Luis
fumaba tranquilamente en su pipa inglesa, una magnífica Dunhill Bruyere, en el
salón de su casa mientras leía el periódico del día. Las noticias eran un poco
inquietantes, pues hablaban de unos extraños sucesos, asesinatos sin esclarecer
y aparentemente cometidos por un asesino en serie, pues seguían un mismo patrón
y que habían estado teniendo lugar en distintos puntos de la ciudad en las
últimas semanas. La policía, decía la prensa, no tenía pistas que seguir pues
el asesino había actuado con tal perfección que no había dejado rastro alguno.
La única pista que tenían los agentes y lo que tenían en común todas las víctimas
es que habían recibido una serie de telegramas misteriosos pocos días antes de
morir, provenientes de un remitente desconocido, pues, al buscar la dirección
desde donde se habrían enviado las misivas, se habían dado cuenta de que era
inexistente o que el remitente había desaparecido. Por lo demás, los asesinados
poco tenían en común: un panadero, una mujer entrada en años, un estudiante de
medicina y una prostituta de uno de los barrios marginales de la ciudad.
Luis
seguía enfrascado en la lectura de esta noticia cuando entró Genaro, el criado
que llevaba trabajando para él desde hacía más de una década, con una pequeña bandeja
de plata en la que había un sobre. Dentro de ese sobre había un telegrama.
--Ha
llegado este telegrama para el señor.
--Gracias,
Genaro –puedes retirarte.
Luis
abrió el sobre y leyó el telegrama que decía de forma escueta:
--Será
dentro de tres días.
Luis
se sobresaltó. En el telegrama su dirección y un remitente cuyo nombre
desconocía: Abadon Belial, Calle del Hades 6.
¿Quién
sería este tal Sr. Belial? Luis no conocía a nadie que respondiera a ese nombre.
¿Y qué querría decir el telegrama? ¿Qué habría de pasar dentro de tres días?
Luis se acordó de la noticia que acababa de leer y se aterrorizó: ¿Sería este
el famoso asesino que busca la policía? ¿Sería él la nueva víctima? Un
escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió que se le encogía el estómago. Le
sudaban las palmas de las manos y sentía el corazón latir tan fuerte que
pensaba que se le iba a escapar por la boca. Con el susto, la pipa se había
apagado. Buscó la caja de cerillas e intentó volverla a encender, pero con los
nervios soltó la caja y todas las cerillas acabaron desparramadas por el suelo.
Buscó el nombre de Belial en su agenda y no lo encontró. Tampoco encontró
Abadon. ¿Sería extranjero? Parecía un nombre eslavo o quizás hebreo.
Esa
noche durmió poco. Tuvo pesadillas y el sueño fue muy inquieto. Se despertó
varias veces bañado en sudor. Presentía que algo iba a ocurrir. Algo terrible y
oscuro se cernía sobre su destino.
Al
día siguiente y casi a la misma hora, Genaro trajo de nuevo la bandejita
plateada con un nuevo telegrama. Mismo remitente. El texto decía.
--Dos
días para el fin.
Luis
miraba las letras sin verlas. Estaba pálido como una pared. ¿Dos días para el
fin de qué? ¿Sería un anuncio de su muerte? De pronto le vino una cosa a la
mente y se fue a la biblioteca y sacó uno de los volúmenes de la Enciclopedia
Britannica que reinaba en la estantería. Buscó Abadon. La entrada decía:
Abadón o
Abaddón son el nombre en hebreo y en
griego de un ser demoníaco con origen en la mitología hebrea. Significa
destrucción o perdición. En el Antiguo Testamento, abadón se refiere a un
abismo insondable, generalmente vinculado al mundo de los muertos, el Sheol.
Luis
sintió que se moría. Después buscó Belial:
Nombre
que deriva del hebreo y en la Edad Media se le consideraba uno de los príncipes
del Infierno.
Luis
se pasó el resto del día dando vueltas alrededor de la mesa de su salita,
mesándose los cabellos con la camisa a medio abrochar y sacada del pantalón.
Pasó de nuevo la noche en vela. Vio amanecer y apenas probó bocado en todo el
día: Genaro, su fiel lacayo, encontró la cena que le había subido la noche
anterior intacta. Tampoco probó bocado a la hora del desayuno. Luis estuvo
pensando en llamar a la policía, pero no lo hizo. Pensó que le tomarían por
loco y que no serviría de nada.
A
la misma hora de los dos días anteriores, subió Genaro el telegrama a la
salita. Dejó la bandejita de plata cerca de su amo y salió de nuevo. A la hora
de traerle la cena encontró a su señor desplomado sobre su silla favorita.
Estaba frío como el hielo y los ojos desencajados como si hubiera visto al peor
de los espectros. El médico que inspeccionó el cadáver dijo que había muerto de
un infarto de miocardio. La policía leyó el telegrama que decía:
-Llegó
el día. Estás muerto.
A
partir de ese día nadie volvió a ver a Genaro. Tan solo un esquivo y
escurridizo gato negro rondaba las inmediaciones de la casa de Luis. La policía
siguió sin encontrar al asesino.
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