Cuando el niño
era niño,
andaba con los
brazos colgando,
quería que el
arroyo fuera un río,
que el río fuera
un torrente,
y este charco el
mar.
Cuando el niño
era niño,
no sabía que era
niño,
para él todo
estaba animado,
y todas las
almas eran una.
Cuando el niño
era niño,
no tenía opinión
sobre nada,
no tenía ningún
hábito,
frecuentemente
se sentaba en cuclillas,
y echaba a
correr de pronto,
tenía un
remolino en el pelo
y no ponía caras
cuando lo fotografiaban.
Este fragmento del maravilloso poema del escritor
austriaco Peter Handke, recientemente laureado con el Premio Nobel, con que el Wim Wenders inicia la película El
cielo sobre Berlin (1987). Me ha hecho pensar ahora en aquello que hemos
perdido en la adultez: esa capacidad de ver todo como algo grande y
maravilloso, de convertirlo todo en un juego en el que damos rienda suelta a la
fantasía, en jugar con lo sencillo y estar conectados con todo. Cuando no
veíamos diferencia entre unos y otros hasta que nos inculcaron que debíamos hacer
distinciones entre colores, razas y religiones, mientras que antes jugábamos
con cualquiera que se nos acercara a hacer compañía al arenero. Al final nos
creímos que el vecino era malo y había que protegerse de él. Cuando nos dijeron
que había que tener una opinión política. Entonces nos dijeron que había que
concentrarse, pero no en juegos como antes cuando éramos niños, sino en el
trabajo que es lo verdaderamente serio, lo único serio. De hecho la vida es
sería: hay que comer lo correcto, hacer ejercicio, aprovechar el tiempo en
cosas útiles y no solo alcanzar las cerezas más altas del árbol o lanzarle una
vara para que quede vibrando en la corteza.
Leyendo este poema pues, tengo la sensación de que
me he dejado algo en el camino, un camino hacia adelante, en busca de la
supuesta felicidad que dan los títulos, las propiedades y el estatus, cuando ya
la tenía y resultaba estar en ese convencimiento que todo el mundo era mi amigo
y, sobre todo, en ese charco que para mí, de niña, se me hacía el mar. No puedo
dejar de pensar en que quizás se nos hayan engañado.
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