sábado, 9 de noviembre de 2019

LA NAVE


Sam abrió los ojos. Un enorme foco de luz hizo que los tuviera que volver a cerrar enseguida. Poco a poco volvió a abrir los ojos, primero dejando pasar un poco de claridad entre las pestañas, mientras se iba acostumbrando a la luz, hasta abrirlos del todo sin mirar directamente el foco de luz. Sintió que estaba tendido sobre una superficie dura y fría. Quiso frotarse los ojos con una mano, pero no pudo mover ninguna. Algo duro y fuerte que le estaba sujetando las muñecas. Intentó mover una pierna, pero tampoco pudo. Estaba atado de pies y manos. Se sentía aturdido y algo mareado como con un peso sobre la cabeza. ¿Dónde estaba? Él tan solo recordaba que se había tumbado en el sofá de su casa a dormir una siesta, cosa que solía hacer a menudo, y que se había tapado con su manta de ver la tele, junto a su perro, un enorme mastín ya algo viejo.
Volvió a cerrar los ojos porque pensó que no estaba viviendo más que un mal sueño. Al cabo de unos pocos segundos los volvió a abrir. Nada había cambiado. Seguía atado sobre esa misma superficie dura y fría. En ese momento se dio cuenta de que estaba desnudo, completamente desnudo. Su corazón le dio un vuelco. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Qué había sido de su salón, su televisor, su sofá? Intentó desatarse, pero lo que fuera que le estaba sujetando por muñecas y tobillos se clavó con mayor vehemencia en la carne. 
Entonces gritó:
--¡Socorro!¡Socorro!¡Ayúdenme!
El silencio era aterrador.
--¡Socorrooooo!
De pronto oyó un murmullo, unos sonidos extraños de algo que se estaba acercando.
Sam calló.
El murmullo se oía cada vez más cerca. Parecía un idioma, pero desconocido para él y totalmente ininteligible.
Sam entró en pánico.
--¡Sáquenme de aquí!
El murmullo cesó durante unos segundos. Luego empezó de nuevo y se acercaba cada vez más.
De pronto sintió Sam una presencia. No podía girar la cabeza, porque estaba sujeta por un artilugio. La presencia se acercaba. Sam sudaba y entonces lo vio: sobre él se asomaba una cabeza espantosa. Blanca, con unos grandes ojos negros desproporcionados, que no dejaban espacio para la esclerótica, sin párpados, cejas, ni pestañas, una boca muy pequeña y nada de pelo. Cuando ese extraño ser se inclinó sobre Sam, a éste se le heló la sangre. Estaba tan cerca que Sam podía percibir su respiración, lenta y pausada. 
De pronto se asomaron otras tres cabezas similares a la primera sobre él, todas mirando a Sam como si le estuvieran estudiando. Las tres entidades empezaron a hablar entre sí, en ese murmullo ininteligible que Sam había oído antes.
Sam las miraba aterrado. ¿Quiénes serían esos monstruos? ¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo había llegado hasta ese sitio?
Entonces, uno de los monstruos acercó algo parecido a una mano con cuatro dedos y le tocó la frente. Al tacto la mano era suave, pero fría como la piel de un invertebrado. De pronto sintió Sam que la entidad le hablaba sin abrir la boca y que él entendía lo que le estaba diciendo como en una transmisión de pensamiento. 
-- Estas con nosotros en nuestra nave. Te hemos llevado de tu planeta para hacer un estudio de los seres de la Tierra. Te estamos estudiando. Somos pacíficos.
La voz que oía solo en su cabeza era agradable.
--Vamos a nuestro planeta. Queremos conocer más a los humanos.
Sam intentó comunicarse con los pensamientos.
--No sabemos cuándo puedes volver. Formas parte de un importante estudio.
Los tres alienígenas le estudiaron un poco, le midieron y le tocaron todo el cuerpo, mientras tomaban notas con unos extraños aparatos Al cabo de un rato se marcharon de nuevo y le dejaron solo en la habitación. Apagaron el foco de luz y dejaron a Sam a oscuras en la habitación sobre la mesa fría. Sam tenía frío y una sed terrible. La boca la tenía seca y la lengua pastosa y las extremidades le dolían cada vez más y la espalda también le dolía. No sabía cómo moverse y estar siempre en la misma posición le resultaba cada vez más insufrible. Toda esa incomodidad se mezclaba con miedo. ¿Qué iría a ser de él?¿le abrirían en canal para estudiarle por dentro?¿Acabaría como un animal disecado en un museo de otro planeta? ¿Cuándo despertaría de esa pesadilla?
