restaurado de nuevo la calma y el consenso.

Nadie más osó volver a mencionar las joyas.

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