
Érase una vez una paloma, algo despistada y desplumada que le gustaba volar muy alto, pero como siempre andaba perdiendo plumas y se quedaba medio en pelotas no conseguía llegar a ningún lado.
Un buen día vio una hermosa nube, era tan hermosa y tan blanca que destacaba sobre un hermoso cielo azul en un día soleado. La paloma despistada se quedó atontada mirándola, se quedó más atontada de lo normal en ella y decidió hacerla una visita. Recogió y se arremangó sus plumas sobrantes y las medio colocó en su sitio. Con la lengua fuera en señal de concentración, cogió carrerilla para despegar y comenzar a volar hacia la nube. Tras el primer intentó se tropezó consigo misma y casi se rompió el pico en el intento. Pero la nube hermosa la tenía tan fascinada que estaba empeñada en alcanzarla. Tomó de nuevo carrerilla y tras un par de intentos fallidos más, consiguió remontar el vuelo, no sin un que otro tropiezo. Como le quedaban pocas plumas, el volar era muy trabajoso y se tuvo que empeñar bastante en el batir de las alas. Comenzó a sudar y gruesas gotas le caían por el pescuezo. Sin embargo, en su mente sólo estaba esa hermosa nube. Parecía que le estuviera diciendo: tú puedes, vamos, las otras palomas te dicen que eres fea y que no sirves, pero eso no es verdad, son ellas que están amargadas, porque no se atreven a soñar y por eso te quieren tirar para abajo. Sólo eres un reflejo de su propia ineptitud, pero en ti hay un gran coraje y alcanzarás el cielo y más allá, si quieres.
La paloma estaba hipnotizada, embelesada por la nube. Poco a poco fue subiendo y alcanzando más altura. El paisaje bajo sus patitas de paloma parecía de juguete, parecía irreal. La única realidad era la de la nube y el cielo. Sólo la paloma y la nube. Cuando finalmente llegó hasta ella, la paloma estaba feliz, exhausta, pero feliz. Comenzó a revolotear alrededor de la nube, a entrar en ella y salir por el otro lado, a volar por debajo y volar por encima, explorando todo rincón y toda esquina. Sin embargo, como las nubes tienden a cambiar su forma gracias al viento, la exploración no parecía acabar nunca y cuanto más descubría de la nube, más fascinada estaba con su nueva amiga. Porque la nube ya era su amiga, más amiga que cualquier otra paloma hubiera sido jamás. Y la paloma dejó de sentirse despistada y tonta, se sintió la reina de las palomas porque había alcanzado su sueño. Había hecho caso a la llamada y había seguido su instinto hasta cruzar los límites.
Cuando se cansó de jugar con la nube, decidió bajar de nuevo. Se despidió y comenzó a descender, poco a poco, hasta llegar de nuevo al palomar. Nunca volvió a ser la misma. Estaba transformada, más hermosa y esbelta y le volvieron a salir plumas. Las demás palomas no sabían qué había pasado, algunas comenzaron a admirarla, otras seguían con sus pequeñas envidias, pero a nuestra protagonista no le importaban sus opiniones. Ahora ella era la ganadora y nadie jamás le podría quitar su logro. Había creído en si misma y era la reina.
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