Algo terrible había ocurrido ese ese día al echarse la siesta. Unos extraterrestres le habían raptado y se lo habían llevado en una nave espacial para un estudio de los habitantes del planeta tierra. Él, Sam, un conductor de autobuses normal y corriente, divorciado que vivía con un perro había sido uno de los ejemplares de terrícolas elegidos para formar parte de ese estudio. De todos los seres humanos de la tierra, había sido él al que le había tocado ser un caso para estudio de unos extraterrestres. No podía dar crédito a su mala suerte.
Al cabo de un tiempo se abrió de nuevo la puerta y se encendió el foco. La fuerte luz le hacía daño en la retina. Pasó junto a Sam una entidad parecida a las anteriores, solo que algo más gruesa. No dijo nada, tan solo empujó la mesa sobre la que estaba tendido Sam y lo sacó de la habitación. Sam que solo podía mirar hacia arriba, pudo observar que le llevaban por un pasillo largo e iluminado con luces blancas y frías parecidas a las de neón hasta llegar hasta una celda donde el extraterrestre le desató y Sam se pudo bajar de la camilla. La celda no tenía puerta, de modo que Sam podía ver parte del pasillo por el que le habían traído. En el suelo había un camastro y sobre este un mono verde. Junto al camastro había una mesa baja con unos frascos. Por lo demás la celda no tenía ningún otro mobiliario. La entidad muda, que debía ser algo así como un celador o funcionario de prisiones abrió el frasco y sacó una pastilla que obligó a Sam a metérsela en la boca. La pastilla se deshizo sobre la lengua sin necesidad de tragársela. Inmediatamente desapareció la sensación de sed y también de hambre. Sam pensó que le habían drogado, pero casi se sintió aliviado. Se dijo a sí mismo que casi prefería estar drogado dadas las circunstancias. El celador desapareció y Sam, que sentía un poco de frío, se vistió con el mono. El tejido era ligero, pero abrigaba. Era muy agradable al tacto. Entonces intentó salir de la celda, pero recibió una fuerte descarga eléctrica que le produjo durante unos segundos un dolor insoportable. Sam se tiró al suelo. 
Cuando se le hubo pasado un poco ese dolor, se sentó sobre el camastro. Y contempló la celda. Era austera y muy limpia. Estaba carente de todo adorno y totalmente aséptica. Las paredes eran blancas y el suelo, de baldosas grises e impolutas. Levantó la cabeza y entonces vio que justo delante de la suya, al otro lado del pasillo, había otra celda similar y que había alguien dentro. Se fijó y había un hombre negro con un traje similar al suyo sentado sobre un camastro.
--Oye. Psss.
No hubo respuesta.
--Oye –dijo un poco más alto.
Entonces el negro levantó la cabeza y le saludó. Sam se acercó a la puerta.
--Hola. Me llamo Sam. ¿Hablas mi idioma?
--Sí, sí.
--¿Llevas aquí mucho tiempo? ¿Dónde estamos?
--Yo llevo un par de semanas. No sabría decirte con exactitud cuánto, porque no hay relojes ni cómo contar las horas. No hay ventanas para poder orientarte. Pero yo calculo que llevo un par de semanas, aunque pueden ser meses o años. Creo que nos llevan en esta nave porque quieren hacer un zoo o alguna especie de museo de Ciencias Naturales en su planeta. En la celda en la que estás tú, hubo antes un indio de Calcuta. Muy majete, pero hace tiempo que no lo veo. Si te digo la verdad, creo que ha muerto. Es posible que lo hayan matado. A veces te llevan a un laboratorio para hacer experimentos. En uno de los armarios del laboratorio tienen cabezas humanas que conservan en frascos, pero antes las han reducido, como lo hacían los jíbaros. Todo eso, si no te vuelves loco antes.
El negro soltó una carcajada histriónica.
--¿Qué me dices? --A Sam el corazón le dio un vuelco.
--Lo que oyes.
