sábado, 12 de octubre de 2019

El baobab que bailaba seguidillas


El baobab que bailaba seguidillas
Érase una vez un baobab que vivía en la Isla de Santa María, frente a la costa este de Madagascar, cerca del mar y no muy lejos de un cementerio de piratas en el que las tumbas se habían señalado con banderas negras, pintadas con una calavera y tibias cruzadas blancas, que se mecían en el viento cálido del Océano Índico.  Nuestro amigo el baobab vivía satisfecho y feliz en su comunidad de baobabs, viendo cómo se levantaba el sol en el este por encima del océano y se volvía a poner detrás de la isla, más allá de Mozambique y mucho más lejos de lo que la vista le alcanzaba. Jugaba con los pájaros que hacían nidos entre sus ramas, veía reproducirse y jugar a los lémures, los gecos y las majestuosas boas como serpenteaban entre la maleza. Se sentía pleno y satisfecho. Sin embargo, había algo que le faltaba para ser completamente feliz: tenía alma de artista y pasaba las horas soñando con ser un pintor, un músico o un poeta. A menudo, pese a que estimaba mucho a sus amigos y vecinos, los otros baobabs, se aburría un poco porque ellos eran mayores, acomodados y burgueses, habían dejado de lado el espíritu de niño y habían perdido la capacidad de soñar y crear. «La vida es seria y uno tiene que crecer y convertirse en un baobab de pro», repetían a menudo con aire condescendiente.  De este modo, las vidas de los baobabs más mayores y aburguesados parecían haberse estancado, mientras que nuestro baobab protagonista se iba con la mente a la luna y a las estrellas y viajaba por mundos imaginarios en los que siempre era el protagonista.
Los baobabs son árboles curiosos. Son diferentes al resto de los árboles. A veces parecen árboles al revés puesto que parecen tener las raíces arriba y la copa enterrada. De familia Malvaceae y género Adansonia, el tronco masivo va adquiriendo la forma de una botella a partir de los doscientos años de edad y pueden vivir hasta mil años, alcanzando una altura de treinta metros y un diámetro de once. Los baobabs en África se consideran árboles sagrados cuyas flores de pétalos blancos son hermafroditas y el fruto parece un melón alargado. Además se pueden convertir en depósitos de agua que almacenan miles de litros. Por eso grandes poetas han loado este árbol y la comunidad de baobabs se sentía muy orgullosa de este legado.
Un buen día llegaron unos turistas venidos del sur de España de una ciudad de Jaén que se llama Alcalá la Real atraídos por las maravillas que habían oído sobre África y acamparon junto a nuestro amigo. Por la noche encendieron una hoguera y, después de cenar, reunidos todos alrededor del fuego y al fondo con un cielo salpimentado de estrellas, uno de ellos se puso a cantar unas hermosísimas canciones de flamenco: tientos, alegrías, fandangos y bulerías mientras sus amigos le acompañaban con las palmas. Cantaban y reían alrededor del fuego: «¡Ay, penas, penas tiene mi mareeee…!». El baobab escuchaba extasiado esas bellas canciones y en algún momento se le escapó alguna lágrima de savia que bajó rodando por el tronco.
Una de las veces el cantaor entonó una canción extraordinariamente hermosa con un ritmo distinto a los demás, una fuerza especial. Esta canción era una seguidilla. Cuando la oyó, nuestro amigo el baobab se emocionó aún más. Miró hacia el cielo y con la voz quebrada exclamó: «Ese es mi arte. Por fin lo he encontrado».
Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el baobab comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo que aún le sonaba en el recuerdo y poco a poco se sumergió en la música, para sacar el sentimiento que llevaba dentro. La experiencia le entusiasmó, de modo que comenzó a ensayar todos los días.
«Tú no sabrás bailar nunca», le decían sus compañeros baobab. «Eres un árbol. Los árboles no bailan. Tienen raíces y no se pueden mover de donde están». Nuestro amigo no les hizo caso y prefirió escuchar su llamada interior. Bailaba y ensayaba y se movía expresando su arte sin moverse, claro, ni un ápice de su sitio.
Después de un tiempo ya sabía bailar bastante bien y sentía con toda el alma el baile y el arte: desde la corona, las ramas y las hojas, hasta las raíces. Lo mejor que se le daban eran las seguidillas. Ese palo triste, con su melancólico ritmo trágico: un, dos, un, dos, un, dos, un, dos, tres, un, dos, tres, un…El baobab se metía de lleno en el papel de bailarín y se dejó llevar por el duende, moviendo las ramas y las hojas al son: tás, tás, tás y raca, giraba el tronco mirando hacia atrás con mirada férrea y desafiante. Las raíces hacían las veces de bata de cola mientras que sus flores blancas parecían los  lunares de un traje de faralaes. A veces movía las ramas y los frutos se mecían y se chocaban los unos con los otros produciendo un sonido parecido a las castañuelas. Nuestro amigo se sentía feliz y completo.
Había nacido una estrella. No sabemos si sus otros amigos baobabs llegarían a comprender arte, pero le toleraban esas pequeñas excentricidades de divo, porque el baobab al fin y al cabo tenía un gran corazón. Llevó el sentimiento en su corazón de madera hasta el final de sus días. Muchas noches, rodeado de todos los retoños que habían ido apareciendo junto a él, hijos y nietos baobabs, le escuchaban una y otra vez la historia de aquella noche mágica en la que conoció el flamenco, seguida de una pequeña demostración de su arte imperecedero. Así fue que en la Isla de Santa María se quedó para siempre un trocito del sur de España.

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