
Los arqueólogos estaban limpiando el suelo del yacimiento en el que esperaban encontrar restos etruscos, cuando uno de ellos pegó un brinco y gritó.
—¡Mirad, aquí hay restos humanos!¡Huesos!
Y, efectivamente, había hallado el resto de un tobillo humano, casi ya a flor de tierra.
—¡Venga, venga! Hay que seguir a ver si encontramos restos de un etrusco.
Con mucho cuidado el equipo de arqueólogos fue limpiando la primera capa de tierra y yerba, hasta llegar a desenterrar unos esqueletos humanos. Después limpiaron con una brocha gorda la tierra más basta. Al analizar los restos descubrieron que se trataba de una pareja de un hombre y una mujer. Sus esqueletos estaban tan entrelazados que se confundían el del uno con el del otro y parecían yacer en un abrazo eterno.
Los arqueólogos limpiaron los huesos con el mayor cuidado posible, pero siempre respetando el abrazo de los amantes. Descubrieron que se trataban de una mujer y un hombre jóvenes. Decidieron investigar y analizar los huesos con mayor detenimiento. No podían ser etruscos porque estaban muy en la superficie y se hubieran deteriorado con el paso de los años. Eran unos muertos más recientes.
En el pueblo que se encontraba a cierta distancia del yacimiento se contaba que hacía muchos años había desaparecido una pareja de enamorados. Las costumbres de entonces no eran como las de ahora y el padre de ella nunca habría consentido una boda. Se escaparon de casa con lo puesto, pero no llegaron muy lejos. Era invierno y no llegaron más allá de la zona de lo que ahora era el yacimiento etrusco. Era de noche y se abrigaron como pudieron, el uno abrazado al otro: ella con los brazos alrededor de su cuello y él abrazándola con fuerza para resguardarla del frío. Comenzó a nevar y los copos cubrían sus cuerpos. Ella le dio su último beso y se fue sumiendo en un sueño profundo causado por la fatiga. El permaneció despierto un tiempo más, contemplándola. Poco a poco se fueron durmiendo para siempre.
Nevaba mucho y la nieve acabó cubriendo del todo sus cuerpos que quedaron congelados hasta la primavera. La ventisca cubrió los cadáveres con tierra. Por algún extraño milagro de la naturaleza, ningún animal se acercó para comer sus cadáveres. Era como si la naturaleza entera hubiera respetado este abrazo eterno en los que habían quedado sumidos, en un amor que trascendía el tiempo y la muerte.
Así fue como los encontraron los arqueólogos. Nunca nadie osó deshacer el abrazo de aquellos que habían decidido permanecer así para siempre.
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