--A mí me han llevado a ese laboratorio. Han abierto una ficha con unos datos míos y me han medido de todo. No son agresivos, ni nunca han hecho conmigo ningún experimento raro, pero a veces se les va de las manos. Creo que vamos camino de su planeta que debe de estar muy lejos en otra galaxia. Lo que ocurre es que tienen una tecnología muy avanzada y la nave se mueve con una energía especial, como una especie de campo electromagnético que hace que la nave vuele a una velocidad superior a la de la luz. Son pacíficos y se comunican con nosotros a través del pensamiento.
--¿Hay más como nosotros?
--Sí. Somos media docena, pero no nos mezclan. Lo sé porque los veo pasar. A veces van andando y a menudo vuelven en camilla. Hay una mujer blanca, muy guapa y rubia, un chino, una mexicana, tú y yo.
--¿Y qué tipo de experimentos hacen?
--Pues, por ejemplo, te rapan un poco la cabeza y te colocan una especie de electrodos y miden cosas. No sé muy bien qué, pero salen unas cifras y unos datos en una especie de megaordenador que tienen en ese laboratorio. Claro que no entiendo nada porque tienen otra escritura diferente y los números no se parecen a los nuestros. Pero creo que tiene un idioma muy complejo y avanzado. Cuando se comunican con nosotros a través del pensamiento, tienen que bajar mucho su registro, sino no les entendemos. Son una cultura muy avanzada.
--¿Y por qué crees que quieren estudiar al ser humano?
--Pues yo creo que es una especie de estudio científico. Yo creo que nos deben clasificar como una especie muy inferior y poco desarrollada. Como animales. A veces te meten en una especie de urna, para ver si aguantas. En esa urna reproducen la presión, el clima y el aire de su planeta. A mí me lo han hecho y se aguanta bien. Es muy parecido al de la tierra. Solo que el aire es muy limpio, tan limpio que te acaba doliendo un poco la cabeza. Creo que están viendo la posibilidad de si somos capaces de sobrevivir en el planeta. Aunque casi siempre nos tienen aislados a veces nos juntan para ver cómo nos comportamos. Así que nos llevan a una sala y nos sueltan, mientras nos estudian desde detrás de unos cristales. Uno de ellos, el que más se acerca y te habla, debe de ser el jefe o el comandante de la nave. De comer tan solo te dan esas pastillas que tienes encima de la mesa. La verdad es que te quitan hambre y sed a la vez, pero tengo unas ganas de comerme un filete de verdad.
--¿Crees que volveremos algún día a casa?
--Creo que no volveremos. Nos llevan a un sitio muy lejano.
Sam se acordó de su perro, Buby, y le dio mucha pena la idea de no volverlo a ver. ¿Qué sería de él? ¿Se lo llevarían a algún refugio? Pobre, era un perro viejo y no lo iba a querer nadie.
Entonces el negro se levantó un poco la manga del uniforme. En el antebrazo llevaba un tatuaje con un símbolo extraño un triángulo equilátero con unas extrañas cifras en el centro.
--¿Eso que es? --preguntó Sam.
--A todos nos tatúan con algo parecido. Creo que es una forma de clasificarnos e inventariarnos. Lo que varía son las cifras del centro. Pronto te tatuarán la tuya también si no lo han hecho ya. Detrás de la oreja te implantarán un chip, con el que te tienen del todo controlado.
Sam se miró el brazo y efectivamente llevaba tatuado un triángulo parecido, solo que los signos eran diferentes.
--Bueno, yo ya estoy clasificado también.
Entonces sonó una fuerte sirena.
--¿Qué pasa?
--Ahora en unos segundos apagarán la luz. Te recomiendo que vayas a tu camastro y te prepares para dormir. En cuanto apagan la luz no se ve nada.
--Gracias, buenas noches.
Sam se dio la vuelta y se acercó al orinal que le habían dejado en una esquina donde desaguó, se quitó el mono verde y le dio tiempo a meterse en la cama y taparse antes de que apagaran las luces y se hiciera una oscuridad total. Pronto se durmió exhausto.
Cuando se despertó el celador que le había traído habían entrado en su celda. Le indicó que se pusiera el uniforme, y señaló el frasco de las pastillas para que se tomara una y le indicó que le siguiera. Desactivó las descargas eléctricas de la puerta de la celda de Sam y caminaron por el largo pasillo. Entonces Sam tuvo oportunidad de echar un vistazo a sus compañeros de destino que le miraban al pasar, algunos se acercaban a las puertas para verle mejor.
