domingo, 6 de octubre de 2019

Un día caminando por la calle


 Un día iba caminando por la calle y se encontró con un gato azul. Él se quedó parado. “¡Un gato azul!?” De dónde habría salido esa extraña criatura que le estaba mirando con una mirada penetrante como solo lo saben hacer los gatos.
--¡Miau! –le dijo el extraño animal en un tono que parecía ser completamente normal--. ¡Miau!
--Hola. ¿Quién eres tú? ¿Y por qué eres azul? –le preguntó el niño.
--¡Miau! –fue la única respuesta que recibió.
      El niño extendió la mano para acariciarlo y el gato se dejó. El animal se acercó un poco, arqueó un poco la espalda y se dejó acariciar el hermoso lomo azul añil que brillaba bajo la luz del sol.
--¡Qué guapo eres! –le dijo el niño.
--¡Miau!
     La piel no parecía estar teñida, sino ser azul natural. Y el gato llevaba su azulidad por la vida con la mayor naturalidad. Tan solo se sorprendía el niño. La gente que iba caminado por la calle no parecían darse cuenta de este detalle. Iban enfrascados en sus pensamientos sin percatarse de que estaban pasando cerca de un extraño animal, un animal casi de fábula o mágico. Pasó una madre con su niña de la mano. Ella arrastraba a la que probablemente sería su hija de una mano con determinación y fuerza. La niña se quejaba. Tenían prisa porque llegaban tarde a alguna parte. La madre parecía estresada. La niña se detuvo y quiso contemplar el gato.
--¡Mami! ¡Mira que gato!
     Pero la madre tenía demasida prisa ahora para fijarse en un gato y tiró de la niña.
--Vamos, hija. Que tenemos mucha prisa y no llegamos al cole. Ya vamos tardísimo.
--¡Pero mami!
    No sirvieron para nada las protestas y pronto se alejaron madre e hija calle abajo en dirección de los edificios del colegio.
     El niño acarició un poco más al gato y luego dijo:
--Me tengo que marchar porque mi madre me espera en casa con el recado, pero pronto nos veremos otra vez. Yo paso por aquí todos los días.
     El niño, que se llamaba Juanito, volvió a coger las bolsas que había dejado en el suelo con la compra. Llevaba una cabeza de coliflor, un tetrabrik de leche, un bote de chocolate en polvo, unos huevos y poca cosa más. La madre de Juanito, que llevaba ya algunos años divorciada, se había quedado en el paro hacía muchos meses. Pero con 52 años ya no la empleaban en ningún sitio. Había estado trabajando en la fábrica cercana, había sido operaria de la cadena de montaje –un trabajo duro y arduo, además de mal pagado—y con el escaso sueldo habían ido sobreviviendo ella y su hijo. Ahora ella había caído en cierta depresión o inercia y no buscaba ya un nuevo empleo ni se movía casi de casa. Se pasaba el día bebiendo tinto de tetrabrik y fumando tabaco del barato. Vestía siempre el mismo chándal viejo y raído, tachonado de múltiples manchas de diversa procedencia y unas zapatillas de deporte rotas y desgastadas que en su día habían sido blancas. A Juanito le daba mucha rabia ver a su madre así. Como adolescente que era, no sabía canalizar esa rabia y a menudo pegaba puñetazos a las paredes haciéndose él daño en los nudillos. Pero era un buen chico. Había conseguido que en el bar de al lado le dieran un trabajo recogiendo y limpiando mesas. No le pagaban, pero le daban un plato para comer y para cenar todos los días para él y para su madre. Él no faltaba ningún día a hacer ese trabajo.
     Juanito aún iba al instituto, pero muchos días faltaba. Su madre, que muchos días educativo tradicional. Por eso muchos días se quedaba en casa para ayudar a su madre. El día en el que se encontró con el gato azul había sido uno de esos días. A sus catorce años, a medio camino entre el niño y el adulto, había dejado de creer ya en la magia de la vida. Hasta que se encontró a ese extraño animal, acurrucado sobre el muro, que le miraba como solo los gatos saben mirar. 
Él no veía mucho sentido en ir al instituto. Si bien deseaba para sí y para su madre un futuro mejor, había dejado de creer en el sistema mirada, de un intenso verde, era penetrante, observadora, reveladora de una profunda sabiduría ancestral.  Juanito se sentía algo inquieto pues percibía que el felino sabía más sobre él de lo a él le convenía. Parecía tener un alma muy antigua y reírse de las pobres desgracias de los humanos, ignorantes del verdadero sentido de las cosas.
     Al cabo de dos o tres días, Juanito se volvió a encontrar al bicho sentado plácidamente al sol junto al muro. El animal, medio adormilado, no hizo mucho caso al chico. Solo abrió un poco los ojos y lo observó con indiferencia. Después siguió con su siesta como si el muchacho no existiera, ni estuviese ahí junto al muro.
--Hola, bicho. ¿Qué tal estás?
   El gato abrió un poco los ojos para volverlos a cerrar.
--¿Quieres seguir durmiendo? Te dejo en paz. Eres muy guapo, con ese pelo azul. Qué extraño que nadie se haya dado cuenta de eso?
     El gato comenzó a ronronear. Parecía entender las palabras de su nuevo amigo y se sentía a gusto con ellas. Se estiró un poco, dejando la panza al sol. Juanito alargó la mano para acariciarlo y el gato se dejó.
--Tengo pocos amigos. En realidad, no tengo ninguno. Así que serás mi amigo, gato.
  El bicho ronroneó de nuevo un poco mientras Juanito le acariciaba y le hablaba.
--Amigo.
     Juanito se regocijaba con el sonido de la palabra.
--Amigo –repitió.
     Al día siguiente, Juanito trajo consigo un poco de pienso seco para gatos y se lo dejó al animal cerca. El bicho se estiró, levantó la cola en señal de absoluta felicidad y se acercó al cuenco de plástico para comer un poco. El muchacho se quedó en su sitio, observando cómo comía su nuevo amigo. De pronto se sintió unido a ese animal mucho más de lo que se pudiera imaginar. ¿Y si el animal fuera una parte de él, su alma primigenia, su alma de niño, su yo esencial que se había escapado y se había convertido en un ser distinto, un ser excepcional que ahora se había manifestado delante de él? Así, convertido en un ser distinto, Juanito le haría más caso, en lugar de querer esconderlo en los confines de su mente porque la sociedad y la educación ya estaban haciendo sus estragos en el muchacho que se estaba alejando de su verdadero ser. Ahora el alma se había convertido en un gato azul antes de que Juanito se hubiera perdido para siempre en el laberinto sórdido de la adultez.





















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