viernes, 17 de agosto de 2012

contaminación acústica

Hace un par de semanas hay un hombre que suele estar en el bar de debajo de mi casa que tiene terraza y que ha decidido deleitarnos de cuando en cuando con su arte en cantar saetas. Nada tengo en contra del ancestral arte de la saeta, pero esto es otra cosa. No sé si es que es así o si se pimpla un poco, pero comienza el concierto poniendo más pasión que arte. Se infla y empieza a soltar sonidos cual fuelle de hoguera en la profunda convicción de que el público, del todo involuntario, sabemos apreciar su arte. Aquellos que estén en la calle, pueden hacer mutis, pero los que estamos en casa no tenemos escapatoria: no nos queda más que cerrar las ventanas o encerrarnos en el baño y esperar que la jaculatoria sonora pase pronto, como las tormentas. El registro de este improvisado barítono debe estar rayando el infrasonido, aunque no tengamos esa suerte. Mis conocimientos en música no son lo suficientes para describir lo que oigo, pero en cualquier caso, no parecen sonidos humanos, más bien provenientes del mundo de los cetáceos. O así se me antoja. Una de las bendiciones de la llegada del otoño será que el hombre y su arte debarán buscar resguardo dentro del bar para deleitar a otros. Claro que este será su problema.

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