María está en la cocina. Friega los
platos que se amontonan junto a la pila. El cabello, mal recogido con una pinza,
necesita un tinte urgente. Está pálida y
tiene ojeras. Viste unos vaqueros raídos y una camiseta blanca desgastada. Las
zapatillas de chancleta tienen agujeros por donde se asoman los dedos pequeños
de los pies. Se ha puesto un delantal de flores azules y verdes. Con el
estropajo en la mano, friega deprisa una pila de platos, cacerolas y una sartén.
Tiene el ceño fruncido y una expresión preocupada. Tiene prisa, mucha prisa. Quiere
dejarlo todo recogido lo antes posible. Sobre la mesa de la cocina hay una
tortilla, embutido, pan y una botella de tinto barato. La mesa está puesta para
un comensal. Los platos son de arcopal y la servilleta de papel. El mantel de
hule es de flores naranjas. La luz blanca proviene de un triste neón en el
techo. Los azulejos de color cáscara de huevo están viejos y pasados de moda.
El motor de la nevera vieja emite un insistente zumbido. Los visillos están
viejos, pero recién lavados.
Ella se estremece. Acaba de oír unas llaves en la puerta de entrada. Oye
como la puerta se abre y se vuelve a cerrar. Unos pasos fuertes se acercan a la
cocina. Ella friega más deprisa aún. Un hombre entra. Julián es alto y fuerte,
unos cuarenta y cinco años. No se ha afeitado hace varios días. Lleva un
pantalón de peto y una camiseta vieja con cercos de sudor debajo de las axilas.
El pantalón, blanco algún día, está lleno de gotas de pintura de todos los
colores. Se dirige directamente a la mesa sin mirar a María que busca refugio
en una de las esquinas de la cocina. Mira la comida con cara de fastidio, pero
se sienta con brusquedad en la silla de anea poniendo los pies en los
travesaños laterales. Quita el tapón de plástico de la botella de tinto y se
llena el vaso hasta el borde. El líquido rojo desaparece en su boca de un
trago. Se aprecia como le baja por el gaznate. Vuelve a llenarse el vaso. Parte
con las manos un trozo de la barra de pan y corta un tercio de la tortilla que
se sirve en el plato sin más ayuda que el tenedor y los dedos. Las manos están
sucias aún del trabajo del día. No se ha molestado en lavarlas antes de cenar.
Se limpia las manos en el peto.
María sigue en su esquina.
Tiembla. Espera a que su marido termine de cenar. Se queda ahí por si le pide
algo. Está a la expectativa. Mientras, él engulle la tortilla a grandes bocados
y bebe el vino: siempre todo el vaso de un trago. Cuatro vasos llenos hasta el
borde caen mientras cena. Alguna gota se le escurre por las comisuras de la
boca mientras mastica con la boca abierta. Cuando acaba eructa y se escarba los
dientes con el dedo meñique. Luego se levanta y se dirige hacia María. Ella le
mira con ojos de terror. Sin venir a cuento, él le pega una bofetada en la
cara. Ella vuelve la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Él le agarra un
pecho con su manaza y lo pellizca con violencia. Ella se encoje dolorida.
Después él se aleja mientras suelta una carcajada y se va al salón donde
enciende la televisión en la que transmiten un partido, se sirve un “Soberano” del
aparador y se sienta en el sofá con los pies sobre la mesilla de noche. Aún no
se ha quitado la ropa de trabajo.
María entre tanto se ha incorporado. Con los brazos apoyados en la
encimera llora amargamente. Tiene la cara congestionada por el golpe y el
llanto.
Julián está recostado en el sofá con los pies en alto sobre la mesilla.
Se acaba de servir su segundo brandy y se ha encendido un cigarrillo. En la
televisión un partido de fútbol cualquiera. Aún no se ha quitado la ropa de trabajo. Unas
salpicaduras de sangre se unen a las manchas de pintura de su peto de trabajo.
Parece que hoy hubiera pintado color rojo oscuro. Sonríe, satisfecho de sí mismo.
Acaba de hacerse valer.
En la cocina no se oye nada. El silencio es muy intenso. Demasiado. Hace
un calor plomizo. De vez en cuando el sonido de alguna mosca y el comentarista
del partido a lo lejos. Julián de vez en cuando insulta al árbitro con su voz
de cazallero. De fondo se oye el ruido
del motor de la nevera.
María está tendida en el suelo boca arriba. Un ojo está en blanco, el
otro está hinchado y ha adquirido un
tono morado oscuro. No lo puede abrir. La nariz está reventada del golpe con el
plato. Un hilo de sangre se desliza de las fosas nasales rostro abajo hacia el
cuello. El delantal de flores azules y verdes muestra salpicaduras encarnadas. Algunos
mechones de su pelo castaño están pegados a la cara por la sangre coagulada y negruzca.
Apenas se puede mover; apenas puede respirar. Le duelen las costillas. No tiene
fuerzas ni para lamentarse.
En el suelo, junto a ella, hay un
plato de arcopal sucio de restos de tortilla de patata y ésta, que se había
estampado contra la pared de azulejos, se ha ido deslizando hasta llegar al
suelo. La mesa sigue puesta, sin tocar.
Hoy a Julián no le apetecía tortilla.
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