sábado, 19 de octubre de 2019

Cuando el niño era niño


Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.
Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Este fragmento del maravilloso poema del escritor austriaco Peter Handke, recientemente laureado con el Premio Nobel,  con que el Wim Wenders inicia la película El cielo sobre Berlin (1987). Me ha hecho pensar ahora en aquello que hemos perdido en la adultez: esa capacidad de ver todo como algo grande y maravilloso, de convertirlo todo en un juego en el que damos rienda suelta a la fantasía, en jugar con lo sencillo y estar conectados con todo. Cuando no veíamos diferencia entre unos y otros hasta que nos inculcaron que debíamos hacer distinciones entre colores, razas y religiones, mientras que antes jugábamos con cualquiera que se nos acercara a hacer compañía al arenero. Al final nos creímos que el vecino era malo y había que protegerse de él. Cuando nos dijeron que había que tener una opinión política. Entonces nos dijeron que había que concentrarse, pero no en juegos como antes cuando éramos niños, sino en el trabajo que es lo verdaderamente serio, lo único serio. De hecho la vida es sería: hay que comer lo correcto, hacer ejercicio, aprovechar el tiempo en cosas útiles y no solo alcanzar las cerezas más altas del árbol o lanzarle una vara para que quede vibrando en la corteza.
Leyendo este poema pues, tengo la sensación de que me he dejado algo en el camino, un camino hacia adelante, en busca de la supuesta felicidad que dan los títulos, las propiedades y el estatus, cuando ya la tenía y resultaba estar en ese convencimiento que todo el mundo era mi amigo y, sobre todo, en ese charco que para mí, de niña, se me hacía el mar. No puedo dejar de pensar en que quizás se nos hayan engañado.

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