Hoy, al salir de mi garaje, me dio un coche que iba delante.
De repente —yo estaba tan tranquila para salir del garaje detrás de él— veo que se aproxima muy deprisa marcha atrás.
No me da tiempo a alejarme. Sé que me va a dar. Y suena el golpe. No me había
visto porque no había mirado por el retrovisor. Una mujer salió del vehículo para comprobar
que no había pasado nada.
Entonces yo dije tranquilamente: “Hay que mirar dando marcha
atrás.”
Esa simple afirmación, clara, llana y obvia, hizo que
saltaran todos los resortes de la mujer que inmediatamente pasó a echarme la
culpa: que si no había mantenido la distancia de seguridad, que si tenía que
ver yo que tenía que dar marcha atrás porque se abría la puerta, del garaje.
Repetí: “Hay que mirar.” La mujer que se había vuelto a sentar al volante,
volvió a salir. Busco apoyo en la conductora de un tercer coche que estaba
detrás de mío. “¡Pero que me dice que hay que mirar!” En fin, cualquier cosa,
menos admitir lo simple: un error por no mirar en el retrovisor antes de dar
marcha atrás.
No se qué hubiera pasado, si en vez de ser yo un coche, soy
un niño o una persona que deja seca por no mirar en el retrovisor.
No hubo daños materiales, el único daño es el orgullo
herido, porque alguien osó llamar la atención sobre su fallo. Una chica de un
Twingo, alguien aparentemente inocuo, igual un poco tonta, así a primera vista,
osa llamar la atención sobre una torpeza.
Eso me hace pensar el lo difícil que es reconocer este tipo
de llamadas de atención, aceptar la crítica y, con humildad, reconocer los
errores. Y, creedme, esta mujer sabía perfectamente que había metido la pata.
Finalmente la dije que se largara que nos estaba haciendo
perder el tiempo y que necesitábamos salir. Y se fue.

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