--No puedo, no
puedo, no puedo –dijo sacándose el pasamontañas por encima de la cabeza. El
cabello, corto y canoso, se le había quedado de punta y estaba pálido como un
queso.
--¿Cómo que no
puedes? ¡Si llevamos preparando esto hace meses! –gritó Juan.
--¡Que no puedo,
leches, que no soy un ladrón! ¡Soy un albañil! ¡Un albañil! –resaltó Eugenio.
--Vamos a ver, que
eres albañil, ya lo sé. Pero también tienes cincuenta y cinco años, estás en
paro desde hace cuatro y no te queda más remedio. No nos queda más remedio, ¡esto
ya lo habíamos hablado!
--¡Que no puedo,
que no soy un ladrón! –repitió Eugenio, mientras caminaba en círculos, nervioso
y retorciendo el pasamontañas entre las manos.
--¡No me jodas,
tío! ¡Que esto ya lo habíamos discutido! –replicó Juan que también se sacó su
pasamontañas y lo tiró al suelo.
--¡Como nos
pillen, acabaremos en la cárcel y ya me contarás dónde irán a parar nuestras
familias, nuestras hipotecas y la madre que nos parió! –Eugenio casi lloraba.
--Ya verás dónde
acabarás tú y tu familia si vienen los del banco y os desahucian. No es la
primera carta que recibís. Tenemos que atracarles antes de que vengan a por
nosotros.
Eugenio se detuvo. Sí, ya había recibido un
aviso del juzgado y en breve procederían al lanzamiento por no haber pagado la
hipoteca desde hacía un año. En la casa vivían su mujer, que no trabajaba
tampoco, el niño de veinticinco años que estaba desempleado desde que echaron a
todos de la obra donde también había trabajado él y la niña de diecisiete que se
sacaba un pequeño sueldo en una tienda vendiendo chucherías. Hacía unos meses
que también se había instalado con ellos la suegra. La mujer estaba enferma y
no se valía por sí misma. La mujer de Eugenio se encargaba de cuidarla, pero era
de carácter difícil, se llevaba mal con Eugenio, pero él la soportaba. Pero por
lo menos tenían su pensión con la que vivía toda la familia. Aun así habían
tenido que elegir hacía bastantes meses entre comer y pagar la hipoteca. A
Eugenio no le quedaba más remedio que atracar la sucursal del mismo banco donde
tenía el préstamo.
--¡Vamos!¡Vamos!
Déjate de remilgos –gritó Juan--. Vamos a hacer lo que teníamos pensado. A ver
si te crees que los hijos de puta del banco han tenido la mitad de escrúpulos
que tienes tú.
--Si no es por
escrúpulos. ¡Si es que no somos ladrones, tío! Que nosotros no servimos para
esto.
--¡Vaya por Dios! ¿Ahora
te entra la pájara? Después de que compráramos estas pistolas de segunda mano a
un colega mío que a saber de dónde las ha sacado. Y los pasamontañas en el
chino. ¿Pero qué te pasa, leches? –dijo Juan tirando el pasamontañas al suelo.
Eugenio miró a su amigo. Juan estaba en una
situación similar a él, como casi todos los compañeros de la obra. Habían sido
contratados para trabajar en una urbanización de veinte mil viviendas de lujo
en la que iban a poder trabajar centenares de albañiles, fontaneros,
carpinteros, etcétera. Pero los dueños de la constructora desaparecieron con el
dinero, se cree que se fueron a algún país de ultramar, a algún paraíso fiscal,
y dejaron la obra empantanada sin pagar ni a proveedores ni a trabajadores.
Después cayó la bolsa en picado y vino la crisis. Las grúas se quedaron
plantadas en el solar como árboles de ahorcados y las pocas paredes que habían
llegado a levantar sirvieron de cobijo a alcohólicos, bandas callejeras y
ratas. Desde entonces ni Eugenio, ni Juan, ni el hijo de Eugenio habían vuelto
a trabajar, como muchos de sus compañeros de esa obra. De pronto Eugenio se
caló el pasamontañas y gritó:
--¡Vamos allá! ¡No
me lo pienso más! ¡Es ahora o nunca!
Juan miró a su amigo. Luego sonrió y también
se puso el pasamontañas. Sacaron las pistolas –eso sí, no querían más que
asustar—y entraron en la sucursal del banco. Ahí se toparon en la puerta de
seguridad con el detector de metales.
--¡Ostras, qué
putada! ¡Se nos ha olvidado lo de la puerta! –exclamó Juan.
