El baobab que bailaba seguidillas
Érase una vez un baobab
que vivía en la Isla de Santa María, frente a la costa este de Madagascar, cerca
del mar y no muy lejos de un cementerio de piratas en el que las tumbas se
habían señalado con banderas negras, pintadas con una calavera y tibias
cruzadas blancas, que se mecían en el viento cálido del Océano Índico. Nuestro amigo el baobab vivía satisfecho y
feliz en su comunidad de baobabs, viendo cómo se levantaba el sol en el este
por encima del océano y se volvía a poner detrás de la isla, más allá de
Mozambique y mucho más lejos de lo que la vista le alcanzaba. Jugaba con los pájaros
que hacían nidos entre sus ramas, veía reproducirse y jugar a los lémures, los
gecos y las majestuosas boas como serpenteaban entre la maleza. Se sentía pleno
y satisfecho. Sin embargo, había algo que le faltaba para ser completamente
feliz: tenía alma de artista y pasaba las horas soñando con ser un pintor, un
músico o un poeta. A menudo, pese a que estimaba mucho a sus amigos y vecinos,
los otros baobabs, se aburría un poco porque ellos eran mayores, acomodados y
burgueses, habían dejado de lado el espíritu de niño y habían perdido la
capacidad de soñar y crear. «La vida es seria y uno tiene que
crecer y convertirse en un baobab de pro», repetían a menudo con aire
condescendiente. De este modo, las vidas
de los baobabs más mayores y aburguesados parecían haberse estancado, mientras
que nuestro baobab protagonista se iba con la mente a la luna y a las estrellas
y viajaba por mundos imaginarios en los que siempre era el protagonista.
Los baobabs son árboles
curiosos. Son diferentes al resto de los árboles. A veces parecen árboles al
revés puesto que parecen tener las raíces arriba y la copa enterrada. De
familia Malvaceae y género Adansonia, el tronco masivo va adquiriendo la forma
de una botella a partir de los doscientos años de edad y pueden vivir hasta mil
años, alcanzando una altura de treinta metros y un diámetro de once. Los baobabs
en África se consideran árboles sagrados cuyas flores de pétalos blancos son
hermafroditas y el fruto parece un melón alargado. Además se pueden convertir
en depósitos de agua que almacenan miles de litros. Por eso grandes poetas han
loado este árbol y la comunidad de baobabs se sentía muy orgullosa de este
legado.
Un buen día llegaron unos
turistas venidos del sur de España de una ciudad de Jaén que se llama Alcalá la
Real atraídos por las maravillas que habían oído sobre África y acamparon junto
a nuestro amigo. Por la noche encendieron una hoguera y, después de cenar,
reunidos todos alrededor del fuego y al fondo con un cielo salpimentado de
estrellas, uno de ellos se puso a cantar unas hermosísimas canciones de
flamenco: tientos, alegrías, fandangos y bulerías mientras sus amigos le acompañaban
con las palmas. Cantaban y reían alrededor del fuego: «¡Ay, penas, penas tiene mi mareeee…!». El baobab escuchaba extasiado esas bellas canciones y en
algún momento se le escapó alguna lágrima de savia que bajó rodando por el
tronco.
Una de las veces el
cantaor entonó una canción extraordinariamente hermosa con un ritmo distinto a
los demás, una fuerza especial. Esta canción era una seguidilla. Cuando la oyó,
nuestro amigo el baobab se emocionó aún más. Miró hacia el cielo y con la voz
quebrada exclamó: «Ese es mi arte. Por fin lo he encontrado».
Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el baobab comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo que aún le sonaba en el recuerdo y poco a poco se sumergió en la música, para sacar el sentimiento que llevaba dentro. La experiencia le entusiasmó, de modo que comenzó a ensayar todos los días. «Tú no sabrás bailar nunca», le decían sus compañeros baobab. «Eres un árbol. Los árboles no bailan. Tienen raíces y no se pueden mover de donde están». Nuestro amigo no les hizo caso y prefirió escuchar su llamada interior. Bailaba y ensayaba y se movía expresando su arte sin moverse, claro, ni un ápice de su sitio.
Al día siguiente, cuando se hubieron marchado los turistas, el baobab comenzó a mover sus ramas y sus hojas al son de las canciones que había escuchado y que aún guardaba en su memoria. Comenzó a moverse y a girar el tronco al son del ritmo que aún le sonaba en el recuerdo y poco a poco se sumergió en la música, para sacar el sentimiento que llevaba dentro. La experiencia le entusiasmó, de modo que comenzó a ensayar todos los días. «Tú no sabrás bailar nunca», le decían sus compañeros baobab. «Eres un árbol. Los árboles no bailan. Tienen raíces y no se pueden mover de donde están». Nuestro amigo no les hizo caso y prefirió escuchar su llamada interior. Bailaba y ensayaba y se movía expresando su arte sin moverse, claro, ni un ápice de su sitio.
Después de un tiempo ya
sabía bailar bastante bien y sentía con toda el alma el baile y el arte: desde
la corona, las ramas y las hojas, hasta las raíces. Lo mejor que se le daban
eran las seguidillas. Ese palo triste, con su melancólico ritmo trágico: un,
dos, un, dos, un, dos, un, dos, tres, un, dos, tres, un…El baobab se metía de
lleno en el papel de bailarín y se dejó llevar por el duende, moviendo las
ramas y las hojas al son: tás, tás, tás y raca, giraba el tronco mirando hacia
atrás con mirada férrea y desafiante. Las raíces hacían las veces de bata de
cola mientras que sus flores blancas parecían los lunares de un traje de faralaes. A veces movía
las ramas y los frutos se mecían y se chocaban los unos con los otros
produciendo un sonido parecido a las castañuelas. Nuestro amigo se sentía feliz
y completo.
Había nacido una
estrella. No sabemos si sus otros amigos baobabs llegarían a comprender arte,
pero le toleraban esas pequeñas excentricidades de divo, porque el baobab al
fin y al cabo tenía un gran corazón. Llevó el sentimiento en su corazón de
madera hasta el final de sus días. Muchas noches, rodeado de todos los retoños
que habían ido apareciendo junto a él, hijos y nietos baobabs, le escuchaban
una y otra vez la historia de aquella noche mágica en la que conoció el
flamenco, seguida de una pequeña demostración de su arte imperecedero. Así fue
que en la Isla de Santa María se quedó para siempre un trocito del sur de España.
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