
La loca del manicomio se pasaba el día tocando una única tecla del viejo y desafinado piano. Siempre la misma, todo el día, un día tras otro. Mirando fijamente el teclado, repetía la misma nota una y otra vez. Decían que se había vuelto loca al perder al que fue su único amor. Esa nota quizás haría volver los tiempos en los que él seguía ahí. Lo que ella no sabía es que aquél joven ya no volvería. El apuesto joven se había vuelto viejo y arrugado. Pero la loca --que es lo que tiene estar loca-- no quería entrar en razón.
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