--Tú y tus
maravillosas ideas. ¿Y ahora qué hacemos?
En ese momento entró por la puerta una
anciana que había venido a cobrar su pensión. Juan se abalanzó sobre ella, la
rodeo el cuello con los brazos y le puso una pistola en la sien.
--¡Como no abran
la puerta, te mato, vieja! --gritó.
Dentro de la sucursal no había otros
clientes en ese momento. Eran casi las dos y el banco estaba a punto de cerrar.
Solo los dos empleados y el director que veían lo que estaba ocurriendo al otro
lado de las puertas de cristal. Eugenio reconoció enseguida al director que resultó
ser con el que había firmado la hipoteca de su piso hacía unos diez años.
Maldijo ese momento.
--¡Abran la puerta
o mato a la vieja! –repitió Juan.
El
director salió y abrió un lateral para que entraran los dos atracadores. Juan
entró empujando a la señora sin apartar la pistola de su cabeza. Detrás les
siguió Eugenio con el arma levantada y gritó al director:
--¡Abre la puta
caja fuerte y saca todo el dinero! Si no, esta señora acabará con un agujero en
la puta cabeza!
--Voy, voy. Pero
todo con la calma. Yo abro la caja fuerte y os doy todo lo que haya dentro.
Pero la caja fuerte tiene retardo. Hay que esperar a que se abra.
--¡No me jodas con
lo del retardo! –gritó Juan-- ¡Que me cargo a la señora!
--Yo no puedo
hacer nada –respondió el director.
--Es cierto. Lo
pone en la puerta –le dijo Eugenio a Juan en voz baja.
Los dos atracadores se miraron durante una
milésima de segundo. No habían contado con lo del retardo. No se habían fijado
en nada de lo que ponía en la puerta. El atraco se lo habían imaginado mucho
más fácil: entrar y coger el dinero y marcharse. Como en las películas.
Los dos empleados de la sucursal estaban en
silencio, mientras el director desapareció para ir a por el dinero. Solo se oía
el susurro del aire acondicionado. La vieja gimió un poco. La tensión era pesada
como el calor que ese día hacía en la calle. Los dos atracadores olían a sudor
frío. A Eugenio le picaba la lana del pasamontañas. Maldijo a la mierda del
chino al que se la habían comprado. Cuanto más tiempo pasaba, más le picaba. Se
rascó un poco con la palma de la mano, sin bajar la pistola, pero el picor no
se le pasaba. Juan le miró.
--¿Qué coño estará
haciendo este tío? Al final la liará –pensó.
Los dos empleados del banco permanecían
con las manos en alto. El cajero, Simeón, un hombre de ya casi cincuenta años,
algo entrado en carnes y con el pelo canoso, había estado trabajando en la
sucursal hacía ya más de treinta años y siempre había creído que ahí se
jubilaría. Aunque hacía algún tiempo que no lo tenía tan claro. La banca había
cambiado mucho desde que él entró. Antes, él se sentía una persona al servicio
de unos clientes a los que él aconsejaba cómo incrementar los ahorros. Ahora se
dedicaba casi solo a vender seguros o regalar baterías de cocina. Instrucciones
de arriba: primero los seguros y después las hipotecas. Si cerraban la
sucursal, no sabe dónde acabaría. Posiblemente le pasaría igual que a esos dos
desgraciados que estaban atracando la sucursal en ese momento.
Maika, una chica joven, de unos treinta
años y que estaba en la caja de la sucursal, soñaba con casarse pronto con su
novio y crear una familia. Pero, a pesar de que los dos trabajaban, no les
llegaba el sueldo para meterse en una hipoteca. Hacía algunos meses que habían
despedido a su compañero en la caja y a ella le había reducido el sueldo en más
de un treinta por ciento. Con esto de la crisis, los jefes hacían lo que les
daba la gana.
No era el primer atraco que vivía ninguno de
los dos. Desde que la crisis económica había hecho mella en el barrio, ya en tres
ocasiones algún desesperado había entrado para llevarse dinero de la caja y así
intentar evitar un desahucio. Nunca habían salido bien esos atracos. La policía
llegaba y se los llevaba detenidos. Estarían un tiempo en prisión, pero poco,
por no tener antecedentes y por buena conducta saldrían enseguida. Estos
atracadores de pega poco más sacaban que un buen susto, pero una y otra vez
alguno lo intentaba.
El director de la sucursal tardó en salir
con el dinero de la caja.