La mujer rubia le gritó al pasar:
--Hola guapo.
El mejicano le dijo:
--¡Otro desgraciado!
El alienígena le llevó a una especie de laboratorio con una mesa de operaciones en el centro de la sala y unas vitrinas con instrumentos de cirujano en su interior. En ese laboratorio esperaban otros tres extraterrestres. Posiblemente los mismos de la vez anterior. Todos ellos permanecieron en silencio. Sam sintió un escalofrío, las piernas le temblaban y sintió ganas de orinar, pero pudo contenerse. No sabía rezar, pero en ese momento se acordó de su dios. Entonces se acercó uno de esos seres. Eran más altos que él, medirían unos dos metros, un poco menos. El ser le miró a los ojos fijamente y Sam sintió una gran tranquilidad. Entonces le tumbaron en la mesa de operaciones y le suministraron una sustancia que le sedó.
Al despertar sintió un pequeño pinchazo debajo de la oreja derecha, en el pequeño hoyuelo que hay detrás del lóbulo y se tocó. Ahí tenía una pequeña herida, una costura minúscula de unos tres puntos. Le habían implantado un chip.  Estaba de vuelta en su celda. Se sentía un poco mareado, pero sobre todo desconcertado. Se levantó del camastro. Y comenzó a dar vueltas por la celda, después se asomó y el negro de la celda de enfrente no estaba. El pasillo estaba en silencio. No se oía nada del resto de celdas.
--¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Silencio.
--¡Hola! ¿Hay alguien? --dijo un poco más fuerte.
--¡Calla desgraciado! --se oyó una voz femenina desde lejos.
--¡Hola!
--¡Que te calles! --repitió la misma voz.
--¿Cómo te llamas? ¿Quién eres?
--¡Y a ti qué te importa! ¡Cállate!
--¿A dónde se han llevado al negro?
--¡Eso no se pregunta! --contestó una voz masculina con acento.
--¡Quiero salir!¡Que se acabe esto ya!
Sam intentó de nuevo atravesar la barrera invisible del vano de la puerta, pero en cuanto intentó tocarla, le soltó una descarga de tal magnitud que le lanzó unos metros hacia el interior de la celda.
--¡Malditos bichos! --gritó y se apretó los dientes hasta que se pasó un poco el fuerte dolor.
Entonces se oyó un ruido por el pasillo. Una mezcla de extraños sonidos o voces, similar a lo que había oído el primer día cuando le secuestraron. Por el pasillo se acercaban algunos de los centinelas, entraron en la celda de Sam y le inyectaron una sustancia que le dejó completamente dormido durante un tiempo. Se levantó con la cabeza embotada y una sed tremenda, así que se tomó un par de las pastillas. Se sentía dolorido y febril, le dolían las articulaciones, pero aun así se paseaba como un perro enjaulado por la celda dando vueltas por toda la celda. Al cabo de un tiempo volvieron los centinelas, lo tumbaron sobre el camastro y le inyectaron una sustancia verde en el brazo. Sam intentó luchar para que no le inyectaran esa sustancia, pero ellos hicieron fuerza y lo ataron. Cuando el líquido comenzó a hacer efecto, sintió frío por los pies, un frío que le fue subiendo primero por las pantorrillas, las rodillas, los muslos, el estómago y el esternón. Cuando llegó el frío al corazón, Sam perdió el conocimiento.
Un tiempo más tarde Sam fue recobrando el conocimiento y sintió algo templado y húmedo sobre la mejilla. ¿Qué sería aquello? ¿Qué estrían haciendo con él? Abrió los ojos. Junto a su cara sintió un aliento húmedo y caliente y una fuerte respiración. Se despertó con su perro lamiéndole la cara. Sam estaba feliz de volverlo a ver. Se abrazó al animal y lo acarició. ¡Todo había sido una pesadilla solamente! La lata de sardinas que se había comido en el almuerzo debía haberle sentado mal. Volvió a acariciar al viejo animal. Se levantó para ir a la cocina y darle un poco de pienso. Al levantarse se sintió algo mareado. Entonces se miró el brazo y descubrió que ahí estaba el triángulo y los extraños símbolos. La piel estaba aún un poco irritada por el nuevo tatuaje. Sam se sobresaltó y se tocó detrás de la oreja derecha y notó una pequeña protuberancia y unos puntos.

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