
Federico era un pelícano nada común pues sentía una enorme curiosidad por las cosas. No quería vivir la vida vulgar de los otros pelícanos, una vida rutinaria sin aventuras, sin vivir. Estaba deseando algún día viajar y conocer otros lugares.
Un buen día encontró en la playa una vieja caja de metal con unos dibujos. Todavía se distinguía el Big Ben junto a una cabina de teléfonos roja y unas letras que decían “Londres” en verde y dorado.
—Ahí tengo que ir. Iré a Londres a darme una vuelta.
¿Pero, dónde estaba ese sitio? ¿Hacia donde volar?
Vivía en la isla un viejo pelícano retirado. Era el más veterano de todos y conocido por conocer infinitud de países y muchas historias. Federico fue a verle y le preguntó:
—¿Cómo tengo que hacer para llegar a Londres?
—Vuela siempre de noche. Tienes que dejar Casiopea a la derecha y sigue en línea recta. Londres está en una isla, de modo que primero verás la playa y unos acantilados. Sigue hacia el norte y llegarás a Londres. La distinguirás porque es una de las ciudades más grandes y luminosas que verás.
Sin despedirse de nadie, Federico emprendió el vuelo al día siguiente. Solo sobre la inmensidad del mar, se sentía un poco pequeño y perdido, pero más fuerte era su necesidad de aventura. Cuando sentía hambre, simplemente se lanzaba en picado, atrapaba algún pez pequeño y lo engullía en pleno vuelo. Ser pelícano tiene ciertas ventajas. Cuando sentía cansancio, se posaba sobre alguna ola que le mecía en un dulce sueño y echaba una siesta.
De este modo, tras algunos días de viaje, divisó por fin las costas de Gran Bretaña, cuna de leyendas artúricas y celtas. Tras sobrevolar los riscos de la costa, las olas azules del mar se convirtieron en olas verdes de amplias praderas sin fin. Siguió el vuelo y pronto divisó las primeras casas de Londres.
Eran todas casitas bajas, adosadas en largas filas, salpimentado el paisaje de árboles. Tras una hora más de vuelo, por fin pudo Federico distinguir un extraño edificio sobre el horizonte: el pepino de Londres. Había llegado a su destino. Sobrevolando la ciudad, sobre el Támesis,
Mr. Bernie Hayes, jubilado, 70años estaba sentado en un banco de Hyde Park, junto al monumento a la memoria de Diana de Gales. Venía de hacer alguna compra en Oxford Street y que gustaba este lugar porque había muchos niños jugando, se acordaba de sus nietos, mientras contemplaba las barcas pasear por el estanque. De pronto se sobresaltó. Un pelícano enorme había aterrizado en el camino junto a él y se movía en dirección suya. Al llegar junto al banco, el pelícano dio un salto y se subió al banco junto a Mr. Hayes. En un primer momento, el hombre se sobresaltó, pero al ver que el pajarraco no le hacía nada, se fue tranquilizando y comenzó a sentir curiosidad. Era un cambio en su rutinaria vida de jubilado.
Mr. Hayes le comenzó a hablar al pajarraco en su acento de cockney.
—¿De dónde vienes, amigo? Debe ser desde muy lejos. Los pelícanos en Londres no abundan. De hecho, es la primera vez que veo uno. Alguna vez me he quedado viendo algún documental de
Federico se le quedó mirando. No entendía nada del macarrónico inglés del hombre, pero le pareció simpático. Entendía que tenía ganas de hablar, de modo que ladeó la cabeza, como si le hubiera entendido.
—Seguro que tienes hambre. Mira te voy a dar aquí un resto de pescado que llevo a ver si te gusta.
Mr Hayes se sacó del bolsillo de la chaqueta un papel de periódico en el que parecía ir doblado algo.
—Me ha sobrado algo del fish and chips que almorcé y me lo pensaba cenar, pero, como se ha quedado frío, te lo doy a ti que no creo que te importe.
Federico, que estaba muerto de hambre, engulló el trozo de pescado grasiento con restos de patatas fritas frías y blandas como si de un manjar se tratase. Después miró al hombre con cara de agradecimiento.
—Te ha gustado, ¿verdad? Me alegro haberte conocido. Hace mucho que no hablo con nadie. Mis hijos me visitan poco y cuando vienen, no se quedan mucho rato. Son muchachos y, ya sabes lo que pasa, las mujeres los acaparan. Piensan que soy un viejo chocho y algo raro. Puede que tengan razón, pero así es la edad. Uno se vuelve viejo y raro. Vivo solo y echo mucho de menos a mi mujer. No es que nos llevaramos muy bien, pero es la costumbre. Y ahora ¿qué me queda? Mírame, aquí en un parque hablando con un pelícano. Si lo cuento, pensaran que ya tengo demencia. Bueno, que lo crean. No sé, no sé. Esta vida no tiene sentido. ¿No crees? Nacemos, trabajamos como mulas, tenemos unos hijos para que luego no te hagan ni caso. Te vuelves viejo y enfermo y la vejez es muy muy larga, mucho más larga que la juventud. La juventud se pasa enseguida. No nos damos ni cuenta. Y luego, todo pasa volando. Entonces ¿para qué sirve todo esto?
Federico no entendía nada, pero estaba a gusto con este hombre. Le parecía una persona muy simpática y el parque muy bonito. El sol brillaba entre las hojas del árbol que estaba detrás del banco y les daba sombra, la temperatura era agradable, se estaban formando algunas nubes en el cielo y llovería, pero no hasta dentro de un rato y los críos saltaban y brincaban en el monumento a Diana jugando con el agua y las fuentes. Olía a césped recién cortado. Era delicioso simplemente estar tranquilo y disfrutar. Tenía la tripa llena y se sentía feliz de haber conocido Londres. Ahora era un pelícano de mundo y seguiría explorándolo siempre que pudiera. El hombre junto a él parecía tener una cara más triste ahora, aunque no entendía por qué. Le miraba fijamente, intentando entenderle. No es posible estar triste, si uno tiene todo eso que necesita para simplemente ser.
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