--Aquí tenéis el
dinero. ¿Qué queréis que haga ahora?
--Déjalo en el
suelo. Ahí, sí. Ya lo cogemos.
--Pero soltad a la
mujer.
--Primero el
dinero. ¡Eugenio, vete a por él! –gritó Juan a su compañero.
A Eugenio le temblaban las piernas.
Maldecía el momento en que había hecho caso de su amigo. Pero ya era tarde.
Estaba seguro de que les pillarían. La policía vendría a detenerles y los
llevarían a la cárcel. Simeón pensó:
--Coged el dinero
y salid corriendo. Vaciad las cajas de esta maldita sucursal. Los jefazos
despilfarran el dinero de la gente en mariscadas y nosotros tenemos que
complacerles por unos sueldos de mierda. Coged el dinero y disfrutadlo,
cancelad la hipoteca y sed felices.
Maika observaba la escena. Ese saco de
dinero en el suelo resolvería todos sus problemas. Se podría casar con su novio
y pagar la entrada de un piso. ¡Lo que ella haría por tener ese dinero ahora
mismo! Cualquier cosa. Para juntar lo que había en ese saco, ella tendría que
trabajar cinco años, al menos, y sin gastar nada. Ahora estos se llevarían el
dinero sin más, sin trabajar, sin esforzarse como ella. Malditos.
Eugenio se fue acercando a la saca con el
dinero. Poco a poco y con cautela, como si fuera una mina a punto de explotar.
Ahí estaba todo: la liberación de sus miserias, una vida digna y la
tranquilidad. Todo en una simple bolsa. Se agachó a cogerla. Parecía quemar.
Una vez asida, se la metió con decisión debajo de la axila y volvió a
retroceder. Juan seguía sujetando a la mujer por el cuello. Ella había dejado
de oponer resistencia.
--¡Ahora liberadla!
–dijo el director con firmeza, señalando a la mujer.
--¡Tú calla que
ahora no mandas! –le gritó Juan en respuesta. Estaba pensando cómo actuar. No
quería liberar a la vieja que ahora sería su seguro para salir bien parados de
la situación.
Eugenio le miraba. Ya no conocía a su
amigo. Juan estaba fuera de sí. Improvisaba.
De pronto se oyeron unas sirenas.
--¿Quién ha
avisado? ¡Mato a la vieja!¡Mato a la vieja! –gritó Juan apretando la pistola aún
más contra la sien de la mujer.
Ella no hacía ni un ruido. Ni tan siquiera
gimió.
Los coches de policía se detuvieron delante
de la sucursal. Policías armados hasta los dientes se parapetaron detrás de los
coches, mientras otros cortaban las calles aledañas. Los atracadores no tendrían
escapatoria ya. Juan estaba loco, poseso. Eugenio le miró y le hizo un gesto
para que se calmara. Juan no hizo caso. Se sentía como un animal enjaulado. No
tenía nada que perder, así que quitó el seguro de la pistola. Sonó un ‘click’.
En cualquier momento podía apretar el gatillo. Eugenio seguía agarrando
firmemente la saca con el dinero.
--¡Suelten el arma
y salgan con los brazos en alto! –sonó desde la calle.
Juan y Eugenio se miraron.
--¡Repito! ¡Suelten
el arma y salgan con los brazos en alto!
Eugenio dejó caer la saca. Juan se
sobresaltó y casi se le fue el gatillo. En medio del silencio que reinaba en la
sucursal se escuchó de pronto un gemido. Eugenio estaba llorando y una mancha oscura
apareció en el pantalón. Al verlo, Juan bajó el arma, la dejó caer y empujó
levemente a la vieja que se fue renqueando hacia el director de la sucursal. Simeón
y Maika observaban la escena.
Eugenio se sacó el pasamontañas negro y se
tapó la cara con las manos. Las piernas le temblaban.
--¡No soy un
asesino! ¡No soy un asesino! –gimió.
Juan rodeó a su amigo con un brazo y los dos
salieron de la sucursal. Afuera la policía les esperaba con tres coches
patrulla y luces de emergencia.
--No soy un
asesino. Solo quería pagar la hipoteca –volvió a gemir Eugenio al salir,
dirigiéndose a un agente.
Los coches patrulla se marcharon del lugar
después de la captura de los dos atracadores, mientras gemían las sirenas. La
prensa del día siguiente sacaría la noticia del atraco y la reducción de unos
peligrosos delincuentes. Dentro de la sucursal, Simeón lloraba en silencio.
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